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Opinión

  • | 2014/07/26 00:00

    Histeria y periodismo

    El peor pecado del periodismo es la vanidad. La arrogancia. Y su único antídoto es la crítica.

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Hace tiempo se burlaba un amigo de cierto manual de periodismo en el que la primera norma sugerida para hacer una entrevista era dejar hablar al entrevistado. Le parecía de Perogrullo. Sin embargo, cada vez que escucho los registros sonoros de mis propios reportajes, recuerdo la bendita norma. Me descubro interrumpiendo cada rato a mis interlocutores, completando sus propias frases y, en todo caso, deleitada con mis propias palabras antes que con las suyas.

El peor pecado del periodismo es la vanidad. La arrogancia. Y su único antídoto es la crítica. La crítica pública, por supuesto, porque los periodistas tenemos la gracia de acertar en público y la desgracia de equivocarnos, también, ante todos. Elogios y rechiflas nos llegan por igual, frente a los ojos del mundo. Y así debe ser. Como ciudadana y como periodista rechazo cualquier intento encubierto o abierto de domesticar o controlar los medios y el periodismo, como lo han hecho países vecinos. Pero también creo que en Colombia hay poco debate ciudadano sobre nuestro oficio. Un oficio que cada vez tiene más incidencia en la calidad de la democracia, en la capacidad de tomar decisiones por parte de ciudadanos que poco creen en los partidos y las instituciones y que, sin embargo, siguen a los medios y periodistas como su referente de verdad.

Juan Gossaín se quejaba hace unas semanas del papel de los medios en las pasadas elecciones. Calificó de “asqueroso” el manejo informativo de la campaña electoral y habló de una manipulación política nunca antes vista. Comparto su preocupación, pero difiero de su tesis. Desde que tengo memoria, poder y medios, periodismo y poder han dormido juntos. Adopte el poder la forma de la política o de los negocios. Del periodismo como contrapoder también hemos tenido algunas dosis, pero en todo caso menos de las necesarias.

Cada vez encuentro más personas que se alejan de los medios y siempre se quejan de lo mismo: la histeria que impera. La gritería y el tono chillón. La pérdida de fronteras entre opinión e información, entre noticia y propaganda, y entre reportajes y publicidad. No ya la falta de objetividad, sino de equilibrio. No el reclamo por la neutralidad sino por la falta de transparencia para poner sobre la mesa intereses económicos o preferencias políticas.

Los periodistas hemos roto muchas veces el papel de moderadores del debate público para convertirnos en jueces. No se pregunta sino que se acusa. A veces se califica, incluso hasta se insulta al entrevistado. Igualados con los políticos, que ahora fungen de analistas y seudoperiodistas, hemos caído en la trampa de creernos poseedores de la verdad y no en lo que somos: investigadores sin tregua.

Hace un par de años Roberto Pombo, director de El Tiempo, intentó crear un espacio para reflexionar sobre la ética periodística. Una especie de grupo de notables que contribuyera a mejorar este oficio, que está lejos de ser una ciencia exacta y que siempre está expuesto al error humano. Aunque todos nos dimos golpes de pecho y admitimos que era un espacio necesario, nadie finalmente le cogió la caña. Cada quien quiere ejercer su pequeño poder a su manera, sin ser molestado por la crítica. Ni siquiera la que se hace a puerta cerrada y, como los bomberos, sin pisarse las mangueras. Es una lástima. Como siempre, quien pierde es la ciudadanía.
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