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Opinión

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Los extremos abismales de frivolidad y de desfachatez a que ha llegado este gobierno del presidente Ernesto Samper harán pasar a la historia el de Carlos Lemos como un modelo de austeridad republicana. En 10 días, sólo una recepción de gala en el Palacio de Nariño y un viaje de aparato a Popayán para recibir el besamanos de sus coterráneos. Por contraste, la agitación de Samper en los cortos meses de poder que le quedan parece demencial: nombra, cambia, decreta, instituye, propone, licita, otorga, entrega, da. Cambia ministros, reemplaza embajadores, inventa directores de institutos, crea generales, designa secretarios. Todos los días podemos verlo en las fotografías de los periódicos con una mano en el pecho invistiendo a alguien de algo, con su señora y sus niños. No he hecho la cuenta exacta, pero calculo que ningún ministro de Samper ha durado en el cargo más allá de seis meses, para que le quepan más, y ningún embajador ha pasado de los ocho. Si la mitad de todos ellos _sin contar funcionarios secundarios: Inurbe, Caprecom, Colpuertos_ ha practicado el 'miti-miti' que hizo famosos a Arboleda y Villamizar, no cabe duda de que en sólo cuatro años Samper ha creado una nueva clase social entera, chorreante de dinero habido del Estado: una hazaña que rivaliza con la de Luis Felipe en el reinado más corrompido de la historia de Francia. ¿Ven ustedes en las calles esos carros fastuosos? No son de narcos. Son de ex funcionarios del gobierno de Samper.Y falta por descontar toda la plata que se le irá al erario público en los siete primeros días del próximo mes de agosto en el frenético reparto de despedida de Cruces de Boyacá: no van a dar abasto ni los famosos diamantes de la 'Monita retrechera'.Pero todo ese despilfarro no es demencial: es calculado. Genera samperistas. Porque a estas alturas los turbios métodos financieros usados por Samper para alcanzar la Presidencia parecen juego de niños ante las maniobras de soborno y corrupción que ha utilizado para mantenerse en ella, y para guardarse las espaldas llegado su retiro. Para pagar favores, tanto pasados como presentes y futuros, no ha regateado en emplear todos los recursos del Estado: leyes en el Congreso, decretos ejecutivos, dineros del presupuesto, soles de generales, licitaciones, privatizaciones, nombramientos. El caso del nuevo _aunque no confirmado_ embajador en España, Guillermo Alberto González, ilustra bien el asunto. Samper no vaciló en ofender a un país amigo enviándole como representante a un señor que tuvo que renunciar a un ministerio a causa del escándalo (no penal, sino político) desatado por sus relaciones de amistad con un narcotraficante, porque para él es más importante la creación de una hueste samperista que la respetabilidad diplomática que pueda tener Colombia. Por eso mismo irrespeta a todas las cancillerías extranjeras cambiando a los embajadores cada seis meses, y por eso mantuvo ante las insistentes protestas de la Unión Europea entera a su impresentable embajador Marulanda: su interés no es la presencia de Colombia en el mundo, sino la multiplicación de los samperistas agradecidos en Colombia.La palomita presidencial de Carlos Lemos es el más reciente ejemplo del estilo samperista (aunque no será el último). A cambio de una nadería que colmara la sed de vanidades del vicepresidente (10 días en Hatogrande, una banda presidencial bordada por las monjitas payanesas, una tarjeta de invitación timbrada en Cartier con el escudo nacional), Samper se gana un ex presidente propio. Un ex presidente a dedo, y a dedo de Samper, lo cual no parece exactamente un honor: pero que le garantiza un aliado valioso en esas componendas hechas de desempates que forman la política interna de los partidos colombianos. Turbay está ya viejo y al borde del sepulcro, López también, aunque se niegue a creerlo, Barco murió por fin después de muerto, y Mosquera Chaux pasó sin darse cuenta del sopor perpetuo al sueño eterno. Así que ahora quedarán sólo tres ex presidentes liberales para arrear su partido: Gaviria, por un lado, y Samper y Lemos por el otro: gana Samper por dos a uno. En esas intriguitas, en esas manipulacioncitas, en esas corruptelitas _corruptelotas algunas_ se ha gastado Ernesto Samper los cuatro años de su gobierno. Entre tanto el país se ha desangrado, corrompido y destruido todavía más que nunca antes en su historia: ha aumentado la violencia paramilitar, militar, guerrillera y 'común'; han crecido la miseria y el desempleo; hay un millón de desplazados; han sido saqueadas las empresas públicas; se ha perdido el control de las fronteras; ha sido abolida la administración de justicia; se ha entregado la soberanía, o lo poco que quedaba de ella; se ha perdido el ya escaso respeto que al mundo le inspiraba esta nación desventurada. Esos han sido los resultados del muy publicitado (y que se sigue publicitando a precio de oro por ahí) 'gobierno de la gente'. Ernesto Samper ha gobernado sólo para sí mismo y para sus amigos, viejos, actuales o futuros, politiqueros o narcos, periodistas o 'cacaos' del gran capital. Su frivolidad, o su desfachatez, sólo es comparable a la del emperador romano Calígula cuando hizo cónsul a su caballo (enumere el lector por su cuenta todos los caballos nombrados por Samper, porque aquí no cabrían). O, más modestamente, y para no salirnos de la Roma imperial, a la de Claudio. De él cuenta Robert Graves, en su autobiografía apócrifa, que desde que fue investido de la púrpura suprema ya no tenía ningún empacho en dejar escapar en público sus gases intestinales. Samper ha gobernado así: como quien se tira pedos.Y esto se ha vuelto asqueante.
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