Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/07/15 00:00

Hacia un nuevo terrorismo. Por: Bruce Hoffman*

El 11 de septiembre de Osama Ben Laden barrió con toda la sabiduría acerca del terrorismo y los terroristas y nos introdujo en una nueva era de conflicto.

Hacia un nuevo terrorismo. Por: Bruce Hoffman*

Pocas horas despues de iniciados los ataques aéreos contra Afganistán, el 7 de octubre de 2001, un video pregrabado fue transmitido por todo el mundo. Un hombre alto y delgado con una barba larga y raída, vistiendo una chaqueta de camuflaje y llevando sobre la cabeza la parafernalia de un miembro de una tribu del desierto, con un rifle de asalto AK47 a su lado se encontraba parado delante de un paisaje pedregoso. En un lenguaje bien medido y desafiante, Osama Ben Laden le declaró nuevamente la guerra a Estados Unidos. Tan sólo unas cuantas semanas antes su declaración hubiera sido menospreciada como la retórica inflada de un fanfarrón que estaba haciendo amenazas sable en mano.

Pero con el World Trade Center convertido en ruinas; el Pentágono bastante deteriorado y los escombros de un cuarto avión secuestrado esparcidos por un campo de la zona rural de Pennsylvania, la declaración de Ben Laden fue recibida con una seriedad rayana en lo sobrenatural, que no hubiera sido concebible anteriormente. La forma en que Ben Laden logró ese nuevo estatus arroja nuevas luces para comprender el grado en el que ha cambiado el terrorismo y subraya el salto cualitativo que ha registrado dicho fenómeno.



Cifras del salto

La enormidad de la escala en la cual se llevaron a cabo los ataques suicidas simultáneos del 11 de septiembre eclipsó todo cuanto habíamos observado previamente en materia de terrorismo. Entre las características más significativas de la operación están su alcance y sus dimensiones ambiciosas, la impresionante coordinación y sincronización que supuso y la absoluta consagración y determinación de los 19 aeropiratas que, de manera voluntaria y totalmente deliberada, se mataron a sí mismos llevándose consigo a los pasajeros y las tripulaciones de los cuatro aviones que secuestraron y las aproximadamente 3.000 personas que se encontraban trabajando o visitando en el World Trade Center y el Pentágono.

En realidad, si tan sólo se consideran en términos de mortandad, los ataques del 11 de septiembre no tienen precedentes. Por ejemplo, desde 1968, año en el cual se ha marcado el comienzo del terrorismo internacional moderno, un rasgo de éste que se ha mantenido constante a pesar de las variaciones en el número de atentados que se suceden año tras año es que -casi sin excepción- Estados Unidos ha encabezado la lista de países cuyos ciudadanos y cuyos bienes han sido atacados con mayor frecuencia por terroristas.

Sin embargo, durante los 33 años que antecedieron al 11 de septiembre, un total de no más de 1.000 norteamericanos fueron asesinados por terroristas, tanto en territorio norteamericano como en otros países. El 11 de septiembre fue asesinado un número de personas tres veces mayor en menos de 90 minutos. Para colocar en perspectiva estos eventos trágicos hay que decir que durante la totalidad del siglo XX fueron 13 las operaciones terroristas que dejaron cada una más de 100 muertos. O, para plantearlo de otro modo, hasta que ocurrieron los ataques contra el World Trade Center y el Pentágono, ninguna operación terrorista tomada individualmente había hecho más de 500 víctimas mortales. Por consiguiente, sea cual sea la estadística utilizada, los atentados de aquel día no tienen parangón previo en su severidad y en sus ambiciones letales.

Operaciones simultaneas

Desde el ángulo puramente operativo del terrorismo es significativo constatar que los ataques espectaculares simultáneos en los cuales se utilizan medios de agresión mucho más prosaicos y convencionales (como, por ejemplo, carros bomba) son relativamente poco comunes. Por razones que no son bien comprendidas, los terroristas han tenido como conducta típica el no emprender operaciones coordinadas. Indudablemente aquí se trata menos de una elección deliberada que del reflejo de las complicaciones y restricciones logísticas y organizacionales que sólo pueden sortear con éxito los grupos terroristas más avezados. Esa es realmente una de las razones por las cuales fuimos galvanizados a tal punto por los ataques sincronizados perpetrados contra las embajadas norteamericanas en Nairobi y Dar Es Salaam hace tres años.

La orquestación de dichas operaciones, combinada con la elevada mortandad que generaron y el alto número de heridos, se hizo notar en una forma que pocos terroristas lograron hasta el 11 de septiembre.

Durante los 90, tal vez sólo una operación contó con las mismas características de coordinación y elevados efectos letales: la serie de ataques ejecutados en Bombay en marzo de 1993, cuando 10 carros bomba sacudieron coordinadamente la ciudad, mataron cerca de 300 personas e hirieron a más de otras 700.

Ha habido muy pocos ataques terroristas espectaculares coordinados y ejecutados con éxito en forma simultánea, aparte de los ataques perpetrados en esa misma mañana de octubre de 1983 contra los cuarteles de los marines norteamericanos en Beirut (241 muertos) y un cuartel cercano de paracaidistas franceses (60 soldados muertos); del secuestro simultáneo, en 1981, de tres aviones jet venezolanos de pasajeros por un comando combinado de izquierdistas salvadoreños y de independentistas puertorriqueños; y del dramático secuestro en 1970 de cuatro aviones comerciales por parte del Fplp (Frente Popular para la Liberación de Palestina), dos de los cuales fueron llevados a Dawson's Field en Jordania y dinamitados allí.

Finalmente, los ataques del 11 de septiembre no sólo denotaron un grado de paciencia y de detalle en la planeación de las acciones que es poco común entre los movimientos terroristas de la actualidad, sino que los aeropiratas dejaron estupefacto al mundo con su determinación de matarse a sí mismos, junto con sus víctimas. Los ataques suicidas difieren de otras operaciones terroristas justamente por el hecho de que la muerte misma del atacante es un requisito para el éxito del ataque. Esta dimensión de los atentados terroristas es muy poco comprendida, lo cual es apenas lógico.



Víctimas del Jihad

El aspecto del debate acerca de los atentados del 11 de septiembre que más claramente muestra esta falta de elementos de juicio es el asunto de saber si todos y cada uno de los 19 aeropiratas sabían que iban en camino a una misión suicida o si solamente las cuatro personas que iban a pilotear las naves secuestradas eran quienes estaban enteradas. El debate subraya la pobreza de nuestra comprensión de Ben Laden y su línea de terrorismo impulsada por imperativos religiosos particulares y por el concepto de martirio.

El opúsculo denominado 'Manual de Jihad', descubierto por la policía británica en marzo de 2000 en el disco duro del computador de un miembro de Al Qaeda, es muy explícito en materia de seguridad operativa (Opsec) en la sección que explica las bases de la actividad terrorista. Por razones de seguridad operativa, afirma, solamente los líderes de un ataque deben saber todos los detalles de la operación y éstos solamente le deben ser revelados al resto de la unidad en el último momento posible. Entrenados en estos métodos de acción, los 19 secuestradores indudablemente entendían que iban a una misión sin retorno, desde el mismo momento en que salieron en camino hacia Estados Unidos, en su función de mártires. En efecto, el video de Ben Laden y de su lugarteniente, el doctor Ayman Zawahiri, que recientemente fue transmitido por la estación de noticias árabe Al Jazira, contiene una porción filmada de uno de los secuestradores en la cual reconoce que próximamente será mártir, haciendo una alusión a los inminentes ataques del 11 de septiembre.

El fenómeno del terrorismo del martirio en el Islam ha sido, por supuesto, examinado y discutido durante mucho tiempo. El acto mismo puede ser rastreado retrospectivamente hasta la secta de los Asesinos, una derivación del movimiento Shia Ismaili, la cual emprendió hace aproximadamente 700 años una prolongada lucha contra los Cruzados europeos cuando éstos intentaron la conquista de la Tierra Santa.

Los Asesinos abrazaron un ethos de autosacrificio dentro del cual el martirio era concebido como un acto sacramental -una aspiración altamente deseable y un deber divino ordenado por textos religiosos y comunicado por las autoridades religiosas-.

Dicho ethos es evidente en la actualidad. Una motivación adicional importante, tanto en aquel entonces como ahora, era la promesa de que el mártir no sentiría dolor en el momento de llevar a cabo su acto sagrado y que, inmediatamente después de realizarlo, ascendería a un paraíso glorioso descrito como un lugar repleto de "ríos de leche y vino? lagos de miel, y el servicio de 72 vírgenes", en el cual el mártir verá el rostro de Alá y más tarde recibirá la compañía de 70 parientes elegidos.

Nuevos martires

La última voluntad y testamento dejados por Mohammed Atta, el capitoste de los secuestradores del 11 de septiembre, muestra clara evidencia de que tenía esas creencias y ello se aprecia igualmente en un documento de inducción para mártires que él escribió, titulado El cielo sonríe, joven hijo mío.

Otra cosa que también ha sido muy mal comprendida es el alto nivel de educación de los secuestradores, su elevado estatus socioeconómico y la gran estabilidad de sus lazos familiares. De hecho, constituyen todo lo contrario de la creencia popular, totalmente errada, de que los terroristas suicidas son siempre y exclusivamente personas sacadas de las filas de los inestables mentalmente, económicamente desfavorecidos o de los solitarios o abyectos. En los grupos terroristas más desarrollados y competentes, como el Tlte (Tigres de la Liberación de Tamil Eelam, o Tigres Tamiles) el líder más endurecido en las batallas, el más hábil combatiente y el mando más dedicado es el que de manera entusiasta se ofrece como voluntario para cometer ataques suicidas.

Las observaciones de los patrones de comportamiento en los ataques suicidas recientes en Israel y en la Ribera Oeste y Gaza revelan, del mismo modo, que los dinamiteros no están saliendo exclusivamente de los grupos asediados por la pobreza sino que entre sus rangos han estado dos hijos de millonarios.

Finalmente, en el contexto del actual conflicto entre israelíes y palestinos, los ataques suicidas -que otrora fueron menos frecuentes (aunque constituyen tácticas dramáticas que captan indefectiblemente la atención)- están claramente aumentando en términos de su frecuencia y de su severidad y asumiendo formas nuevas y más letales.



Volver al pasado

Sin embargo lo más importante es que tal vez nos dejamos arrullar por la idea -que se volvió dogma incuestionado- de que los ataques simultáneos y masivos en general, y en particular aquellos con el potencial de devastación de los que vimos en Nueva York y Washington el 11 de septiembre, estaban por encima de las capacidades y posibilidades de la mayoría de los terroristas -incluyendo aquellos directamente conectados con o asociados a Osama Ben Laden-. Los trágicos acontecimientos de aquel día de septiembre demuestran cuán profundamente erróneas resultaron ser esas suposiciones.

A ese respecto, tal vez sobreestimamos la significación de nuestros pasados éxitos (por ejemplo, cuando desbaratamos ampliamente una serie de operaciones terroristas planeadas contra objetivos norteamericanos, desde las voladuras de embajadas de agosto de 1998 hasta el ataque de noviembre de 2000 contra el buque USS Cole. Dichas operaciones neutralizadas incluyeron más de 60 casos en los cuales apareció evidencia sólida de ataques inminentes que obligaron al cierre temporal de embajadas y consulados norteamericanos alrededor del mundo) y también sobreestimamos la incompetencia de los terroristas y su propensión a cometer errores (por ejemplo, en el caso del fallido intento de Ahmed Ressam de ingresar a Estados Unidos procedente de Canadá en diciembre de 1999).

Otra cosa, que a la vez es impresionante y perturbadora, es la alta probabilidad de que los ataques sobre suelo norteamericano y el atentado en Aden contra el USS Cole, en noviembre de 2000, se estuvieran planeando simultáneamente, lo cual sugiere que Al Qaeda tiene la capacidad operacional y organizativa necesaria para coordinar varios ataques importantes y múltiples al mismo tiempo.

También puede argumentarse que se había concentrado demasiado exclusivamente la atención en las amenazas menos masivas de los carros bomba y de los camiones bomba estrellados contra edificios, o en las amenazas más exóticas y espectaculares contra sociedades enteras, que involucran el uso de armas biológicas o químicas, o los ataques cibernéticos.

Ataques a la logica

Las suposiciones implícitas en la mayoría de los escenarios preventivos acerca de ataques de consecuencias masivas eran que involucrarían agentes biológicos o químicos o que los perjuicios podrían ser consecuencia de ataques electrónicos contra infraestructuras. Se presumía, por consiguiente, que la planeación contra las amenazas más catastróficas permitiría contrarrestar por extensión los incidentes realizados con procedimientos convencionales o con propósitos de devastación de nivel intermedio.

Estas ideas dejaron abierta una brecha considerable de vulnerabilidad en nuestras defensas antiterroristas, en las cuales se descuidó la preparación contra una táctica tradicional y de efectos comprobados -como es el secuestro de aviones de pasajeros- para favorecer el trabajo contra otras amenazas menos convencionales y en las cuales las consecuencias de utilizar una aeronave como arma suicida parecen haber sido totalmente ignoradas.

En retrospectiva, la influencia predominante en nuestro pensamiento antiterrorista no debió estar constituida por el atentado de 1995 con gas nervioso sarin en el metro de Tokio, ni los nueve intentos por parte de la Aum de utilizar armas biológicas, sino que debimos reflexionar mucho más acerca del secuestro de un avión de la TWA en Karachi en 1986, del cual se informó que la intención de los terroristas era la de estrellarlo sobre el centro de Tel Aviv, y acerca del secuestro (Argel, 1994) de un avión de pasajeros de Air France por parte de terroristas pertenecientes al Grupo Islámico Armado (GIA), los cuales análogamente planeaban estrellar el avión repleto de combustible con todo y sus pasajeros en el corazón de París. La lección, en consecuencia, no es que tengamos que volvernos omniscientes -cuestión que sería muy poco realista- sino que tenemos que ser capaces de prevenir y contrarrestar ataques letales enemigos dentro de un amplio espectro tecnológico.

Durante largo tiempo también nos reconfortamos con ilusiones -que tan sólo hasta hace poco han empezado a cuestionar y debatir- acerca de que los terroristas estaban más interesados en recibir publicidad que en matar y que, por consiguiente, no tenían ni la necesidad ni el interés de aniquilar grandes números de personas.

Durante décadas fue ampliamente adoptada sin cuestionamiento la observación que hiciera Brian Jenkins en 1975, de que "los terroristas quieren captar la atención de la mayor cantidad posible de gente; pero no les interesa tener entre manos una cantidad de muertos". (Brian Michael Jenkins, International Terrorism: A New Mode of Conflict, en David Carlton y Carlo Schaerf (editores), International Terrorism and World Security, Londres, Croom Helm, 1975, pág. 15). Aunque era compatible con las formas de terrorismo que existieron en décadas anteriores, nos contentamos con adherir durante demasiado tiempo a esta noción. El 11 de septiembre Ben Laden barrió con toda la sabiduría convencional acerca de terrorismo y terroristas y, al hacerlo, nos introdujo en una nueva era de conflicto.

Finalmente, antes del 11 de septiembre, Estados Unidos carecía de la voluntad política de sostener una prolongada campaña contraterrorista. La sucesión de esfuerzos truncados y carentes de apoyo real retardó en forma consistente la realización de progresos contra esa amenaza. La matanza y el consiguiente choque provocados por los ataques del 11 de septiembre pusieron al descubierto la vulnerabilidad de Estados Unidos y condujeron, ya tardíamente, a un cambio en las actitudes nacionales y en la correspondiente voluntad política para el combate sistemático, global, y -sobre todo- incesante, contra el terrorismo.

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