Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

Opinión

  • | 2015/04/20 15:33

    Herencias perversas

    Gran favor harían Santos y Uribe si dieran ejemplo sobre como no trasladar sus odios a los hijos, de manera que se ayude a cerrar el ciclo eterno de ofensas, descalificaciones y violencia en que vive atrapada la sociedad colombiana.

COMPARTIR

A esta guerra hay que ponerle fin. Verdad de Perogrullo escuchada en innumerables ocasiones a lo largo de nuestra vida como colombianos.  Y siempre llegamos al mismo punto: A esta guerra hay que ponerle fin.

Y para eso han sido las grandes coaliciones políticas, la cooperación económica y militar recibida. Para ello también, han sido éste y los anteriores procesos de negociación entre gobiernos y guerrillas. Y  si bien es cierto que en los últimos 50 años hemos avanzado en la calidad de la democracia, la inclusión social, la internacionalización de la economía, esta miseria violenta que llamamos “guerra” sigue ahí.

Sigue apoltronada, hora tras hora, viendo nacer, crecer y matarse a cerca de medio millón  de colombianos, miembros de las fuerzas militares enfrentados a una cifra no mayor a los cincuenta mil colombianos que es lo que sumarían los combatientes de las FARC, el ELN,  sus milicias de apoyo y colaboradores, según cálculos recientes.

Entonces la pregunta es:  ¿dónde fallamos? ¿por qué no logramos superar esta guerra entre colombianos?.

Por mucho tiempo las denuncias sobre una “conspiración comunista internacional contra la democracia más sólida de Latinoamérica” fue la justificación mediática institucional. Más tarde se diría que había “enemigos ocultos” de la paz dentro de los gobiernos,

Ahora es el narcotráfico lo que explica que “los malos hijos de Colombia” se mantengan en su ejercicio de violencia. También se usa la frase de que el “apoyo de Venezuela” es lo que mantiene viva esta guerra.

Probablemente todo lo descrito ha sido parte de este desmadre, o puede que no. Pero hay algo que persiste con poquísimos cambios en nuestra manera de vivir, y es la herencia de una cultura de intolerancia, venganza y odio de unos contra otros.

Luego del asesinato de Gaitán,  se pretendió explicar todo como la venganza de unos liberales o conservadores, que heredaron a sus hijos, amigos y familias odios sin necesidad de acción testamentaria. Venganzas nacidas de la sangre, del amor filial o de la escucha de barbaries cometidas contra alguien o algunos cercanos.

Estas violencias heredadas eran  reflejo de las guerras entre casas políticas de los partidos Liberal y Conservador que en pequeños municipios, y en zonas rurales del país exacerbaron el odio interpartidista. Violencias heredadas que significaron muertos, desplazados por cientos de miles. De allí que la lección deba ser aprendida.

Cuando leo de manera repetida sobre los enfrentamientos entre el hijo del Presidente Santos y los del expresidente Uribe, en los que a menudo han participado los hijos de Francisco Santos o el de Oscar Iván Zuluaga, me pregunto si sus padres y madres, son conscientes de la herencia de odio que están dejando a la nueva generación.

Porque hay que llamar las cosas por su nombre. Lo que ventilan  Martín Santos y los hijos de Uribe es físico odio. Odio que involucra amigos y nuevos familiares como es el caso del actor Manolo Cardona, y su vergonzosa pelea en patota junto a Martin Santos y otros, contra seguidores de Uribe en un restaurante, durante el pasado mundial de futbol en Brasil. El odio es una peste que se pega fácil y se incrementa.

Hace poco en una conversación con un grupo de jóvenes, hijos  e hijas de padres asesinados o perseguidos por alguna de las tantas sinrazones que abundan en nuestra historia, alguna mencionó que había heredado las banderas para completar la tarea de su madre desaparecida. Hay que decirle que no. Que ella debe vivir sus propias ideas, sus propios retos, que no son iguales a los que vivió su madre y su generación. Que con respeto honre la memoria y el ejemplo de vida y compromiso de ella, pero que haga su tiempo, construya sus propios retos, porque los de la generación anterior pueden terminar anclándola a un pasado que mate el futuro, que es como matar la paz. Ese es uno de los peores crímenes que se puede cometer.

Gran favor harían Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe si dieran ejemplo sobre cómo no trasladar sus odios a los hijos, de manera que se ayude a cerrar el ciclo eterno de ofensas, descalificaciones y violencia en que vive atrapada la sociedad colombiana.

Otorgar libertad hacia el futuro y no encadenamientos al pasado es la principal responsabilidad del liderazgo que se requiere hoy.

Posdata: Los cinco indígenas del cabildo de Cerro Tijeras sacados de sus casas y asesinados en el Cauca, en cercanías al lugar donde ocurrió el ataque de las FARC que produjo la muerte de 11 soldados merecen igual solidaridad del país, atención de los medios y pronta investigación. De lo contrario, se podría pensar que la historia de la violencia se repite vengando, en este caso, la muerte de combatientes con el asesinato de líderes comunitarios.

@alvarojimenezMi
ajimillan@gmail.com

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1839

PORTADA

Odebrecht: ¡Crecen los tentáculos!

Las nuevas revelaciones del escándalo sacuden al Congreso y al director de la ANI. Con la nueva situación cambia el ajedrez político al comenzar la campaña electoral.