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Opinión

  • | 1998/07/27 00:00

    HOMENAJE POSTUMO

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Alvaro Gómez y Antonio Navarro, secuestrado y secuestrador, se pusieron de acuerdo en la Constituyente del 91 para inventarse una fórmula política inexistente por esa época en Colombia: la de la doble vuelta electoral.Siete años más tarde los hechos han reivindicado el éxito de la fórmula, que durante la Constituyente muchos no vieron tan claro. La doble vuelta electoral finalmente demostró la utilidad que hasta ahora sólo tenía en la mente de sus creadores. Una de las principales era la de parar la inevitabilidad de las victorias liberales en Colombia, que amenazaban con instituir en el país, con base en la mayoría del liberalismo, una especie de 'pri', una opción política sin competencia, con los vicios propios de quienes tienen asegurada automáticamente la victoria: corrupción rampante, clientelismo desbocado y la perpetuación del poder en las mismas manos, ya que no existiría posibilidad de que resultara derrotado el candidato presidencial del régimen, con lo cual cada presidente liberal terminaría, en la práctica, designando a su sucesor. Y eso fue lo que estuvo a punto de ocurrir si en Colombia no hubiera existido la fórmula salvadora de la segunda vuelta electoral. A pesar de toda la corrupción y del clientelismo practicados por este gobierno, Ernesto Samper señaló a su sucesor y estuvo a punto de hacerlo elegir. Visto de otra manera, si la fórmula de Gómez y de Navarro no hubiera existido, los resultados electorales en el país habrían sido los de la primera vuelta. O sea, el presidente sería Horacio Serpa, con 3.647.000 votos, es decir, con apenas el 34,64 por ciento de la votación, marcando su victoria con escasos 33.000 votos frente a su más cercano contendor, Andrés Pastrana, quien habría salido derrotado a pesar de registrar el 34,32 por ciento de la votación, un porcentaje casi idéntico al de la victoria del candidato ganador. En un país con los graves problemas que deja Samper, un presidente con un triunfo tan precario habría paralizado la Nación, disparado el dólar y multiplicado aún más las tasas de interés. Y como si eso fuera poco, habría carecido de la fortaleza necesaria para obtener el respaldo que requiere la aplicación de las urgentes medidas económicas que exige el tamaño del déficit fiscal, y del voto de confianza que requiere un presidente que se haya declarado dispuesto a sentarse en la misma mesa a hablar de paz con 'Tirofijo'.A cambio de eso, examinemos ahora el escenario que deja la segunda vuelta electoral: un presidente elegido con el 50,39 por ciento de los votos, con una ventaja nítida e indiscutible de 465.788 votos sobre su más inmediato contendor, y por consiguiente con una victoria lo suficientemente legítima como para aplicar medidas de choque a la situación económica, para negociar la paz, y para generar un inmediato ambiente de optimismo en los indicadores diarios de la economía. No es por nada, pero ¿no es mejor el segundo escenario que el primero? Con una ventaja adicional. El mecanismo de la doble vuelta abrió por fin en Colombia un espacio para una nueva dirigente, Noemí Sanín, que antes de la Constituyente del 91 jamás habría podido soñar con salir con un claro futuro político de una situación de derrota electoral. Se cumplió, pues, además, el objetivo de Gómez y de Navarro de que fuerzas minoritarias pudieran hacerle competencia en un momento dado a las mayorías del liberalismo, en esta oportunidad bajo el fenómeno de una particular como Noemí Sanín, sin un solo parlamentario, que prácticamente empató con el candidato oficial del partido.Se desvaneció, entonces, el peligro de la instauración de un 'pri' colombiano, y por primera vez en 68 años de historia, el Partido Liberal salió derrotado con un solo candidato, cuando tradicionalmente sólo había perdido las elecciones en las oportunidades en que se presentó ante las urnas con más de uno.Esto deberían poderlo mirar con buenos ojos los propios liberales: aplicándole a la política los principios del sector privado, es la competencia, y nada mejor que la competencia, que en esta oportunidad encarna el Partido Conservador pero mañana cualquiera otra fuerza política, la que garantiza que el liberalismo se depure, se modernice, renueve sus bases, sacuda sus estructuras y pueda convertirse nuevamente, dentro de cuatro años, en una opción de poder presidencial, no basado solamente en sus mayorías, sino principalmente en sus merecimientos.Por eso deseo hacerle una reivindicación póstuma a Alvaro Gómez. Porque de no haber sido por su visión futurista de la política, otro sería el gallo que estaría cantando en Colombia.
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