30 agosto 2013

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¿Hacia dónde vamos señor presidente?

OPINIÓNEl paro nacional agropecuario tiene plena justificación pero no lo dejemos infiltrar por violentos y vándalos.

¿Hacia dónde vamos señor presidente?. Uriel Ortiz Soto

Uriel Ortiz Soto

Foto: SEMANA

Es la pregunta que en los actuales momentos de incertidumbre nos hacemos  la mayoría de los colombianos. El paro nacional agropecuario se veía venir desde hace mucho tiempo. Con la solidaridad de todos los gremios de la producción, los estudiantes, y demás organizaciones cívicas y sociales, nue
stros campesinos están protestando con justificada razón.

Recorrer las áreas rurales produce angustia y tristeza. El panorama que se vive es más que desolador. Hay desempleo, hambre y miseria como consecuencia, son miles los predios abandonados, trabajarlos no produce ninguna rentabilidad, la mayoría de las veces el campesino se queda con los productos que con tanto esmero cultivó, los tiene que regalar o dejarlos abandonados en las plazas de mercado, puesto que regresarlos a sus lugares de origen no tiene ninguna justificación. Estos son los efectos de los TLC, señor presidente.  

Los únicos que tienen la estupidez de decir que el campesino de hoy se encuentra en buenas condiciones son los cachacos del Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, y los directores de las diferentes agremiaciones, que se chupan como vampiros los abultados subsidios que el gobierno central asigna para planes y programas de desarrollo.

Para completar, el ICA, que se dice ser la entidad protectora del pequeño y mediano productor, está cometiendo la peor injusticia al decomisar a nuestros cultivadores las semillas que ellos mismos preparan para obligarlos a sembrar con semillas certificadas. Así se crea un monopolio de conformidad con lo estipulado en el decreto 1840/94 y la Resolución 970. 

Este negocio lo tiene montado Acosemillas, Fedearroz y sus distribuidores, que por cierto son tan caras que están fuera del alcance de todos los agricultores, crimen social que se está cometiendo en las narices del mismo gobierno, que se hace el de la vista gorda puesto que de allí se alimentan varios de sus áulicos agropecuarios. 

Si tan solidarios son con los campesinos, ¿dónde están las manifestaciones del presidente de la SAC o del gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros o del presidente de Fedearroz, entre muchos otras, que son todo un derroche de vanidades y un monumento a la ignorancia de los problemas que viven nuestros campesinos? 

Los salarios que devengan estos capataces son tan escandalosos que comparados con los de los congresistas y magistrados, estos hay que mirarlos con lupa. Sus súbditos y compinches gozan de boyantes presupuestos por cuenta de la cuota parafiscal de cada subsector.

Por eso, insistimos en que el gobierno debe intervenir todas estas organizaciones agropecuarias, que se han convertido en la peor vergüenza y obstáculo para el buen desempeño del sector. Lo más conveniente es que el Estado se acerque más al campesino creando en cada municipio asociaciones, para que sean ellos quienes directamente intervengan ante los poderes centrales y sean protagonistas de sus planes y programas de desarrollo rural.   

Los grandes latifundistas, muchas veces convertidos en gamonales políticos o testaferros del narcotráfico y la guerrilla, son otros de los cuellos de botella que el gobierno tiene que entrar a combatir en el menor tiempo posible. No se justifica que el poder del dinero desplace por la fuerza a humildes familias, simplemente con el argumento que son los únicos para poner a producir la tierra, sin ningún respeto y consideración por las familias que con tanto anhelo consiguieron la parcela para proveer a sus hijos de una mediana educación, alimentación y vestuario.    

En una de nuestras columnas hablamos sobre desarrollo rural integrado. Ahora este planteamiento cobra mayor vigencia. Al campesino no se le puede seguir engañando con discursos veintejulieros. El gobierno tiene que aterrizar y hacer una reestructuración de fondo del Ministerio de Agricultura y las entidades adscritas.  

Los problemas de nuestro país son sumamente graves, señor presidente. Además de los del sector agropecuario, tenemos el de la salud, la inseguridad, el desempleo, el del hacinamiento carcelario, el de los desplazados y el de grupos, que sin ser subversivos actúan disfrazados como tal y se están apoderando de campos y ciudades. ¿Qué decir de la violencia juvenil, con adolescentes menores de quince años convertidos en avezados delincuentes?

La corrupción, señor presidente, tiene mucho que ver con estos paros puesto que es un monstruo que extiende sus tentáculos a todas las instituciones de la administración pública. Ninguna de ellas se salva y los tres poderes públicos que regulan nuestro Estado Social de Derecho son los ordenadores para hacerla extensiva con beneficios retributivos. 

Sin embargo, constantemente el gobierno está dictando medidas para combatirlo. Pero esto no están fácil señor presidente. Si queremos acabar con la corrupción, empecemos por identificar los agentes que la promueven, empezando por los partidos políticos, la administración pública en general y las corporaciones legislativas como el Congreso, las Asambleas y los Concejos Municipales. 
   
En los actuales momentos, señor presidente, Colombia es un barco a la deriva con un timonero que constantemente cambia de rumbo, acompañado por una tripulación que lo está secundando sin ningún condicionamiento puesto que no les importa la salud y el bienestar de sus navegantes que, al paso que vamos, se convertirán en náufragos y así su gobierno terminará, pero escribiendo las páginas más tristes de nuestra historia republicana.

urielos@telmex.net.co
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