Lunes, 20 de octubre de 2014

| 2013/03/16 00:00

Habemus Papa, che

Sueño con que el santo padre gaucho declare a Messi como el nuevo messías, lo cual sería apenas justo.

Habemus Papa, che Foto: Guillermo Torres

No voy a engañar a nadie, y mucho menos a ustedes: era verdad que me había alejado de la Iglesia católica. Entiéndanme: cada vez que seguía los rituales me sentía algo ridículo. En misa me daba risa nerviosa cuando tocaba decir “lo tenemos levantado hacia el Señor”.
Imaginaba explicándole la elección del papa a unos extraterrestres, y descubría que no sabría por dónde empezar:

¿cómo decirles que en nuestra especie es normal que media humanidad esté pendiente durante días enteros de una chimenea a través de la cual unos cardenales transmiten su mensaje? ¿No se supone que ya varios de ellos tienen cuenta de Twitter, que algunos tienen celulares? ¿Cómo enseñarles los códigos, aclararles que si la chimenea echa humo blanco, significa que hay papa; que si echa humo negro, significa que hay un bus ejecutivo; que si echa humo por todas partes, significa que Uribe acaba de leer que a Santos lo postularon al premio Nobel de la Paz? Y lo más grave de todo: ¿cómo explicarles que semejante despliegue de lujo y expectativa tiene como fin vestir a un anciano con medias veladas, falda blanca, zapatos rojos y bordados de oro para convertirlo en uno de los hombres más poderosos de la tierra?

Atravesé con indiferencia todos esos momentos, digo la verdad. No me importó la proliferación de papólogos, que, dicho así, parecen técnicos agrícolas, pero que en realidad son aquellos analistas que resultaron más papistas que el papa. Incluso encontré normal que algunos de ellos lanzaran frases del tipo “esta vez buscarán un papa joven, de unos 68 años” en la más desoladora impunidad.

Pero debo reconocer que tanto desdén fue por mi culpa, por mi culpa. Por mi gran culpa. Y que ahora me arrepiento de haber sido un descreído al que le resultaba paradójico observar que unos abuelos arropados con enaguas, adornos en el pelo y anillos dorados discriminaran a los homosexuales por considerarlos raros, pero al mismo tiempo encontraran corriente el hecho de vestirse con batas y gorros rojos, encerrarse en un salón durante tres días, y esperar a que un espíritu con forma de paloma les dijera a quién elegir como jefe.

Por eso seguí la elección del papa sin mayor emoción. Lo único que removió el tizón, aún encendido, de mi compasión católica, fue un conmovedor tweet de Pachito Santos en el que confesaba que había llorado cuando salió humo blanco: es lo mismo que les sucede a los estudiantes que él critica cuando el Esmad los dispersa con bombas lacrimógenas.

Pero eso sentía antes. Ahora todo cambió. Porque, después de la elección del papa argentino, regresé a la iglesia.

Y no podía ser de otra manera. Que el papa sea argentino significa que el humo blanco era por un asado; que se podrá comer churrasco durante la cuaresma; que Su Santidad es el representante de Maradona en la Tierra.

En su primera encíclica el santo padre instará a la humanidad para que apoye a los 11 apóstoles de San Lorenzo, equipo del que es hincha por su evidente alusión sagrada. En el Brasil debe ir por Santos. Y en Colombia por el Santa Fe, que, como todos sabemos, es el equipo de los cardenales, el cual lidera Omar el ‘Prelado’ Pérez.

Será reaccionario, será homofóbico, habrá sido cómplice de dictadores, como dicen algunos. Pero no son asuntos novedosos en un papa, con todo el respeto. Yo me quedo con el hecho inédito de que es porteño; de que dará la bendición con la mano de dios, que es la misma con que Maradona le marcó a Inglaterra. Y de que se hace llamar Francisco, lo cual hizo que Pachito Santos rompiera a llorar de verdad. Si hubiera sido vallenato, se llamaría Francisco el Hombre. Si hubiera sido chileno, don Francisco. Si hubiera sido uruguayo, Francescoli II.

Ahora bien: el cardenal Bergoglio tendrá múltiples desafíos. El primero, enfrentar los escándalos sexuales de la Iglesia sin que lo molesten con odiosos y facilitas chistes sobre su apellido. No será mi caso, lo anticipo. Soy malo para las apócopes. Además, todos sabemos que la pedofilia ha causado injustos daños a la Iglesia. Por un par de ovejas descarriadas, la mala fama salpica a todo el clero, cuando la verdad es que, por cada sacerdote pedófilo, hay cientos de padres buenos e inocentes, que aún tienen despierto al niño que fueron, y que incluso a veces lo corretean. El cardenal Bergoglio –Bergo, para sus amigos– tendrá que reivindicarlos.

El segundo desafío será obrar milagros, al menos en su país: deberá exorcizar el demonio de Cristina Fernández o, por lo menos, lograr que se le desvanezca el botox para que los chavistas sepan cómo queda un presidente embalsamado.

Y el tercero es masificar la palabra de dios. Y lo está logrando: desde que hay papa argentino, sueño con homilías comentadas por Quique Wolff, misas en que uno pueda saltar y corear los responsos, como un barra brava; y confesionarios atendidos por psicoanalistas. También sueño con que el santo padre gaucho declare a Messi como el nuevo Messías, lo cual sería apenas justo.

Regreso, pues, a la iglesia. La estrategia les funcionó conmigo. Celebro el nombramiento del tubérculo austral, y lo hago mirando al cielo y de rodillas: como si estuviera orando. O celebrando un gol.

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