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Opinión

  • | 1983/04/25 00:00

    HASTA AQUI LLEGO EL PERDON

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El último discurso televisado de Belisario Betancur pareció ser el punto final puesto por el gobierno al compás de espera abierto tras la ley de amnistía. El lenguaje del perdón y del reencuentro de todos los colombianos cedió paso ante los enérgicos puños sobre la mesa con que el Presidente acompañó las palabras que condenaban por parejo a la delincuencia común y a la subversión.
¿Qué ocasionó el viraje? Una situación de orden público que amenazaba con salirse del control gubernamental. A diferencia de un país como Venezuela, donde la expedición de una amplia ley de amnistía llevó a las fuerzas guerrilleras a optar por escenarios abiertos y legales de lucha y expresión, en Colombia, 20 años más tarde, una medida similar lleva a la guerrilla a la exacerbación de su actividad armada y al deslizamiento acelerado de algunos de sus sectores hacia un comportamiento que no se deslinda del de la delincuencia común.
Tanto el gobierno como la guerrilla se han topado con el callejón sin salida que estaba al fondo de la amnistía. Esta ha tenido de positivo el ser la expresión de una voluntad democrática, un intento real del Presidente por restablecer la alianza con los sectores medios y bajos -brúscamente rota durante el gobierno anteriormediante un ambiente de diálogo y de cierta apertura. Pero tiene la tremenda limitación de ser un pacto en el aire, al no contar con el piso de una política de concesiones laborales y salariales a esos sectores medios y bajos para aliviar su situación. En Venezuela la amnistía se decretó en medio de una bonanza petrolera que permitió cierto grado de bienestar, distensionando, por tanto, los enfrentamientos.
En Colombia, por el contrario, las compuertas legales y las puertas de las cárceles se abrieron en momentos en que la recesión-la más grave registrada desde los años 30-y el déficit fiscal, ponen al gobierno contra las cuerdas quitándole el margen de maniobra económico para tranquilizar un movimiento sindical y cívico hiperactivo que presiona inutilmente por mejoras en los salarios y en los servicios públicos. Lo que la amnistía distensiona, lo vuelven a tensionar la miseria y el desempleo.
A esto se suma el hecho de que la amnistía venezolana, hecha en la década del 60, coincidió con un momento de reflujo y virtual extinción del foquismo y el guerrillerismo en el resto del continente, mientras que la colombiana se da tras el triunfo de los sandinistas en Nicaragua, y del consiguiente repunte de la lucha armada en toda el área centroamericana .
La otra piedra que bloquea el camino es la ausencia de garantías reales y de canales políticos que encaucen el tránsito hacia la legalidad.
El escenario donde los alzados en armas discuten si les conviene deponerlas son zonas fuertemente militarizadas donde, en los hechos, siguen imperando las leyes de la guerra.
Además, guerrillero que opte por salir de la clandestinidad cuenta con demasiadas posibilidades de que lo mate el MAS como para que la opción le suene convincente. Si a pesar de todo sobrevive, se encuentra con que fuera del monte la opción política que le espera es una izquierda legal esquelética y atomizada que no ofrece atractivos.
A la hora del balance, la guerrilla se encuentra dividida de arriba a abajo entre los sectores que están a favor y los que estan en contra de la aministía, y ha perdido mucha popularidad por lo que la gente entiende como un comportamiento indeciso y caprichoso ante la propuesta de paz del gobierno. Si éste es el parámetro para medir los resultados, hay que decir que Betancur se anotó un triunfo. Pero si el criterio es que la amnistía debía obrar como drenaje para que los conflictos sociales, en vez de explotar, se enrutaran hacia una oposición legal, hay que decir que huele a fracaso. -
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