Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2008/10/04 00:00

¿Hay algo más triste que un joven conservador?

Todo conservador joven es viejo por dentro: pequeños bonsáis de Fernando Londoño que desde temprano contienen un fachito descafeinado que se va fraguando

¿Hay algo más triste que un joven conservador?

Sólo hay algo que me deprime más que ver a un anciano en sudadera, y es ver a un niño en corbata.

Por eso no olvido una entrevista que le hicieron al hijo del Ministro de Hacienda hace ya un tiempo: un niño de menos de 15 años que se vestía con corbata y explicaba con seriedad un ejercicio pedagógico de su autoría, que consistía en poner a sus compañeros de colegio a que simularan una jornada legislativa colombiana.

Reconozco que no es un problema del muchacho, que se ve inteligente, sino mío: siempre me han desesperado esas estrategias lúdicas e infernales en las que el salón se convierte en una sesión de la ONU, y cosas semejantes. Pero aquella vez me sentí desbordado. El programa en cuestión se llamaba 'Congreso joven', y todavía me pregunto qué puede aprender alguien jugando a ser un congresista colombiano: ¿qué hace el papá del niño al que le toque ser Name Terán? ¿Con quién se pelearía el sapo del curso por ser Armandito Benedetti? ¿Cómo habrá sido la angustia de la mamá del alumno que debía ser Wilson Borja, consiguiendo a última hora un sombrero y un palillo y enseñándole a sorber?

Supongo que capar clase subía la calificación. Y que el caco del curso sacó la mejor nota.

Recordaba esa entrevista, que alguna vez comenté, porque unos jóvenes parecidos al hijo del ministro me invitaron a una reunión para hablar sobre la consulta popular que hará el Partido Conservador el próximo 23 de octubre.

—Pero si yo no soy conservador -les dije.

—No importa.

—Y la única dignidad que me queda es no ser político -insistí-.

—No importa. Vamos a limpiar la política: no más costeños lobos; no más paisas folclóricos; no más guisos de izquierda.

—Pero si en la izquierda hay buenos líderes...

—¡Qué va, si lo único que hacen es comprar cigarrillos sueltos!

—Y generalmente Mustang, concedí, porque eso sí es cierto.

La reunión era en la casa de uno de ellos, que aún vive con los papás. Sentados en la sala había unos jóvenes idénticos entre sí, todos vestidos con pantalones de pana, sacos de rombos, camisa de botones.

De entrada me sentí mal. Salvo los míos, y los de un mechudo dudoso que era de la Libre, todos tenían mocasines en cuyas ranuras había monedas de un centavo de dólar. Con la devaluación, confieso que me pareció un gesto arribista.

—¿Quién va a hacer el acta? preguntó un joven parecido a Rafael Nieto.

—¿El acta? -pregunté aterrado.

—Claro: acá debemos hacer todo con orden: hacer un acta, saber quiénes somos, a dónde vamos, tener clara nuestra misión/visión -me respondió.

—Yo la hago -lo interrumpió uno igualito a Jorge Leyva-. Y además propongo hacer un grupo en facebook.

—Eso, eso. Y que haya mano dura -intervino un adolescente que era el doble de Nicolás Uribe, ese congresista que imita, ya no digamos a Uribe, sino al ministro Arias: es el Uribito de Uribito.

—Sí, y digamos que afuera los políticos -dijo un joven parecido a Aníbal Fernández de Soto, y comenzó a gritarlo por toda la sala como si hubiera perdido la razón: ¡afuera los políticos, afuera los políticos!.

Durante más de tres horas padecí esa lluvia de ideas en la que todos decían que, a diferencia de los demás, ellos eran decentes; que había que sacar a los políticos de la política, como si ellos no fueran políticos. Y que todos eran jóvenes, cosa que refrendaban con unas frases que debieron sacar de algún seminario de liderazgo, como que la juventud no es el futuro sino el presente del país.

Pese a lo que tratan de mostrar unas penosas propagandas en las que unos muchachos se declaran orgullosamente conservadores, todo conservador joven es viejo por dentro: pequeños bonsáis de Fernando Londoño que desde temprano contienen un fachito descafeinado que se va fraguando lentamente, entre reuniones en clubes sociales y discusiones genealógicas, hasta conseguir su máximo esplendor en forma de adulto reaccionario: como el mismo Londoño.

Soporté la reunión con estoicismo. Poco a poco pasaron a una conversación más elástica, en la cual comentaban si era mejor el Jockey que el Gun, lo difícil que es conseguir empleada hoy día o las travesuras que habían hecho en el último retiro espiritual con el padre Ospina.

Aproveché que el tipo de la Libre se iba, para irme yo también. Una vez en la calle le pedí un cigarrillo.

—No tengo -me dijo-. Pero camine y compramos dos Mustang.

Me negué rotundamente. Regresé a pie, con la vista clavada en mis zapatos sin monedas y aguantando una tristeza suave pero persistente que se me disipó al llegar a casa.
 

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