Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/10/13 00:00

Historia de un aguacate

La señora de los aguacates lleva ya un tiempo por aquí, y sabe que este no es un barrio de mucha policía, sino más bien de guardianes y celadores privados y armados de escopeta

Historia de un aguacate

Los semáforos más arriba hay ocho o diez, hombres, mujeres, niños: los unos venden rosas, los otros venden dulces y frunas, los otros venden ramos de esas florecitas de colores apretados que se llaman, creo, fresias. Entre ellos hay una muchacha tan bonita que se sorprende uno de que todavía no la hayan contratado de puta. En el semáforo intermedio no venden nada: sólo hay cinco o seis desplazados de ojo inmóvil y letrero en mayúsculas:

"SOMOS UNA FAMILIA DESPAZADA DE CORDOBA. COLABORENOS".

Pero justo en la esquina de la cuadra de mi casa en Bogotá, en donde no hay semáforo y con frecuencia se presentan caos de tránsito cuando se cruzan los escoltas de un político con los escoltas de un rico, sólo hay una señora desplazada del Urabá antioqueño. (A veces la acompaña un niño ya volantón: se sorprende uno de que no esté tragando fuego o haciendo juegos malabares en otra esquina). Esta señora, en la flor de su edad, vende aguacates en un cajón de palo. Son aguacates espléndidos: por fuera de un brillante verde esmeralda, y por dentro, cuando se abren casi por sí mismos al filo del cuchillo, de un amarillo de mantequilla madura. A tres mil pesos, o, los muy grandes, a cuatro. Los aguacates que venden en un cercano Carulla y en un cercano Cafam salen más o menos a lo mismo, pero son duros y ásperos, de esos que hay que envolver en papel periódico a ver si maduran y se pueden comer. En fin. El caso es que el otro día, saliendo de mi casa y llegando a la esquina, vi a una señora que quería comprarle un aguacate a mi vecina de Urabá. La llamó desde lejos con el dedo, abriendo unos centímetros la ventanilla de su Mercedes Benz blanco. Era, supongo, una señora de clase media, porque manejaba el carro ella misma, sin chofer, y no llevaba escoltas. Oí que preguntaba:

-¿A cómo los aguacates?

-A tres mil, o a cuatro los grandes -contestó mi vecina de Urabá-. Y la señora del Mercedes blanco le replicó tajante, con austera severidad republicana:

-O me lo deja a mil, o la denuncio al alcalde por estar invadiendo el espacio público. Y le decomisan esa mercancía ilegal y además la meten presa.

La señora de los aguacates lleva ya un tiempo por aquí, y sabe que este no es un barrio de mucha policía, sino más bien de guardianes y celadores privados y armados de escopeta, que no reciben denuncios. De manera que no se amilanó y no cedió al crudo chantaje de la otra. Así que regatearon las dos un buen momento, provocando un atasco en el cruce, y acabaron transando por dos mil un aguacate grande. Como la ventana del Mercedes era de esas blindadas que sólo se pueden abrir unos tres dedos y el aguacate escogido -el mejor del cajón- tenía un jeme de anchura, hubo que abrir la puerta del carro mientras, detrás, pitaban los del atasco. La señora del carro abrió la puerta, recibió el aguacate, cerró la puerta, pagó los dos mil pesos por la estrecha abertura de la ventana blindada, les gritó unos improperios a los carros impacientes que pitaban detrás, arrancó y se fue.

Yo no dije una palabra.

Crucé la calle a través del trancón, paré un taxi -yo también soy de los ricos, en este país de indigentes que venden aguacates o se turnan para manejar taxis-, y me fui a hacer mis vueltas de rico: pagar impuestos, pagar servicios, pagar celadores de escopeta, pagar vacunas de paramilitares. De haber sido valiente hubiera cogido un ladrillo del conjunto residencial en construcción más cercano (once pisos, violando en seis las normas básicas del Plan de Ordenación Territorial, o como se llame eso), o hubiera levantado la tapa todavía sin robar de la alcantarilla más cercana, para desbaratarle a ladrillazos o a tapa de alcantarillazos el Mercedes blanco a la señora del Mercedes blanco.

Pero no lo hice. Somos cobardes. Por eso así nos va.

Aunque, eso sí, al parar en el semáforo siguiente le di quinientos pesos al señor del letrero de la familia desplazada de Córdoba. Y uno de estos días volveré a comprarle otro de sus magníficos aguacates -son de Tumaco, creo- a mi vecina desplazada de la esquina. Porque yo también soy como este gobierno que tenemos: mano firme, pero corazón grande. Echamos de las esquinas a los vendedores ambulantes, pero les damos perdón y olvido y premio y casa y carro y beca a los que los echaron de su tierra para volverlos vendedores ambulantes.

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