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Opinión

  • | 2005/04/17 00:00

    Hay vida después del Boom

    El realismo mágico no sirve para contar lo que hemos vivido quienes crecimos con la televisión, el rock, la violencia urbana, el desencanto político

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No solamente en la vida, también en la literatura tenemos la tendencia a creer que aquello que vivimos y leímos en la juventud era mucho mejor que lo que vivimos y leemos ahora. Es un efecto (y un defecto), tal vez, del propio envejecimiento, como si la amargura de los años tiñera con su sombra todo lo que vemos hoy, y nos obligara a decir: antes era mejor; la miel era más dulce, el vino emborrachaba sin secuelas, la carne sabía más, los poetas tenían buen oído. No nos preguntamos si esta añoranza no será más bien un problema de percepción, de papilas gastadas, de arterias que se endurecieron y ritmo que se nos perdió.

Decir que "todo tiempo pasado fue mejor", es algo que ocurre -recurrentemente- en todos los tiempos: los griegos añoraban una remota Arcadia, los romanos lloraban por la vieja Grecia; los renacentistas, por la antigua Roma; los racionalistas, por el Renacimiento, los románticos añoraban el Medioevo, y así. Hace poco, en un poeta latino, encontré un lamento por aquellos tiempos en que las estaciones estaban bien definidas, pues había primavera y el invierno caía en invierno. No como ahora, decía hace 2.000 años Propercio, que llueve y hace calor cuando le da la gana.

Aunque parezca increíble, si les toca vivir lo suficiente, lo verán: habrá quien, dentro de 50 años, añore todo lo de hoy: en comida, en periodismo, en música y literatura. Dirán: "¡Los principios del siglo XXI, ah, esos sí eran tiempos buenos! El pan era mejor, el ron sabía más, los cantantes sí sabían cantar, los periodistas se hacían matar por decir la verdad y los escritores nos hacían reír y llorar.".

Hay quienes piensan que la literatura latinoamericana tuvo un destello maravilloso, en los años 60 y 70 del siglo pasado, pero que esas estrellas, como una constelación de supernovas, se apagaron de pronto, y lo que quedó fue este agujero negro donde ya nadie escribe bien y solamente se publican novelas malas y poemas cojos. No es así. Lo que pasa es que cambian los temas, el estilo, los intereses. Mejor dicho, cambia la realidad, y los escritores son hijos de su tiempo. El realismo mágico no sirve para contar lo que hemos vivido quienes crecimos en la era de la televisión, el rock, la violencia urbana, el desencanto político, las grandes migraciones, el celular o Internet.

Piedad Bonnett, para empezar por un ejemplo poético, escribe gran poesía, hoy, que a mí no me parece inferior ni a la de Aurelio Arturo ni a la de Cote Lemus ni a la de Gaitán Durán. Es honda y es eufónica, es evocadora y llena de emoción. Como además es corta (otra virtud), puedo citar como ejemplo esta Oración: "Para mis días pido, / Señor de los naufragios, / no agua para la sed sino la sed, / no sueños / sino ganas de soñar. / Para las noches, / toda la oscuridad que sea necesaria / para ahogar mi propia oscuridad".

Para seguir en Colombia, Santiago Gamboa acaba de publicar una gran novela, El síndrome de Ulises: triste y alegre a la vez, porque lo duro de la trama viene combinado con buenas dosis de humor, de amor y de alegría irremediable. Tiene un vertiginoso ritmo alucinado y a partir del drama de la emigración y de los desterrados, construye una nueva París que no será la de Rayuela, pero que es una París que se acerca mucho más a la París que vivieron quienes se fueron a buscar a la Maga y a Rocamadour. ¿Encontraron el Sena, el barrio latino, los cafecitos de Sartre? Qué va: drogas, sexo, alcohol, prostitución, trabajos inmundos. Pero en medio de todo, la pasión de vivir, de sentir y de no dejarse joder por lo peor.

Y brevemente, al norte y al sur de Colombia, les recomiendo a dos grandes escritores que con el Boom nada tienen que ver: Juan Villoro, en México, que presentará en la Feria una gran novela suya que acaba de ganar el premio Herralde en España: El Testigo. Su planteamiento, digamos, es opuesto al de Gamboa, no el drama de la emigración, sino el estupor del regreso. Julio regresa al México de Fox y se enfrasca en un delirante viaje al pasado de su país y al pasado de su vida, de la mano del poeta López Velarde. Villoro es un aforista genial y su novela es un deleite para la inteligencia.

Y más al sur, de Chile, aunque dando un rodeo por España, llega la novela póstuma de Roberto Bolaño, 2666, unas 1.000 páginas de la narrativa más ambiciosa que se haya publicado en nuestro continente en mucho tiempo. Sin querer hacerme pasar por un fanático del presente (contra los acólitos del 'pasatismo'), les aseguro que a estos libros y a estos autores -en vez de quejarnos y lamentarnos tanto-, deberíamos leerlos, gozarlos y celebrar por ellos. Sí, hay vida después del Boom.
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