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Opinión

  • | 1987/08/17 00:00

    HABEMUS MINISTRO

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Cuando creíamos que el gabinete ministerial había terminado por amoldarse a la personalidad del presidente Barco, "tecnócrata y gris ", según palabras de la revista Newsweek, la llegada al gobierno del nuevo ministro de Justicia, José Manuel Arias Carrizosa, le permitió al país dar un respiro de alivio.
Durante los escasos días que lleva ocupando el ministerio ya ha demostrado, en varias oportunidades, que tiene talla ministerial. Ha concedido un par de efectivas declaraciones de prensa sobre temas en los que raramente intervino su antecesor, como el tratado de extradición y la tregua con las FARC. Ha hecho pública su determinación de impedir que el robo a la Aduana de Medellín quede cobijado por la impunidad. Y se dice que discretamente ha frenado varias propuestas descabelladas de otros colegas del gabinete, como la de la huelga individual, del ministro del Trabajo, y la de elección de rectores, del ministro de Educación.
En fin, Arias Carrizosa nos ha permitido a los colombianos afirmar algo que ya parecía imposible desde el 7 de agosto del año pasado: habemus ministro.
Pero seguramente esta alegria no puede ser igualmente compartida por sus colegas de gabinete.
Casi que por sustracción de materia, la aparición de Arias Carrizosa en el ruedo del gobierno ha determinado que los otros ministros parezcan los siete enanitos de Blanca Nieves, a propósito de los 50 años de su efemérides cinematográfica. Jamás imaginaron los autores del cuento, los hermanos Grimm, que sus enanitos, Feliz, Dormilón, Sabio, Modesto, Mocoso, Gruñón y Mudito, servirían dos siglos después para hacer un parangón con los miembros del gabinete del presidente Barco, por cuenta de su escasa talla ministerial.
Mocoso, por ejemplo, el ministro de Gobierno, no ha dado muestras de estar a la altura de la situación de orden público. Su figura política no es definitivamente la que corresponde al estado de ánimo de la opinión.
Feliz, el ministro de Desarrollo, es uno de esos triunfadores del sector privado llamados a confirmar la teoria de que hay áreas del gobierno que no deben ser manejadas por políticos. Su extraordinaria discresión, sin embargo, que hace difícil entender cómo montó su emporio económico, también dificulta una apropiada valoración de su desempeño público.
A Dormilón, el ministro de Salud, lo despertó la jornada nacional de vacunación, inaugurada por el gobierno anterior. Hasta el momento no ha dado muestras de ser un ministro muy brillante aunque le queda la oportunidad de comportarse como un buen administrador, en un ministerio cuyo principal problema no es de diagnóstico sino de economía.
Sabio, el ministro de Hacienda, podría definir su personalidad en dos palabras: competente y anónimo. Si cruza la puerta son más los que no lo reconocerían. Esto, que sería una virtud en un gabinete que brillara por sus relaciones públicas, se vuelve defecto cuando el anonimato se comparte con prácticamente todos los demás colegas del gobierno.
Modesto, el ministro del Trabajo, se las ha arreglado para dar ante la opinión pública la impresión de que no es más que un burócrata de segunda fila. Pero los innumerables conflictos laborales del país requieren un poco menos de modestia y bastante más de categoría ministerial.
Gruñón, el ministro de Comunicaciones, anda más preocupado por la imagen del gobierno y del Presidente que por las áreas a su cargo. Dicen que continúa regañando a los conservadores, ya no porque le piden interpelaciones en el Congreso, sino porque se atreven a escribir editoriales en las revistas proponiéndole al Presidente un pacto social. Dramáticamente, su paso por el gobierno tiene convertido al ministro de Comunicaciones en un hombre que se defiende antes de que lo saluden .
Y a Mudito, el ministro de Educación, le vendría como anillo al dedo el apodo, de no ser porque su gestión se ha caracterizado por todo lo contrario: por abrir la boca cuando no toca, para decir lo que tampoco toca. Sobre sus propuestas de elección popular de rectores y la paralización del Magisterio para adelantar una campaña nacional de alfabetización ha echado velozmente tierra el propio gobierno. Como si se prefiriera tenerlo mudito...
Y si de los demás ministros, Obras, Agricultura, Defensa, Relaciones y Minas se tiene relativamente buen concepto, la verdad es que sus titulares tampoco parecen escapar del misterioso sindrome de los amigos de Blanca Nieves.
Es por eso que.la estatura política del ministro de Justicia sobresale tanto como la de Blanca Nieves entre sus enanitos.
La verticalidad de sus opiniones -que ha exhibido incluso cuando las circunstancias políticas le han sido adversas- ha determinado que Arias posea ese "don de consejo" que tanta falta le hace al actual gobierno. El ministro de Justicia es la personificación del criterio político, en un gabinete donde predominan los técnicos.
Si hubiera que explicar en pocas palabras cuál es el principal mérito del ministro Arias Carrizosa, yo diría que consiste, simplemente, en que entre los ministros del gabinete, es el menos parecido al presidente Barco.
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