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Opinión

  • | 2013/12/02 00:00

    Había una vez una pobre viejecita

    Tener todo lo material a lo que una persona puede aspirar no le da un verdadero sentido a la vida.

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“Érase una viejecita 
Sin nadita que comer 
Sino carnes, frutas, dulces, 
Tortas, huevos, pan y pez
Bebía caldo, chocolate, 
Leche, vino, té y café, 
Y la pobre no encontraba 
Qué comer ni qué beber”
Rafael Pombo.

Cada vez con más frecuencia conozco personas como la pobre viejecita del poema de Rafael Pombo: personas que en términos materiales lo tienen todo, pero constantemente se están quejando porque tienen la sensación de que siempre les falta algo. Y ese algo, por lo general, es un vacío emocional que paradójicamente intentan llenar saliendo a comprar ropa, yéndose de viaje, remodelando el apartamento, cambiando de carro, comprando joyas, y haciendo grandes comidas y fiestas a las que invitan larguísimas listas de invitados para sentirse acompañados. Pero al final de la noche, cuando todos se han ido y solamente quedan los meseros recogiendo la loza, aparece la peor pesadilla: la profunda sensación de vacío. 

Hace varios años llegó al consultorio una joven físicamente muy bonita, inteligente y con proyectos y sueños que quería cumplir, pero que le estaba siendo imposible hacerlo porque sufría de ataques de pánico. “Me quiero ir a estudiar pero no me siento capaz porque aquí no puedo salir de mi casa si no es acompañada. Me da miedo todo”. Después de haber estado medicada durante varios años sin obtener ninguna mejoría, decidió buscar otro tipo de ayuda. Y por este nuevo camino empezó a trabajar en la única estrategia que funciona para vencer el miedo: enfrentarlo. 

En muy poco tiempo pudo superar los ataques de pánico y empezar a rehacer su vida: volvió a salir sola, a hacer planes con las amigas, regresó al gimnasio, se iba de fiesta, etc., y poco a poco empezó a sentirse suficientemente capaz para cumplir uno de sus principales sueños: irse a estudiar fuera del país. Los padres apoyaron su decisión y finalmente, después de varios meses de diligencias para obtener las visas y demás papeles, el viaje estaba listo. “Siento que me puede dar un ataque de pánico, siento mucha angustia. Ya no sé si me quiero ir”, dijo ella a pocas semanas del viaje. 

Cuando comenzó a trabajar en ese miedo se fue poniendo en evidencia que ella, a pesar de tenerlo todo -una familia estable, condiciones económicas sólidas, un lugar donde vivir, amigos, universidad lista, etc.-, se sentía insegura de sí misma y de sus capacidades para enfrentar los cambios de la vida. Le daba miedo vivir sola, no tener a sus padres al lado dispuestos a solucionarle todo, temía volver a tener ataques de pánico, no ser capaz de hacer amigos, deprimirse en el invierno, perderse en el metro, etc. En resumen, le daba miedo enfrentar la vida por sí misma, pues siempre había tenido todo al alcance de la mano: “Me da rabia conmigo porque tengo todo para ser feliz. Soy muy afortunada, tengo unos papás que me apoyan en todo. Pero no sé si ese es justamente el problema, que he tenido todo tan fácil que no sé cómo vivir la vida por mí misma. Me da miedo crecer y tener que volverme independiente”.

Tras varios meses de trabajo terapéutico finalmente pudo irse. Por momentos sentía miedo, miedo a lo desconocido y a todo lo que iba a tener que enfrentar. Era un miedo sano porque le iba a permitir estar alerta para avanzar, aprender y construir una nueva vida. Han pasado ya varios meses en los que ha viviendo por fuera y siempre encuentra algún motivo para angustiarse, para estar mal anímicamente, para que alguno de sus padres o hermanos tenga que ir a acompañarla un tiempo o para que le paguen un tiquete para devolverse a Colombia a sentirse segura nuevamente. Reporta estar cansada de vivir una vida en la que todas las condiciones están dadas para que ella viva contenta, tranquila, para que cumpla sus sueños y saque adelante sus proyectos. Pero, como la pobre viejecita del poema de Rafael Pombo, “bebía caldo, chocolate, leche, vino, té y café y la pobre no encontraba qué comer ni qué beber”.

La película sobre la vida de la princesa Diana de Gales ilustra que tener todo lo material a lo que una persona puede aspirar - dinero, carros, aviones, castillos, ropa de las mejores marcas, belleza física, y también fama, prestigio y admiración a nivel mundial- no le da un verdadero sentido a la vida de una persona. La película muestra que lo que la princesa Diana aspiraba a tener para encontrarle un sentido a su vida era de naturaleza radicalmente distinta a todo lo que ya tenía: necesitaba cosas tan sencillas como entablar relaciones de amistad verdaderas, una relación de pareja basada en el amor mutuo sin importar el dinero ni los intereses económicos; realizar trabajos que le proporcionaran la satisfacción personal que sólo se logra sirviendo a los demás, entrando en un contacto cada vez más hondo y sincero con otros y, como consecuencia, también con uno mismo, sin esperar retribución distinta a la propia satisfacción. 

Todo esto libera del apego a lo material, lo cual no significa que no se pueda disfrutar de las posesiones materiales o que no haya un deseo por tenerlas. Pero si estas posesiones se vuelven lo único o lo más importante en la vida de una persona, si se cae en el engaño de pensar que poseerlas lleva a la felicidad -tal como en el mundo actual se nos induce a creer -, el resultado seguirá siendo el que vemos hoy: un mundo donde hay cada vez más personas angustiadas y con miedos invalidantes que se sienten incapaces de enfrentar la vida y de encontrar su propia felicidad. 

Psicóloga-Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
En Twitter: @menasanzdesanta
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