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Opinión

  • | 2013/12/14 00:00

    Hay vida después de Petro

    Ante el hecho cumplido de la destitución de Gustavo Petro ha habido todo tipo de reacciones.

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Están los que reducen el asunto a una cuestión de ideología personal o los que ahondan en el complicado tema de la crisis institucional que vivimos. Hay quienes intentan revivir el trasnochado y peligroso discurso de lucha de clases o los que a punta de argumentos legalistas buscan desbaratar las tesis del contrario, enfrascándose a veces en discusiones sin salida.

Mi preocupación es otra. Por supuesto que en ocasiones vale la pena mirar hacia atrás para aprender de los errores y entender mejor a qué horas fue que caímos en este profundo barranco. Pero como detenerse en el juicio de responsabilidades pasadas no basta y, sobre todo, no nos va a devolver el tiempo perdido, se me ocurre concentrarme en lo que puede pasar en el año y medio de período que le queda al alcalde capitalino –el que sea que llegue–, para aferrarme a la esperanza de que algo bueno está por suceder.

No es idealismo. Hay con qué y, seguramente, también encontraremos con quién. Bogotá ha llegado al punto máximo de la indignación. Eso es bueno. Cuando reconocemos que es difícil caer más bajo, comenzamos a pensar mejor en las soluciones y menos en los problemas.

Una visión gerencial puesta al servicio del interés general, sin espacio para las improvisaciones, con garantías de trasparencia en la contratación y resultados a la vista, lograría devolvernos la confianza. Si el alcalde que reemplace a Gustavo Petro logra transmitirnos un mensaje contundente de credibilidad, habrá valido la pena para él o ella asumir las riendas de la ciudad por un tiempo que a simple vista parece demasiado corto.

Cuando Clara López llegó al encargo temporal de la Alcaldía de Bogotá, pudo apenas en cuestión de meses ganarse a la opinión pública y hoy aspira a la Presidencia con una gran respetabilidad.
El alcalde o la alcaldesa que llegue encontrará más de un chicharrón, es verdad, pero contará también con un presupuesto aprobado de 14 billones de pesos para el 2014 y con ese dinero bien administrado se puede hacer mucho.

Le corresponderá contratar la primera ruta del metro, proceder al desarrollo del Transmilenio en el sur y poner en marcha un modelo educativo incluyente que aumente las oportunidades para todos y, consecuentemente, reduzca la criminalidad y la pobreza.

Y mientras en Bogotá un hombre o una mujer con credenciales suficientes –no importa que sea de izquierda o de derecha– se aplica a ejecutar y a construir bases sólidas de confianza, el resto del país bien pudiera emprender una discusión seria para que, con un nuevo Congreso, se tramiten las reformas que sean necesarias para establecer sistemas de pesos y contrapesos reales que eviten choques de trenes y garanticen la primacía de la democracia. Un año y medio es suficiente tiempo para construir propuestas sensatas e iniciar el trámite legislativo de una reforma a la justicia, esta vez ¡de verdad, verdad!

Por eso creo que los colombianos tendremos que tomar una decisión: o nos quedamos madreando al procurador o insultando al destituido alcalde –según nos indiquen las tripas– o miramos hacia adelante para crecer como Nación.

Hay vida después de Ordóñez y de Petro. De eso sí que estoy seguro…

Twitter: @JoseMAcevedo
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