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Opinión

  • | 2012/03/06 00:00

    Hablemos de idiotas útiles

    Así las cosas, la diferenciación habría que establecerla entre quienes comenzaron como idiotas útiles –y por la fuerza de las circunstancias se convirtieron en cómplices-, y los que no dudaron en actuar como lacayos.

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Hace unos días el presidente Juan Manuel Santos alborotó el avispero cuando dijo que hay "una forma muy mezquina de hacer política", ejecutada por "idiotas útiles que buscan magnificar la acción de los delincuentes y los terroristas”. Es obvio que el ladrillazo iba contra Álvaro Uribe y su hueste de corifeos, para quienes toda acción exitosa de la guerrilla es una excelente noticia.

Visto el asunto con frialdad analítica, el término ‘idiota útil’ sí le viene a Uribe como anillo al dedo, pero no tanto por el eco que pareciera hacerles a las acciones de la subversión, sino porque fueron precisamente los éxitos de su gobierno los asideros a los que Santos se aferró para treparse a la presidencia. La paradoja radica en ver que quien fuera el idiota útil de Santos en la conquista del poder, hoy es señalado nada menos que por quien lo acompañó en su guerra sin cuartel contra las FARC, de ser el idiota útil de estas…

Podría decirse entonces –contradiciendo el refrán- que al que le gusta el caldo se le dan dos tazas, pues si hubo alguien que se valió de idiotas útiles para sacar adelante un proyecto que transitó peligrosamente por los extramuros de la ilegalidad, este fue Álvaro Uribe.

No resulta ilógico pensar que personajes como Bernardo Moreno, Edmundo del Castillo, César Mauricio Velásquez, María del Pilar Hurtado o Sabas Pretelt hubieran actuado apegados a la norma en otras circunstancias, pero ya subidos sobre la cresta de una ola caudillista en la que bastaba una insinuación para que se entendiera como una orden, quizá fueron empujados a actuar desde la ilegalidad. De modo que a estos les cabría el apelativo de idiotas útiles, pero sólo hasta el momento en que fueron conscientes de que con sus actuaciones traspasaban los límites de la norma, pues en este caso adquirían la condición de cómplices.

En este terreno de arenas movedizas, ¿fue Luis Carlos Restrepo un idiota útil por lo de la falsa desmovilización del bloque Cacica La Gaitana, o un cómplice? Es algo que a la justicia le corresponde dilucidar, pero no deja de lucir como un contrasentido que tratándose de un gobierno que basó los más contundentes golpes a la guerrilla en su inteligencia militar, se pretenda ahora hacernos creer que un operativo que requería tal complejidad en su organización pudo realizarse a espaldas del entonces Comandante del Ejército, general Mario Montoya (quien asistió al tinglado que se montó para la ‘entrega’ de las armas), o del mismísimo Presidente de la República.

Así las cosas, la pregunta pertinente es por qué hoy se han refugiado en otros países dos exfuncionarios –Restrepo y Hurtado- contratados para servir de simples instrumentos de una política de Seguridad Democrática, mientras que los verdaderos ‘cerebros’ de esta aparecen como “engañados en su buena fe” por el desmovilizado Olivo Saldaña, o como víctimas de una supuesta “venganza criminal”, en el caso de las ‘chuzadas’.

Buena fe era la que guardaban las personas que llegaban confiadas y orgullosas a servirle a un gobierno y a un presidente en la cúspide de su reputación, pero que en el camino iban viendo que las cosas no eran como desde afuera se veían, y que quizá debían obedecer órdenes que viniendo de jefes de menor valía no habrían acatado. Y que luego, ya señalados por la justicia, se verían obligados a practicar la ley del silencio, so pena de aparecer como desleales o, en caso extremo pero no descartable, poner en riesgo su seguridad personal.

Es en este contexto donde se entiende el drama humano que deben estar padeciendo personas como Bernardo Moreno, Luis Carlos Restrepo o la misma María del Pilar Hurtado, quienes antes de trabajar con Uribe portaban una hoja de vida impecable y gozaban de un prestigio profesional a toda prueba, y hoy están en el ojo del huracán, dos huyéndole no se sabe si a la justicia o al hecho de que saben demasiado, y un tercero privado de su libertad, en actuación del todo ajustada a la ley.

Caso diferente es el de Andrés Felipe Arias, quien asumió como suyas las mañas de su jefe y, para complacerlo en la tarea de convertirse en su sucesor, hizo de Agro Ingreso Seguro el trampolín de su campaña a la Presidencia, según acusación de la propia (ex)Fiscal General de la Nación, compartida por el juez que ordenó su detención.

Así las cosas, la diferenciación habría que establecerla entre quienes comenzaron como idiotas útiles –y por la fuerza de las circunstancias se convirtieron en cómplices-, y los que no dudaron en actuar como lacayos (para no decir secuaces), seducidos por el ímpetu arrasador de una ambición presidencial que les prometía las mieles de un poder extensible a un tercer período, como sustento para seguir actuando a sus anchas. Lo que no pudo prever Uribe fue que el plan B de su reelección, Andrés Felipe Arias, acabaría estrellándose contra el escándalo de AIS y sería la cuota inicial de su hecatombe, que le abriría las compuertas de la sucesión a un bogotano de refinadas maneras en quien no confiaba, pero que habilidosamente supo ubicarse en el lugar indicado, a la hora indicada.

Moraleja y conclusión: nadie sabe para quién... serviremos de idiotas útiles.

*http://jorgegomezpinilla.blogspot.com/
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