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Opinión

  • | 2014/08/03 00:00

    ¿Hora del cese al fuego?

    Aunque negociar bajo fuego era necesario, hoy la continuidad de las hostilidades le hace más daño que bien al proceso.

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Hace dos años el Gobierno decidió negociar con las FARC, bajo fuego. En su momento fue una decisión correcta. Un cese al principio de los diálogos hubiese implicado una discusión temprana sobre concentración de tropas, verificación y todos los asuntos que en el pasado fueron talanqueras para avanzar en la agenda sustantiva para ponerle fin al conflicto. 

Esa decisión, a veces incomprendida por la opinión pública, ha tenido costos tanto para el Gobierno como para la guerrilla.  El precio ha sido el escepticismo de muchos sectores. Y también el esfuerzo desmesurado de quienes están en la mesa de La Habana para tragarse los sapos de acciones terroristas, bombardeos y otros actos violentos que afectan a uno u otro bando.

Hay que recordar que el punto de partida de esta negociación se dio cuando las FARC anunciaron que abandonarían el secuestro. Sacar a los civiles del conflicto es un imperativo ético, aunque las hostilidades entre combatientes continúen. Es así como los actos de guerra, por brutales y dolorosos que sean, se han soportado a lo largo de este tiempo. Pero los ataques a civiles son inaceptables y rompen un principio tácito de la negociación. 

Cada tanto la guerrilla ha tenido que salir a decir que se equivocó con actos indiscriminados como con el carro-bomba de Pradera, Valle.  Se sabe, por informes periodísticos y académicos, que sus acciones sicariales no han parado.  Asesinatos selectivos son pan diario en sus zonas de control. Ahora andan en campaña con una ola de sabotajes a la infraestructura energética y petrolera que tiene nefastas consecuencias para la población. Debo decir que también el Estado sigue afectando a los civiles, en su desenfrenado afán de acorralar a las guerrillas y cobrarse unas cuantas victorias militares antes del armisticio.

Estas cosas ocurren justo cuando la mesa de La Habana se apresta a recibir a las víctimas para mirar, a través de sus ojos, un pasado vergonzoso que se niega a terminar. Una victimización que sigue vigente.  Y allí es donde la discusión de la reparación, de la verdad y la justicia pierde sentido. 

Para hablar con las víctimas lo primero que habría que hacer es dejar de producirlas ya mismo. 
Aunque negociar bajo fuego era necesario, hoy la continuidad de las hostilidades le hace más daño que bien al proceso. Hoy, cuando se ha avanzado en la agenda como nunca antes, sobran los desafíos bravucones entre Santos y Timochenko y urge pensar en fórmulas de confianza hacia la sociedad, pero también de reconstrucción de la ética y el honor entre los guerreros.

Se equivoca la guerrilla si cree que con sus acciones demuestra fuerza. Por el contrario, episodios como el de dos pistoleros que atacan a un policía con su familia en Arauca y matan a Isa, su pequeña hija de tres años, revelan el profundo infantilismo en una insurgencia que se precia de su longevidad. Uno no se levanta en armas durante medio siglo para terminar lanzando granadas contra niños. 
Parar el fuego, de ambas partes, ayudaría a acelerar el proceso hoy, cuando una subcomisión de la Mesa de Conversaciones ya discute sobre la dejación de armas. Terminar la negociación bajo tregua.  
Abordar el tema de las víctimas requiere que se construya un clima de reconciliación. Hablar con las víctimas de ayer en La Habana, mientras se siguen produciendo otras en Colombia, es una paradoja insostenible.
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