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Opinión

  • | 2015/05/08 14:24

    Hasta que nos duela la muerte…

    Lo que Colombia necesita para lograr la paz y una convivencia pacífica es un cambio cultural en el que por fin nos duela la muerte de todos y cada uno de nosotros, sin distingos de ideología o de pensamiento.

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Decir que la vida no vale nada en este país no es novedoso. Se mata por cualquier cosa, hasta por mil pesos, como sucedió con el vendedor ambulante cerca de una estación de Transmilenio en Bogotá hace apenas un par de semanas.

En este país siempre hay una razón para que la muerte del otro no nos duela, nos sea indiferente e incluso nos alegre: o por guerrillero, o por paramilitar, o por ser criminal, o por ladrón, o por ser de izquierda, o de derecha, o por tener plata, o por no tenerla, o por la camiseta de un equipo de fútbol. Así, a diario se escuchan y ven, sobretodo en los noticieros de televisión colombianos, muy dados a mostrarnos nuestro lado más cruel y despiadado, las excusas más banales e inverosímiles.

Y de tanto verlos día a día, el homicidio y el asesinato en Colombia convirtieron nuestras vidas en desechables, como si fuera posible comprarlas en la tienda de la esquina cuando estas se acaban. Nada vale menos que la vida en este país.

Pero lo curioso es que no nos duelen nuestras muertes, las de los colombianos, pero sí nos apesadumbramos sobremanera cuando estas ocurren en otras partes del mundo. Es común que las redes sociales ‘estallen’ en Colombia por masacres como las de Charlie Hebdo en París, o muertes violentas en otros países. ¡Yo soy Charlie!, fueron los miles de mensajes de los colombianos cuando ocurrió el ataque terrorista.

Y causa mucha tristeza que cuando ‘el Desalmado’ mató a cuatro niños, entre los 4 y los 10 años, a sangre fría en Caquetá apenas se vieron unos cuantos mensajes en esas mismas redes sociales, y menos hablar de protestas, a excepción de los habitantes de Florencia, la capital de ese departamento.

El común de los colombianos apenas se conmovió por un par de días, mientras se conocieron los hechos y el funeral de los menores, pero de ahí no pasó. Como si la muerte de esos niños, ajusticiados uno a uno, boca abajo en un piso de tierra se justificara por haber nacido en Colombia. Como si con el ser colombiano se otorgara, junto con la partida de nacimiento, un permiso para ser asesinado. Y que el luto solo lo sufran los familiares de la víctima, ante la indiferencia del resto de la sociedad.

Ese gran cambio cultural en Colombia debe comenzar por lo que recomendó el psicólogo estadounidense Steven Pinker, uno de los intelectuales más influyentes del mundo según la revista Time, quien declaró que la violencia debe ser vista como algo estúpido, salvaje e inmaduro en lugar de darle un valor heroico.

El cambio también consiste en que el que arma más trifulcas, el que insulta, el que confunde el ser ‘frentero’ con pendenciero, el que no respeta a los demás, el intolerante, no sea visto como el más valiente y el más macho, sino como alguien agresivo, violento e intolerante; o como dijo Pinker, en donde lo heroico no sea quedarse a la pelea, sino tener la suficiente dignidad para alejarse de ella.

*Especialista en resolución de conflictos y negociación.
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