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Opinión

  • | 2013/11/02 00:00

    Noche de Halloween

    Disfrazado Ordóñez con los ropajes del control de la función pública, y disfrazado Petro de alcalde celoso del bienestar de sus ciudadanos. Y los dos igual de arbitrarios, despóticos y chantajistas

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Gustavo Petro ha sido un pésimo alcalde de Bogotá: un año y diez meses bastan para darse cuenta. Y lo sigue siendo: hoy informa la prensa (¿vendida a las mafias de la contratación, como dice Petro?) que la mitad de la flota de flamantes camiones comprada por el Distrito para recoger la basura está varada por desidia de la administración.

Y hay que ver esos buses nuevos (pero que no son nuevos: mírenles las placas) del novedoso Servicio Integrado de Transporte, que circulan completamente vacíos porque nadie sabe a dónde van ni tiene cómo pagar el pasaje por el kafkiano lío de las tarjetas. Y miren... Miren lo que quieran: lo que hay. Nada funciona en la “Bogotá Humana” de la “política del amor” de Petro, salvo sus impolutas chompas blancas con letrero publicitario.

No es que sus intenciones hayan sido malas. Ningún alcalde se hace elegir proclamando sus malas intenciones. Y además de acertadas, y aunque improvisadas, las propuestas de Petro eran grandiosas: repartir el agua con justicia, densificar la ciudad en el centro y hacia lo alto, deteniendo su caótico desarrollo devorador de la Sabana, diversificar socialmente los barrios, convertir los transportes a la energía limpia, tratar a los drogadictos como enfermos, y no como delincuentes. 

Y sin embargo sus resultados han sido casi insignificantes en el mejor de los casos, o nulos, o dañinos, y de paso costosos, a causa de los métodos usados. Petro ha gobernado, y mal, a punta de alcaldadas.

Y, a la vez, el alcalde Gustavo Petro es un perseguido político. No es que tenga complejo de persecución: es que de verdad lo persiguen los mastines de presa de la derecha y de la ultraderecha. Su delirio paranoico, demagógicamente explotado por él, coincide con la realidad: quieren acabar con él sus enemigos políticos, por razones igualmente demagógicas. 

Por ser quien es: un político de izquierda venido de un grupo guerrillero, que dejó las armas hace un cuarto de siglo y en sus años de opositor civil en el Parlamento fue el más duro censor de los abusos y de la corrupción de los gobiernos. Y por lo que representa: las fuerzas populares temidas, detestadas y despreciadas por el Establecimiento desde que se desmadraron el 9 de abril de 1948 por el asesinato de Gaitán. 

Petro no es Gaitán (probablemente Gaitán tampoco era Gaitán). Pero por creerse Gaitán lo odian y persiguen los sectores más reaccionarios del Establecimiento. El representante Miguel Gómez, que impulsa su revocatoria, y el procurador Alejandro Ordóñez, que lo amenaza con la destitución.

De Gómez no sé mucho, y no voy a caer en la tontería de juzgarlo por sus lazos de parentesco (como dicen ahora, en Colombia no hay “delitos de sangre”). Venido del Partido Conservador (ese que en su origen se llamaba “ministerial” por ser el de todos los gobiernos), hoy milita en el de la “U” (con U de Uribe) y le critica al gobierno de Santos su política de víctimas y sus diálogos de paz con las Farc. 

De Ordóñez todos sabemos más, pues es más vociferante. Es un perseguidor profesional a la altura de la fama de los más terribles: el Gran Inquisidor Torquemada, el procurador Fouquier-Tinville de la Revolución francesa, el fiscal Vichinsky de los procesos de Moscú, el senador McCarthy de la cacería de brujas. Con el atenuante de que aquí no hay, legalmente al menos, ni hoguera, ni guillotina, ni horca, ni silla eléctrica. Solo inhabilitación y destitución. 

Es poco, pero Ordóñez usa ambas cosas con pericia. Nunca hacia la derecha, por feos que sean sus crímenes; pero implacablemente hacia todo lo que le huela a él a izquierda: el senador del Polo Jorge Robledo, a quien intentó en vano vincular con la guerrilla, la senadora liberal Piedad Córdoba, a quien destituyó e inhabilitó por muchos años, el exalcalde “verde” Alonso Salazar, que corrió con la misma suerte. 

A Petro lo tiene entre ojos hasta por el nombre de su grupo político: Progresistas. Nada hay más nefando para el integrismo católico que profesa el procurador que el progresismo: nombrarlo es como mentarle al Diablo.

Tanto la derecha mermeladera de Gómez como la ultraderecha vesánica de Ordóñez son enemigas de la paz. Y las dos, y los dos, persiguen a Petro. Eso no basta para identificar la suerte de Petro con la de la paz, como de modo oportunista lo hacen él y sus defensores. Pero sí es un indicio de cuáles son los motivos que impulsan al procurador: los de la acción política, y no los de la vigilancia jurídica. Los tres protagonistas de esta historia, Gómez con su revocatoria, Ordóñez con su destitución y Petro con sus denuncias victimistas, están haciendo agitación política.

Gómez está en su oficio: es representante a la Cámara por Bogotá. Pero Ordóñez no, y Petro tampoco. Van encapuchados ambos. Disfrazado el político Ordóñez con los ropajes del control y vigilancia de la función pública que corresponden a su cargo de procurador general, y disfrazado Petro de alcalde mayor celoso del bienestar de sus administrados. Y los dos idénticamente arbitrarios, despóticos y chantajistas, como es idéntico el revés de dos máscaras de carnaval distintas. 

Escribo esto la noche de Halloween, en la que los niños salen disfrazados de brujas a pedir caramelos a cambio de amenazas. 
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