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Opinión

  • | 1985/08/05 00:00

    HAY UNA ANTIOQUIA GRANDE

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Hace varias semanas estuve recorriendo buena parte de los caminos de Antioquia. En montañas y valles, en pueblos y veredas que se pierden en los recovecos de la espesura, me detuve a conversar con campesinos y arrieros. Ahora puedo decir, con absoluta seguridad y con los pulmones llenos de aire puro, que los verdaderos paisas no son eso que, desde una motocicleta, matan gente por negocios de mala indole en las avenidas de Medellín. Esos son apenas los hijos espurios de la tierra.
Un poco más alla del Alto de Minas, en el paraje de "La Quiebra", región que ha sido inmortalizada por los escarabajos del ciclismo y por algunos versos magistrales del maestro De Greiff, mis compañeros de viaje y yo hicimos una parada en el correría para estirar las piernas y tomarnos un aguardiente. Una muchachita pecosa, hija del dueño de la fonda, nos trajo rebanadas de mango biche y un plato de queso blanco.
--Sírvase, mi don--dijo la pecosa hablando para adentro, como hablar las antioqueñas del campo, sorbiéndose las palabras--. Sirvanse, que ya va siendo hora del almuerzo.
Sus padres vinieron a sentarse con nosotros. Un borracho que reposaba la juma en la mesa vecina se despertó de repente, dando un respingo, estuvo insistiendo diez minutos para que compartiéramos su botella a me dio escanciar de cerveza caliente.
Como todo borracho que se respete, empezó a dárselas de potentado Nos habló de sus tierras y sus extensas dehesas. En un momento determinado se quedó en silencio, suspendió su inventario de maravillas exclamó: --Pero ahora, mi don, les voy mostrar lo más valioso que tengo.
Caminó hasta la casa contigua trajo arrastrando a su mujer y tres niños. Fue entonces cuando sentí que había valido la pena semejante viaje porque Antioquia es el único lugar de este mundo donde todavía quedan borrachos que creen sinceramente que lo mejor de la vida es la familia que nos reservó Dios. Poco después cuando ya el borrachito roncaba de nuevo como un buque fluvial, llegó la hora de reanudar la marcha. Pedimos la cuenta.
--No ofenda, mi don--dijo, con un dejo de cariño, el padre de la pecosa. Lo que se da no se quita.
No solo se negó a recibir el dinero sino que alcanzó más mangos para que comiéramos en el camino. "Vuelvan a esta su casa", nos dijo, despidiéndose con la mano en alto. Desde aquel mediodía de mayo he pensado que esa escena simple, en una tienda sin nombre, en un recodo de la ruta es el mejor ejemplo de la Antioquia auténtica. Genuina. Gente generosa y piadosa. Mujeres que tejen mientras crian sus hijos. Hombres que llevan en el carriel el escapulario al lado de la navaja barbera y el juego de dados.
Campesinos capaces de compartir su pan con un viajero hambriento.
En medio de aquellos despeoaderos, cuando pasábamos por las bocas estrepitosas del cañón del Cauca, me acordé de dos antioqueños andariegos --esto es un pleonasmo-que llegaron hace muchísimos años a San Bernardo del Viento. El primero se llamaba Fernando Laserna y me parece que lo estuviera viendo: flaco, alto, colorado por el sol y con un bigote que debio alinearse con regla y compás.
Apareció en el pueblo porque quería comprar panela y arroz para irlos a vender a Monteria. Comprendió, con esa perspicacia comercial propia de su raza, que el negocio estaba en el transporte de pasajeros por el rio Sinú. Compro una canoa y un motor fuera de borda. Nunca he podido saber el motivo pero lo cierto es que bautizó a su lancha con el nombre de "Rasputín". Y, claro, le clavaron a él su propio apodo. Rasputin prosperó hasta tener su flotilla completa, como una especie de Onasis de aldea, y construyó el primer edificio de dos pisos que hubo en el pueblo. La gente iba en romería a ver una cosa tan inexplicable que se sostenia en el aire, aunque la gente no estuviera en tierra firme, y las mujeres se persignaban. Nunca más volvi a saber de Rasputín.
El otro paisa era el señor Ochoa.
Había en el pueblo un pequeño campo de béisbol, en una finquita de las afueras, y allí aparecieron Ochoa. Su mujer y sus hijos vendiendo empanadas de maíz entre los espectadores.
Era tan antioqueño tan disciplinado y trabajador que al poco tiempo, a punta de empanaditas, compró la finca con todo y el estadio.
Es por eso que, con todo el respeto y la admiración que merece el poeta Robledo Ortiz, y comprendiendo cabalmente su desazón y tristeza. no estoy de acuerdo con aquel famoso verso suyo que dice que "hubo una Antioquia grande". Yo creo que a pesar de todos los dolores y angustias de todo lo que nos duele a los colombianos la inseguridad de Medellín, hay todavía una Antioquia grande.
La grande de la pecosa y su papá, la grande del borracho que se ufana de su familia pobre, la grande de Rasputin y su espiritu emprendedor. La grande del señor Ochoa y sus empanaditas. Antioquia, a pesar de todo no es el asesino de la moto. -
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