Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2008/05/24 00:00

Homenaje al reportero

El reportero le recordó al secuestrador lo que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos esperaban que actuara como un buen ser humano

Homenaje al reportero

Esta semana Edwin González salvó nueve vidas. Edwin no es médico, bombero, ni socorrista. Es un periodista joven y apasionado por su oficio. También es el menor de tres hermanos y el feliz esposo de una colega suya, que ese día alcanzó a pensar en la terrible posibilidad de quedar viuda.

El miércoles pasado, Edwin venía de cubrir una historia en la zona de Bosa cuando lo llamó una fuente de información. Una sencilla pero valiosa fuente, que le avisó que algo anormal sucedía en el centro de Bogotá. En la calle 17 con carrera séptima, en la sucursal de un fondo de pensiones, un hombre amenazaba con detonar una granada y matar a 20 personas que a esa hora estaban en las oficinas de la entidad.

Edwin llegó tan rápido como pudo y se enteró, por boca del comandante de la Policía de Bogotá, que el secuestrador pedía -entre otras cosas- la presencia de una cámara de televisión. A esa hora, la única cámara en el sitio era la suya. Tres minutos después estaba adentro, en medio de un grupo de rehenes asustados y frente a un secuestrador peligrosamente nervioso.

El hombre tenía agarrada la granada en la mano derecha, con el índice de la izquierda metido en el seguro de la espoleta. Edwin, por su entrenamiento de reportero, tenía claro que si el secuestrador tiraba de la argolla y soltaba la granada, el estopín se activaría y la explosión vendría cinco o seis segundos después. La diferencia entre la vida y la muerte. "El que ha cubierto orden público sabe lo que puede hacer una granada", asegura Edwin, al recordar su encuentro con el sargento retirado Edgar Paz Morales, autor del acto terrorista.

Paz Morales se balanceaba nerviosamente mientras el periodista se le acercaba. El ex militar estaba alterado porque dos mujeres expresaban a gritos el pánico que sentían. Edwin, peinado con fijador y con el nudo de la corbata en su sitio, rezaba en silencio mientras pensaba qué preguntar. "Dios mío, dame las palabras exactas", repetía para sus adentros, según me lo contó dos días después del susto.

Un susto que jamás se le notó al aire. Con una inteligencia que debe servir de ejemplo para los que trabajamos en esto, Edwin manejó la situación y logró que Paz Morales liberara inicialmente a los dos mujeres más nerviosas, y luego a siete personas más.

El reportero le recordó al secuestrador todo aquello que lo unía a la vida. Le habló de su familia y le dijo que ellos podían estar viéndolo y que esperaban que él actuara como un buen ser humano.

Era una entrevista -desde luego-, pero también un certero rescate de los sentimientos dormidos en el alma de un hombre dispuesto a matar y a morir.

Minutos después, el secuestrador permitió el ingreso de otros medios de comunicación para difundir un comunicado, cuyo alcance debe ser investigado por las autoridades y por los propios periodistas.

Al concluir la lectura, un grupo de policías se abalanzó sobre el secuestrador, que fue controlado de manera rápida y precisa, en una operación de la que nadie salió herido.

Había pasado una hora larga. Tal vez la más larga en la vida de Edwin González, a quien casi nadie le ha reconocido sus méritos.

Cuando terminó de transmitir llamó a tranquilizar a Gloria, su esposa, y a Esther, su mamá, que estaba sumida en un mar de angustia y lágrimas.

Al otro día, el debate sobre la transmisión de Citytv ocupaba páginas enteras de los periódicos, era el tema de los programas de radio y de los noticieros de televisión. Mucha gente opinaba no de lo que realmente pasó, sino de lo que otros decían que había pasado. En Colombia siempre han sobrado expertos en hacer alineaciones después del partido.

Edwin González no pudo seguir con todo el cuidado la inteligente controversia. Estaba ocupado buscando la noticia del jueves.

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