Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2002/07/15 00:00

Hermano contra hermano

Las guerras modernas son cada vez más sangrientas, fratricidas y locales. ¿Qué hay detrás de la crueldad que lleva a los hombre de un mismo país a arrasar pueblos en Angola, Liberia, Kosovo o Colombia?

Hermano contra hermano

La guerra civil se ha convertido en una telenovela" ?observó el poeta Hans Magnus Enzensberger? en un ensayo provocador sobre la violencia contemporánea, al querer señalar cómo la tragedia de otros ?en tierras lejanas y saturadas de miseria? era simultáneamente una mercancía devorada por los consumidores de los países desarrollados. Enzensberger comparó la televisión con un enorme grafito donde los asesinos, felices, dan entrevistas a una prensa 'orgullosa' de estar en el lugar de la matanza.

Volver banal el dolor ajeno. Este es muchas veces el resultado del mayor interés que expresa la 'comunidad internacional' en las 'guerras civiles' que hoy desangran al mundo.

'El conflicto del mes' es el nombre de una sección regular en la revista Cox, otra de esas publicaciones vulgares para lectores que indistintamente consumen artículos sobre sexo, modas, automóviles, drogas, recetas de cocina? violencia. Da igual: 'el conflicto del mes' en enero de este año fue Liberia, un país de la costa occidental del Africa retratado como el 'modelo' de las dictaduras del continente. Para imaginarlo Cox sugiere pensar en los Perros de la guerra, con un elenco de niños en papel de soldados.

Ni Cox ni otras publicaciones de ese género son representativas. Tampoco esas 'telenovelas' que Enzensberger tiene en mente. Existen, por supuesto, genuinas manifestaciones de preocupación internacional por la proliferación de 'guerras civiles' por razones humanitarias, por intereses particulares, por los temores sobre su impacto en la propia seguridad.

En cualquier caso ese mundo de 'guerras civiles' parece casi a todos incomprensible, así se le identifique como el mayor problema del siglo XXI, frente al cual una sociedad globalizada no va a permanecer indiferente.



Multiples guerras

Desde fines de la Segunda Guerra Mundial, el número de conflictos clasificados como 'guerras civiles' se aproxima al centenar. Las confrontaciones entre distintos Estados han tendido a desaparecer para darle paso a las confrontaciones dentro de los Estados. Estas 'guerras civiles', sin embargo, son muy difíciles de definir, mucho más difíciles que las internacionales.

Con frecuencia las llamadas 'guerras civiles' contemporáneas son por naturaleza internacionales. Sería imposible entender lo que sucedió en Kosovo si pretendiésemos limitar ese conflicto a las fronteras de algún Estado.

Tras la desintegración de Yugoslavia no tiene sentido seguir hablando de 'guerra civil'. Y cualquier nueva guerra en Kosovo tendría repercusiones regionales, descrito así en Foreign Affairs: agravaría la crisis de refugiados que desestabilizaría a Albania y Macedonia, involucraría en la guerra a Grecia, reanimaría las animosidades entre Grecia y Turquía?

Las guerras en los Balcanes, que tanto ocuparon la atención en la década de 1990, obedecen a un patrón tradicional: la recomposición del poder territorial una vez se disuelve un imperio. Otros conflictos en la antigua Unión Soviética son de naturaleza similar. Allí también se conjugan las confrontaciones étnicas y religiosas en espacios donde lo nacional y lo internacional permanecen entremezclados.

Robert D. Kaplan nos invitó a olvidarnos de los mapas de hoy para poder entender los conflictos del nuevo siglo ?la 'anarquía' que se nos vendría encima?. Al concluir en 1994 su travesía por el Africa occidental ?en Sierra Leona, Guinea, Liberia y Costa de Marfil? no le quedaron dudas: las fronteras que dividían esos países habían perdido significado. Allí no había conflictos exclusivamente 'internos'.

Cuando visitó Turquía, donde al principio percibió razones para el optimismo, Kaplan también dejó el mapa a un lado. El mapa engañaba. Considerables porciones del territorio estaban controlados por grupos armados ?guerrilleros o mafiosos?. Y el sureste lo ocupan los kurdos, un pueblo sin Estado cuya presencia desborda muchas fronteras del Medio Oriente. Allí mismo los Balcanes, la antigua Unión Soviética, Turquía, regiones del Africa: la marca étnica o religiosa allí parece inconfundible.

Cualquiera fuese el motivo original de aquellos u otros conflictos, la violencia desatada se movería en una dinámica propia, sus causas variarían con los años. Así lo observó también el sociólogo Daniel Pecaut al referirse al conflicto colombiano: después de cierto tiempo ya no tendría "sentido referirse a un contexto inicial".

Los autoproclamados ejércitos del pueblo, señala Enzensberger, se degeneran en bandas de asaltantes, "sin metas, ni planes, no los ata una idea distinta de la estrategia ? de saqueo, muerte y destrucción". La violencia se habría liberado de la ideología; las 'guerras civiles' dejaron de sentir así la necesidad de legitimarse.

Los cuadros de Enzensberger, como los de Kaplan, contienen elementos persuasivos. Es difícil entender la racionalidad de quienes perpetran tan horrendos crímenes en esas 'guerras civiles' que amenazan con invadir el mundo. Pero los científicos sociales se resisten a aceptar estas explicaciones, en las que los tonos dominantes de anarquía irracional ofrecerían una impresión equívoca.

Orden economico

Si Kaplan nos invita a abandonar los mapas, el economista Paul Collier sugiere que, al intentar explicar las 'guerras civiles', dejemos a un lado los 'discursos de los agravios'. Ni los odios étnicos o religiosos, ni la desigualdad económica, ni la falta de derechos políticos, ni la incompetencia económica de los gobiernos serían variables muy útiles para entender porqué en algunas sociedades persisten con éxito grupos de 'rebeldes'.

La explicación, según Collier, estaría en la 'agenda económica' que sustenta tales conflictos: las oportunidades de enriquecimiento para quienes explotan la guerra. Diamantes y piedras preciosas en Sierra Leona, Angola y Liberia, o drogas en Colombia, Perú, Burma o Afganistán. Sociedades pobres, cuyas economías están basadas en la exportación de productos básicos, con una población joven y de baja educación, serían más susceptibles de sufrir 'guerras civiles'. Ya en movimiento, el ciclo es fatal: el horizonte vital se vuelve impredecible, el oportunismo cobra mayor valor social, se incrementa la criminalidad, las leyes del mercado son reemplazadas por la mentalidad del saqueo.

No parece muy apropiado, sin embargo, seguir hablando de 'guerras civiles' en muchos de tales conflictos. Obsérvese, por ejemplo, la descripción que hizo el Financial Times hace dos años de los problemas generados por el tráfico ilícito de diamantes que alimenta las guerras africanas: una red global que se extiende desde las pistas aéreas de los Emiratos Arabes a las fábricas de armamento de Bulgaria y Ucrania; de Liberia, Burkina Faso y Togo a las oficinas de vendedores de diamantes en Antwerp, Bombay, Monrovia, Johanesburgo y Tel Aviv. Armas, componentes químicos, bancos lavadores de dinero, productores, consumidores: la naturaleza global del tráfico ilícito de drogas que alimenta el conflicto colombiano también es evidente.

Existe otro problema con dicha caracterización: estos conflictos se colocan más bien en el campo de la criminalidad que en el de la guerra.



Regreso a la Edad Media

Quizás la imagen que refleja con mayor fidelidad la naturaleza de esos conflictos que se apoderaron del 'nuevo orden mundial' sea la de los 'barones de la guerra' que dominaban el medievo en ausencia de un Estado central. Ellos aparecen, como lo ha observado Michael Ignatieff, donde quiera se desintegre el Estado nacional: en el Líbano, en Somalia, en Armenia, en Cambodia, en la antigua Yugoslavia. El Estado colombiano no se ha desintegrado, aunque su debilidad es evidente, como lo es la presencia amenazante de 'guerreros' de similar corte medieval.

Estos barones de la guerra no aparecen de la nada. Ni la desintegración de todos aquellos Estados se produjo por iguales motivos. Somalia, por ejemplo, desafía cualquier explicación simplista. Toda lectura ligera de su historia reciente corre el riesgo de retener sólo luchas tribales, simbolizadas en esas figuras armadas, en camionetas y sin rumbo fijo, que popularizó la televisión. Este fragmento narrativo dejaría por fuera la tragedia de su historia poscolonial.

La evocación de los guerreros medievales parece, sin embargo, apropiada. Ignatieff explica los conflictos contemporáneos en términos de Hobbes ?el autor del Leviatán, escrita sobre las cenizas de la guerra civil inglesa del siglo XVII?. Nos invita a apreciar el orden causal: "Primero, el colapso del Estado?, luego el miedo hobbesiano, y sólo entonces la paranoia?, seguida de la guerra". Es ese miedo hobbesiano el que explicaría que los "vecinos se conviertan en enemigos".

En la explicación de Ignatieff, como en la de Enzensberger y Collier, las ideologías pasan a un segundo plano ?así el nacionalismo étnico sea el telón de fondo?. Los barones de la guerra no son promotores de ideas sino 'técnicos de la violencia'. En ese 'estado de naturaleza', el hombre de las armas es 'rey' ya que puede ofrecer lo que todos solicitan: "seguridad y venganza". Con sus celulares, faxes y exquisitos armamentos, en palabras de Ignatieff, estos barones de la guerra parecerían "posmodernos, pero la realidad es puramente medieval".

Recurrir a Hobbes, evocar la Edad Media, colocar al Estado en el centro del debate no es nada original. En 1996, el profesor Kalevi Holsti dedicó un libro a estudiar las nuevas guerras en la política internacional ?un problema básico "de sostenimiento de Estados y fracasos de Estados"?. La proliferación de los conflictos desde 1945, en su mayoría 'internos', obedecía a la debilidad de los Estados, fruto de su escasa legitimidad. No habría solución distinta de la de fortalecer los Estados existentes.

La analogía con la Edad Media tiene, no obstante, sus limitaciones. El Estado moderno que surgió en Europa, tras monopolizar las armas ?antes en las manos dispersas de los barones de la guerra?, vino acompañado del absolutismo. Hoy las condiciones son diferentes. Muchos, además, no logran ver aún que el Estado puede ser la solución. Lo ven como problema.



los otros responsables

"Conflictos armados internos", "insurgencias", "genocidios étnicos": a todos se les llama 'guerras civiles' sin diferenciar. Para quienes no las sufren, parecería un mismo fenómeno. Un fenómeno identificado con Estados fracasados que no garantizan la seguridad de sus ciudadanos ?serias amenazas para el orden mundial?.

Esos conflictos intraestatales están dejando de ser internos también desde otra perspectiva: su eventual resolución no dependería de los respectivos Estados donde tienen lugar. La comunidad internacional los está haciendo suyos. Durante la década de 1990 su respuesta más notable fue la "intervención humanitaria".

Hoy se habla de la "responsabilidad para proteger". El lenguaje está cambiando. Pero el mensaje es el mismo: en aquellos casos de grave sufrimiento poblacional como consecuencia de dichos conflictos, y cuando los Estados donde ocurran se manifiesten incapaces o sin la voluntad para solucionarlos, o sean sus directos perpetradores, la 'comunidad internacional' tendría la obligación de acudir en su rescate.

Tal fue la conclusión de la International Commission on Intervention and State Sovereignty, convocada por el gobierno canadiense, cuyo informe se publicó en diciembre de 2001. Este trabajo fue una respuesta a las preocupaciones planteadas por el secretario general de la ONU, Kofi Annan, sobre los dilemas frente a tantos conflictos cruentos sin solución a la vista.

El fin de la Guerra Fría alimentó esperanzas cuando se creyó que la ONU podría desempeñar un mayor papel en apaciguar esas guerras internas. Durante la década de 1990 sus misiones de paz crecieron significativamente: a fines de 1995 la presencia de la ONU se había extendido en unos 16 países. Su récord no ha sido de absolutos éxitos. Mientras que en casos como El Salvador, Guatemala y Mozambique logró resultados favorables, en otros como en Somalia y Angola su participación fue controversial.

En muchos de estos conflictos la presencia de la ONU obedeció al previo acuerdo de las partes en disputa. No obstante, la intervención de la 'comunidad internacional' para darles fin a las luchas intraestatales ha recurrido también a la fuerza. El ejemplo más reciente ocurrió a raíz de la tragedia de Kosovo, donde el ejército de la Otan doblegó al gobierno de Milosevic.

Las perspectivas de encontrar soluciones negociadas a tantas 'guerras civiles' no parecen muy alentadoras al examinar su historia. Importantes estudios muestran que sólo un escaso porcentaje de tales conflictos posteriores a la Segunda Guerra Mundial pudieron resolverse a través de negociaciones. Y en casi la mitad de ellos pronto después se reanudó la guerra. A pesar de estas evidencias la tendencia dominante hasta hace poco entre los países industrializados de Occidente, al involucrarse en 'guerras civiles' ajenas, fue la de favorecer las negociaciones por encima de victorias militares.

Los ataques terroristas del 11 de septiembre han provocado reconsideraciones. Paradójicamente en algunos casos, como en Irlanda del Norte, el endurecimiento de la atmósfera internacional sirvió para reanimar las negociaciones. En otros, como en el colombiano, los grupos guerrilleros han dado pocas muestras de haber apreciado un clima mundial que, si bien no ha cerrado las puertas negociadoras, está menos dispuesta a aceptar actos de terrorismo.

¿Cuál será el panorama de tantas matanzas entre hermanos en los próximos 20 años? Imposible predecir. ¿Se nos vendrá encima esa desintegración extrema que nos anuncia Kaplan? No lo creo. Sería ingenuo pensar en un futuro sin conflictos, sobre todo en el que estén de por medio divisiones étnicas y religiosas marcadas por la historia. Pero el mapa mundial se está volviendo a dibujar.

El espectro hobbesiano de los 'barones de la guerra' ha servido para que se revalore la necesidad de contar con Estados modernos como los mejores garantes de la seguridad humana. La perseverancia de 'guerras civiles' con catástrofes humanitarias se ha convertido al mismo tiempo en el índice más claro de fracaso para los Estados donde ocurren, frente a los cuales la 'comunidad internacional' parece más decidida a intervenir con el aparente fin de 'proteger' a quienes allí sufren.

Una 'comunidad internacional' que decide asumir tamaña responsabilidad tendría, sin embargo, que hacer mayores esfuerzos para entender la naturaleza de los problemas que aspira a resolver. Cuadros de absoluta anarquía, como el de Hans Magnus Enzensberger, no ayudan, aunque pocos como él tienen la franqueza de reconocer que el espacio para la acción efectiva es "finito y relativo".

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