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Opinión

  • | 1985/08/12 00:00

    ¿HISTORIA QUE HACE CINE O CINE QUE HACE HISTORIA?

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En esta época de decadencia del otrora dignisimo premio "Oscar" del cine, una película premiada con uno solo de estos galardones (y no precisamente por una actuación principal sino por una de reparto), ofrece una garantía de calidad.
No, claro está, por el hecho de haber recibido un "Oscar", sino precisamente por los que no recibió. Es decir por haberse escapado de que le adjudicaran algunos más. Es el caso afortunado de "Los gritos del silencio", una película que está a punto de ser estrenada en Colombia para deleite de los amantes del buen cine. Y también para los de la historia, pues la pelicula reproduce con escalofriante realismo algunos episodios de la dictadura del "Kmer Rouge" en Camboya, cuyo genocidio pasó extrañamente inadvertido en el hemisferio occidental .
Pero, irónicamente, no es el millón de muertos que dejó este genocidio la razón principal para recordar a Pol Pot, lider de los "Kmer Rouge". Lo es más bien el empaque perversamente "intelectual" que le sirvió de combustible al movimiento. Un "recorderis" de sus principales caracteristicas incluso podría sonar extrañamente semejante a los postulados semi "pol-potianos" de algún grupo guerrillero colombiano, lo que hace aun más trascendental, por encima del hecho de ver buen cine, el anunciado estreno de "Los gritos del silencio" en el país.
Dos años antes de que los "Kmer Rouge", ejército conformado en su mayoría por campesinos analfabetas se tomaran a Pnom Penh, la revolución habia sido cuidadosamente planeada por un grupo de ideólogos de clase media que se hacia llamar "Angka Loeu" (Organización Superior). Detalles de sus planes habían sido conocidos con anticipación por un experto del Departamento de Estado norteamericano, pero nadie tomó en serio sus denuncias. Al fin y al cabo, pensaron que se trataba de un grupo de gremlins asiáticos que pretendia copiar 25 años después con un solo golpe sangriento, la revolución cultural llevada a cabo por Mao en la China 25 años antes.
El Angka Loeu estaba conformado por 20 profesionales, principalmente maestros y burócratas. Todos estudiaron en Francia en la década de los años 50, donde fueron discipulos de las tesis de la "violencia necesaria" de la izquierda radical. Los "hijos de Sartre", los llamó cierto intelectual norteamericano, asegurando que aunque preconizaban las virtudes de la vida rural, jamás habian tenido contacto real alguno con el campo.
Eran los temidos fanáticos religiosos que siembran actualmente el terror en el mundo, pero reencarnados en políticos profesionales. Representaban el sentido más cruel y descarnado de las ideas.
"Cualquier cosa del pasado era anatema y debía ser de inmediato destruida"
El 15 de abril de 1975 se tomaron a Pnom Penh. El 17, más de tres millones de personas fueron obligadas a salir de la ciudad y marchar al campo.
Todos los hospitales de la ciudad fueron desocupados. Los documentos y registros destruidos. Los libros arrojados al rio Mekong. Los carros las motos y las bicicletas aplastados o incendiados. Y aquellas casas en cuyo interior se detectaba algún movimiento eran automáticamente bombardeadas con cohetes y bazucas.
El mismo día 17 comenzaron los primeros fusilamientos. Mendigos, prostitutas, enfermos graves, funcionarios públicos, maestros y estudiantes. Se prohibio enseñar. Se prohibió aprender. Se prohibió pensar. Se prohibió el acto sexual. Se prohibieron las familias. En una frase, cualquier cosa del pasado era "anatema y debía ser destruída".
Más de un millón 200 mil comboyanos fueron "ajusticiados" bajo la acusación de ser maestros o estudiantes de haber fornicado sin autorización o de poseer algun grado prohibido de cultura. Casi una quinta parte de la población. Los que lograron sobrevivir tuvieron que renunciar a todos los conocimientos acumulados por sus antepasados durante generaciones.
Cuando, después de soportar cuatro años y medio de este lavado cerebral, el periodista camboyano Dith Pran logró cruzar la frontera con Tailandia, tuvo que pedirle a su amigo norteamericano, Sydney Schanberg, que lo acompañara al baño, porque había olvidado cómo usar el inodoro.
En el campo de trabajo forzoso en el que transcurrieron los últimos años de su vida le habían borrado la memoria. Allí tuvo que esconder que tenia educación, que hablaba dos idiomas y que sabia pensar. Vivió protegido bajo la identidad de un humilde taxista, obligado a reverenciar a los niños del "Kmer Rouge"--de no más de doce años--que supervisaban los trabajos forzosos de la colonia. "Eran peores que los mayores", recuerda Pran. "Por lo menos los adultos tenían pasado, y de pronto se apiadaban de nosotros. Para estos niños, sin memoria, sin familia, sin Dios asesinar era la única meta de sus vidas".
La película que les estoy recomendando a los lectores de esta columna reconstruye la historia veridica de Pran y de Schamberg. Ambos trabajan en la actualidad en el New York Times, el primero como fotógrafo, el segundo como columnista. Por sus trabajos periodísticos sobre la revolucion camboyana recibieron el premio Pulitzer. Y si aceptaron que la historia de su país sirviera para filmar una pelicula a partir de su propia historia fue por su firme propósito en evitar que la humanidad logre lo que, según ellos, esta empeñada en hacer: olvidar la tragedia que sucedió en Camboya.
Para olvidar, sin embargo, es necesario haber conocido, y por lo que a la mayoria de colombianos respecta, jamás ha oido hablar de Pol-Pot y a duras penas ha oldo mencionar a Camboya. A través de los "Los gritos del sllencio" muchos tendrán su primer encuentro con los horrores que el "Kmer Rouge" protagonizó. Y aquí viene la parte más bonita del cine: uno puede haber olvidado diez de los momentos estelares de la historia, pero guarda como tesoro en su memoria las diez mejores películas que ha visto en su vida. --
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