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Opinión

  • | 2007/11/17 00:00

    Heráldica

    Yo sustituiría entero el escudo por un verdadero símbolo heráldico de lo que somos: la cara del ponente del proyecto

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Un avispado representante a la Cámara acaba de hacer una propuesta imbécil. Ya sé que eso no es noticia, sino el pan de cada día: pero hay que hablar a diario del pan de cada día. No menciono el nombre del avispado congresista porque es precisamente con la intención de que su nombre fuera mencionado que hizo su propuesta imbécil: el avispamiento de su imbecilidad consiste en eso. Y la propuesta consiste en un proyecto
de ley. Uno de esos innumerables –aunque numerados– proyectos de ley imbéciles e inútiles que sólo sirven para perder el tiempo del Parlamento y poner a sonar el nombre de sus ponentes. El que nos ocupa consiste en modificar el escudo nacional.
Porque dice el representante de marras que al escudo...
(Bueno: había que empezar por discutir sobre la inutilidad del escudo mismo, que en fin de cuentas sólo sirve para provocar discusiones inútiles) ... que al escudo de Colombia le sobra el istmo de Panamá que figura en él con sus dos barquitos navegando en sus dos mares, “porque ya no es nuestro”. Y propone borrarlo y poner en su lugar en archipiélago de San Andrés y Providencia “porque estamos en mora de rendirle un homenaje”. Así que la imbecilidad y el avispamiento vienen adobados en salsa de lambonería, siguiendo una espesa y rica tradición nacional. Y supongo que el lambetazo –el “homenaje”– se extiende de rebote a nuestro vecino el presidente venezolano Hugo Chávez, pionero en esto de cambiar escudos patrios: a un caballo que había en el de Venezuela lo puso Chávez a galopar hacia la derecha mientras relincha hacia la izquierda. O al revés. Hay quien vive cambiando los símbolos y las instituciones, con lo cual ni son instituciones ni son símbolos.

No sé a Chávez en lo de los relinchos del caballo. Pero en lo del istmo no le falta razón a nuestro congresista, porque istmo de Panamá ya no tenemos. Como tampoco tenemos cuerno de la abundancia, ni gorro frigio de la libertad. El tema lo planteó hace medio siglo Hernando Martínez Rueda, ‘Martinón’, en un espléndido soneto escrito cuando, tal como ahora, vivíamos tiempos invivibles de corrupción y de violencia. En catorce versos escuetos resumió así Martinón toda la historia de Colombia:

Estas, que alguien llamó Nueva Granada,
–tierras entre dos mares comprendidas–
las descubrió Rodrigo de Bastidas,
las conquistó Jiménez de Quesada.

Fue colonia. Por verla emancipada
Torres, Caldas, cien más, dieron sus vidas.
Fue Gran Colombia, un breve instante unidas
Las hijas de Bolívar y su espada.

Tuvo oidores, repúblicos, virreyes;
Tuvo sabios, tuvo oro, tuvo leyes;
Hay un cóndor y un istmo en el escudo.

Hoy de esas aves nos espanta el vuelo,
Huyó el oro, es el istmo ajeno suelo,
Y nos queda una ley: la del embudo.

Dado que seguimos exactamente como entonces, entre el aleteo de los pájaros de presa y el oportunismo de los aprovechadores, y que no nos quedan ni territorio ni justicia, no está de más que se proponga otra vez una reconfiguración radical del escudo. Yo lo sustituiría entero por una imagen que verdaderamente sea el símbolo heráldico de lo que somos. Y se me ocurre que ninguna podría ser mejor que la foto (sólo la cara: sin el nombre) del congresista ponente del proyecto. Pues él, mejor que ningún otro, merece su nombre de representante, porque nos representa cabalmente a los colombianos con todos nuestros pelos y señales: el avispamiento, la imbecilidad y la lambonería.
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