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Opinión

  • | 2000/07/17 00:00

    Hijos de la democracia

    El fenómeno dinástico se presenta hasta en los Estados Unidos, donde el próximo presidente va a ser George Bush hijo.

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Muere Hafez el Asad, el presidente vitalicio de Siria que desde hacía 30 años ganaba las elecciones con el 99,97 por ciento de los votos de su amante pueblo. Y a las volandas el Parlamento sirio aprueba una reforma constitucional que rebaja la edad reglamentaria de postulación a la presidencia de los 40 años a los 34, con lo cual puede ser elegido presidente el hijo del difunto presidente, Bashar el Asad, que tiene —como tal vez los lectores hayan adivinado— 34 años y unos meses.

En la historia política, desde Licurgo en Atenas hasta los revolucionarios norteamericanos de 1776 y sus imitadores, las constituciones fueron siempre una conquista de la sociedad sobre el poder desnudo y arbitrario. Se hacían para abrir; y el poder las aceptaba a regañadientes, y las abolía en cuanto tenía la menor ocasión de hacerlo. Las reformas constitucionales, en cambio, se han hecho siempre desde el poder, y para cerrar. No para permitir, digamos, que puedan llegar a ser presidentes de un país todos los jóvenes de 34 años; sino para impedir que puedan ser presidentes los que no sean hijos de presidentes. (O presidentes ellos mismos: ese es el sentido, por ejemplo, de las reformas constitucionales promovidas por Chávez en Venezuela y por Fujimori en el Perú).

Lo novedoso —o, más bien, lo renovado— es que últimamente las reformas constitucionales no se hacen solamente para garantizar la perpetuación de un hombre en el poder, como las de los dictadores a la antigua usanza: de Porfirio Díaz en México a Nicolae Ceaucescu en Rumania, de Mobutu en el Congo a Marcos en las Filipinas. Sino para establecer dinastías hereditarias. Para volver a los usos de antes de las revoluciones norteamericana y francesa del siglo XVIII, o de la ateniense del siglo VI antes de Cristo. Con excepciones pintorescas —los Somoza de Nicaragua, los Duvalier de Haití— las dictaduras personales no se volvían dinásticas en la edad moderna: ni Napoleón consiguió hacerlo. Y ahora sí. Y en los países más distantes entre sí, y en los regímenes teóricamente más diversos. En la inmensa democracia india, donde está a punto de llegar al poder la bisnieta del fundador de la república, Jawarhal Nehru, heredera de su padre Rajiv y de su abuela Indira. Y en la pequeña satrapía comunista de Corea del Norte, donde el sucesor del Gran Líder Kim il Sung es el Querido Líder Kim Jong Il. Y en Cuba: gracias a una reforma constitucional aprobada hace unos pocos años, el sucesor designado de Fidel Castro es su hermano Raúl (aunque ya veremos: también el sucesor designado de Hafez el Asad era su hermano Rifat, y a última hora saltó este muchacho). El fenómeno dinástico se presenta hasta en los Estados Unidos, donde el próximo presidente va a ser George Bush, hijo del ex presidente George Bush. Lo que no consiguieron los brillantes Adams hace 200 años, ni los glamurosos Kennedy hace 40, están a punto de lograrlo los grises Bush: convertir el poder supremo en hereditario en la república democrática más vieja del mundo.

Hace medio siglo vaticinaba el derrocado rey Faruk de Egipto, ante los paños verdes del casino de Montecarlo, que cuando finalizara el milenio quedarían sólo cinco reyes en el mundo: el de Inglaterra, y los cuatro de la baraja. Se equivocaba.

Que la restauración o instauración de regímenes monárquicos esté ocurriendo a la vez en tantos sitios con historias políticas tan heterogéneas obedece sin duda a razones locales en cada uno; pero tiene también una causa común. Y es que —ahora por la modernidad, como entonces por el atraso— la política ha vuelto a ser sólo teatro, como lo era en el ‘antiguo régimen’ de antes de las revoluciones norteamericana y francesa. Revoluciones que se hicieron para que los ciudadanos —no ya súbditos— fueran participantes en la vida política, y no solamente espectadores. No es que haya desaparecido, claro está, la manera tradicional y eterna de hacer política, hecha de intrigas y de puñaladas. Lo que ha desaparecido es ese modo de la política pública, por así llamarla, que fue la democracia: por lo visto, una simple aberración pasajera. La política ya no es “del pueblo y para el pueblo”, como decía Abraham Lincoln (que a lo mejor además lo creía). Al pueblo (a los ciudadanos, que nuevamente son simples súbditos) sólo le queda el espectáculo. O sea, el circo (y, con suerte, algo de pan). El circo, que es la política misma.

(Todo esto fue descrito ya por Maquiavelo, claro está. Y tampoco era novedad en su tiempo: lo describió con ejemplos sacados de la historia antigua).

Pero a eso se lo llama, en todas partes, democracia: sin duda la palabra más usada en la jerga política de hoy. “Democracia”, y hasta pleonásticamente “democracia popular”, llaman sus dirigentes a todos los sistemas que imperan actualmente en el mundo. Es lo que hay. Y no se ve ninguna nueva revolución francesa en perspectiva.
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