Viernes, 29 de agosto de 2014

Germán Uribe SEMANA

| 2013/08/23 00:00

Hablando claro sobre “Claro”

por Germán Uribe

Si el presidente Santos se siente afectado por los pésimos servicios de Claro, ¿qué decir de los millones de colombianos sometidos a tantas mortificaciones?

Por suerte hay un tema en este país más recurrente que Falcao o Juanes o la Toty Vergara, aunque hay que advertir que lo que de ellos nos exaspera es simplemente su repelente sobreexposición. Nos referimos a Claro, claro. Porque es que ese suplicio a que nos tiene sometidos ya no le da tregua ni respiro a nuestras rabietas y maldiciones diarias. 


Afortunadamente ya sabemos que cuando los atropellos y las iniquidades alcanzan a muchos, las protestas airadas tienden a resolverlo todo. Vea usted nada más al presidente Santos, que si él se siente afectado, qué decir de los poseedores de las cerca de 50 millones de líneas activas. Claro que aunque él habla por él, por qué no recoger sus palabras y hacerlas nuestras: “Ministro, ¿podría hacer algo?  Le he pedido a MinTIC que tome cartas en el asunto de la desesperante y creciente mala calidad en el servicio de la telefonía celular”. De tal suerte que los damnificados somos, con él, decenas de millones de colombianos. 

 

Yo ya no sé si la prueba reina de su “inocencia” sea el requerimiento que hacen los operadores de telefonía celular argumentando la escasez de antenas de repetición y reclamando la urgente necesidad de reforzarse con 1.500 nuevas, proyecto que ven titánico si se tiene en cuenta el creciente rechazo de la gente frente a la posibilidad de que cerca de sus viviendas les sean instaladas, lo que afecta su salud según se dice.


Con todo, en este punto, es justo reconocer la eventual contradicción manifiesta entre la Corte Constitucional que ordenó al Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones “regular la distancia prudente entre las torres de telefonía móvil y las viviendas, instituciones educativas, hospitales y hogares geriátricos”, y el aval dado por  la Organización Mundial de la Salud (OMS) a un estudio que expresa que la evidencia por ahora sugiere que la exposición a campos de radiofrecuencia de bajo nivel (antenas y celulares) no causa efectos adversos a la salud.  

 

Pero lo que sí sabemos con certeza es que lo que les pagamos a ellos, y muy particularmente al imperturbable Claro, no se compadece con el alicaído servicio que se nos presta. Ni siquiera el publicitado anuncio de esta semana notificándonos que la Comisión de Regulación de Comunicaciones (CRC) mediante la Resolución 4296 de 2013 estableció que a partir del próximo mes de enero los operadores celulares deben compensarnos con dinero o minutos las llamadas caídas, puede aligerarnos el peso de esa exasperación que nos suscitan.  

 

Próximos a cumplir 20 años como quiera que fue en 1994 que la telefonía móvil se implementó bajo la Ley 37 de 1993, casi todos nosotros, los paganinis y sostén de tamaño emporio de riqueza, aunque inexpertos en la materia, hacemos uso del derecho a sospechar que la misma plataforma tecnológica con la que atendían a sus usuarios hace tres o cuatro años es con la que ahora nos “atienden”, importándoles un higo o un pito o un carajo la multiplicación de sus ganancias al mismo acelerado ritmo en el que a nosotros nos crecen las desgracias. Y no hay que olvidar que, puntualmente, la participación en el mercado de Claro es casi monopolística con un escandaloso 62 %, muy por encima de Movistar, Tigo, UFF Móvil o UNE.    

 

Es bien sabido que el dueño de Claro es el mexicano Carlos Slim, prototipo del capitalista insaciable y una autoridad del neoliberalismo voraz, lo que se certifica palmariamente cuando constatamos que en octubre del pasado año en Cartagena anunció estar pronto a destinar mil millones de dólares en infraestructura para Claro, siempre y cuando se le diera acceso a la licitación por la telefonía 4G. 

 

Me atrevería a decir que, con este antecedente y con tales pergaminos de su dueño y señor, está bastante claro lo que los colombianos podemos esperar de Claro.

 

Pero si de arbitrariedades se trata, veamos brevemente algunos clarísimos abusos de Claro con sus suscriptores: caída constante de las llamadas, cobro diferencial y mayor por las llamadas a otros operadores, un pésimo servicio administrativo a sus clientes con características que nos recuerdan las pesadillas kafkianas, un desafiante despotismo fruto de su posición dominante en el mercado, renuencia persistente a dejar de atar a sus abonados por dos años consecutivos, o a aceptar la ley de portabilidad numérica -aunque vencidas ya-  o a acatar los fallos sobre pleitos perdidos y multas impuestas como ocurre con el larguísimo proceso con la ETB y las millonarias sanciones de las que ha sido merecedor últimamente. 

 

En definitiva, todos estos excesos de “Claro” están muy claros. Y hay que convenir en que con su indolencia, mejor que “Claro” no canta un gallo. 

 

Y ojalá en este caso no caigamos como siempre en la trampa de “mal de muchos, consuelo de tontos”, mientras continuamos engañados y ofendidos por secula seculorum.

 

guribe3@gmail.com 

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