Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1999/03/01 00:00

HIPOCRITAS

HIPOCRITAS

Además de estar rodeados de mujeres 90-60-90, el ex presidente López y el pornógrafo
norteamericano Larry Flynt tienen otra cosa en común: cuando les da por hablar en público ponen a pensar a
su respectivo país. En Colombia, al menos, eso dice El Tiempo. En Estados Unidos nadie lo dice porque todo
el mundo lo sabe.Los comentarios crípticos de López generalmente alborotan el avispero político colombiano
y más de un congresista se sienta a descifrar lo que quiso decir. Las palabras de Flynt, en cambio, van al
grano y tocan un tema que todavía hace sonrojar a la sociedad norteamericana: la hipocresía. La última vez
que habló Flynt puso a temblar a Washington. Dijo que quería acabar con la doble moral en el 'Monicagate' y
publicó un aviso de una página en el Washington Post ofreciendo hasta un millón de dólares a quien pudiera
probar relaciones adúlteras con los republicanos que hoy acusan al díscolo Clinton. De las miles de llamadas
que recibe diariamente su emporio porno entró una que ya tumbó, por cuenta de una ex amante, al influyente
representante republicano Bob Livingston. Y eso fue solo el abrebocas. Según lo anunció el propio Flynt, de
las 250 investigaciones que adelanta una firma privada de ex agentes del FBI contratada por él, hay 12
bastante maduras que si se materializan "van a revolver al Partido Republicano". No es difícil deducir que
desde que Flynt publicó su jugosa recompensa, la derecha norteamericana ha entrado en un estado de
paranoia colectiva. Muy similar, por cierto, a la que sintieron los políticos colombianos cuando Santiago
Medina se destapó en la Fiscalía. Porque resulta que a Estados Unidos le pasa frente al sexo lo mismo
que a Colombia le ocurre con el narcotráfico: son víctimas de la doble moral. Y Flynt, al igual que Medina,
prendió el ventilador. Ha sido entonces a través de recibos de tarjetas de crédito, grabaciones telefónicas y
declaraciones juramentadas que Flynt se ha dedicado a hurgar el pasado personal de los políticos
conservadores. Y los primeros hallazgos dejan entrever que el Capitolio tiene una interesante doble faz. Al
representante Livingston, partidario de condenar a Clinton, le sacó una relación extramatrimonial de
varios años. Al senador Bob Barr, enemigo declarado del aborto en el Congreso, lo sorprendió con un
documento en el que su ex esposa declara que el senador le pagó el aborto de uno de sus hijos (!Ups!). Y
parece que lo que viene es un video.Pero si a los políticos los tiene comiéndose las uñas, a los periodistas los
ha puesto en ridículo. A pesar de que el nuevo hobby de Flynt es éticamente condenable por todos los
manuales de la prensa seria, los medios más prestigiosos de Estados Unidos no han tenido recato alguno
en publicar sus morbosos descubrimientos. Como tampoco tuvieron inconveniente en divulgar con lujo de
detalles las aventuras libidinosas de Clinton con sus tabacos y demás juguetes falomórficos. Desde que se
inició el 'Monicagate' las páginas de The Washington Post, The Miami Herald y Newsweek no distan mucho de
los editoriales eróticos de la revista Play Boy. ¿Cuál es entonces la moral de la prensa?, se pregunta Flynt.
Más allá de su exótica personalidad, lo que ha puesto Flynt en el banquillo es, ni más ni menos, que los valores
de la sociedad norteamericana. Unos valores que se debaten entre el pecado y el perdón, la verdad y la
mentira, el bien y el mal. Y donde resulta muy difícil entender que la 'gran sociedad' de fin de siglo se
avergüence públicamente del sexo cuando su soterrado hedonismo hace de la pornografía una de las
industrias más prósperas de su economía. Que le tenga pánico al cáncer y condene a sus fumadores al
ostracismo pero no prohíba la venta de armas que terminan matando a sus hijos en las cafeterías
escolares. Que predique y promueva los derechos humanos mientras legitima la silla eléctrica y la inyección
letal. Una sociedad, en fin, que mata para defender la vida, como lo atestiguan los atentados terroristas contra
las clínicas de abortos. Y, dentro de ese país de contrastes, se llegó a la última y más irónica
contradicción: un inmoral poniendo a temblar la moralidad norteamericana; un pintoresco pornógrafo ha
movido el piso de la férrea moral calvinista y ha puesto a Estados Unidos a mirarse en el espejo de su propia
hipocresía. Porque, como lo escribió el periodista Frank Rich: "En la tierra de los hipócritas piadosos, el
honesto pornógrafo es rey".

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