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Opinión

  • | 2012/03/16 00:00

    ¿Hora de legalizar?

    ¿Es pensable legalizar “todas las drogas”? Si solo es la marihuana, la violencia de los carteles seguirá igual. Pero hay otros temas…

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En unas semanas, y a iniciativa del presidente Santos, los países de América comenzarán a dar un “debate abierto” sobre la política antidrogas. De fondo, lo que muchos plantean se resume fácilmente: “La guerra contra las drogas no está funcionando. Legalícenlas todas”.
El movimiento es cada vez mayor, y tal vez su principal argumento es que mantener la criminalización de producción y consumo sólo ha servido para elevar los precios, generando organizaciones criminales cada vez más poderosas –primero los carteles colombianos, ahora los mexicanos, que tienen en jaque a un país tres veces más grande que el nuestro. Muchos otros incluso creen que al legalizar y regular el mercado las drogas dejarán de ser la “manzana prohibida” y el consumo bajará.

En el que es visto como el principal defensor de la prohibición (Estados Unidos) el poder de los carteles mexicanos se siente ya en algunos puntos de la frontera sur, donde los rancheros se organizan para defenderse, y muchos terminan huyendo por miedo a encontrar la muerte en el fuego cruzado de alguna vendetta.

Pero, en términos de política, ¿es realmente posible legalizar “las drogas”? ¿Cuáles serían las implicaciones? Lo más importante que se ha dicho en el debate sobre la legalización es que hay que revisar todas las opciones basados en la evidencia (evidence-based policy en términos de políticas públicas). Es obvio que la guerra contra las drogas no va bien. Pero no es automático que legalizarlas sea mejor.

Para hablar de la evidencia toca remontarnos no a 1970, cuando Richard Nixon declaró la “guerra contra las drogas” que tenemos todos en la cabeza, sino a 1729, cuando el emperador chino Yongzheng prohibió los lugares públicos donde se fumaba opio ante la sensación de que el consumo de este, que había comenzado dos siglos antes, estaba creciendo demasiado (1729 es 54 años antes de que siquiera naciera Simón Bolívar). La prohibición china se reforzó y se implementó disparejamente hasta 1858, cuando, tras dos “guerra del opio” Gran Bretaña obligó a China a legalizar el consumo de este y cobrar impuestos sobre él (el interés británico estaba en la exportación de opio a China desde su colonia, India).

Normalmente se acepta que el consumo de opio continuó creciendo en China durante los más de 120 años de prohibición hasta 1858. Pero también se acepta que la aplicación de su prohibición no fue muy estricta por el que en ese tiempo era un Estado débil. Sin embargo, hay otro dato a tener en cuenta: después de la legalización el consumo parece haber seguido creciendo, hasta que, según algunas fuentes, para 1905 uno de cada cuatro hombres adultos en China era consumidor regular (el control de los lugares de fumar opio en San Francisco iba directamente dirigido a la colonia china). Según las cifras de la Conferencia Internacional sobre el Opio en 1909 (año en que nació mi abuelo), China era en ese momento el mayor productor de opio del mundo -85% del total- pero también el mayor importador, lo que nos dice algo sobre sus niveles de consumo. Así, el primer tratado internacional para reducir el tráfico de drogas se firmó en La Haya en 1912, 60 años antes de que Nixon declarara la “guerra contra las drogas”.
Así que la evidencia muestra que, al menos en el caso del opio y de China, el consumo creció después de la legalización. Pero claro, un análisis juicioso de políticas tendría que revisar muy bien los puntos comunes y diferentes entre los casos para los que se busca la analogía. Habría que estudiar bien los casos de Holanda (donde los “cafés de marihuana” no tienen una crítica homogénea) y otros más.

En todo caso, ya no hablamos del opio, sino de la heroína (producida a partir de él), y de la cocaína (producida a partir de la coca), y de marihuana, y cada vez de más drogas sintéticas. ¿Sería posible legalizarlas todas a la vez? La forma en que tienden a comportarse los líderes políticos electos, que es realizar cambios “incrementales” nos lleva a pensar que ese no sería el caso. Lo más probable es que sacarían la marihuana de la “lista negra” para concentrarse en la cocaína y las drogas más “duras” en general. Pero, ¿contribuiría esto a debilitar los carteles, que son el foco de la atención? Dejarían los Zetas, y las FARC, y los Urabeños, y los talibanes de hacer grandes fortunas? No. Porque el dinero hace mucho que no está en la marihuana. Está en esas drogas más “duras” que seguirían siendo ilegales.

Otra opción podría ser legalizar la venta y consumo de coca, opio y marihuana “naturales” de cuyo consumo hay largas tradiciones. Pero estaría por ver qué efecto tendría esto en el mercado de alucinógenos mucho más potentes que se consiguen con los tratamientos químicos sobre estas plantas.

Para cualquiera de los dos casos principales (legalizar todas las drogas o sólo la marihuana) habría que pensar en una serie de variables. Examinemos sólo dos.

1. Capacidad de los Estados: ¿Tiene Alemania la capacidad para controlar la distribución legalizada de marihuana y cocaína? Probablemente, pero seguramente no del todo, existirá un mercado clandestino.

¿Tiene Colombia la capacidad para controlar la venta regulada de marihuana y cocaína? Si ponemos un límite de dosis y un límite mínimo de edad para el consumo, ¿tenemos la posibilidad de aplicarlo? ¿O habrá más marihuana y coca “legal” abasteciendo las redes que venden en los colegios y en ciertas esquinas de las ciudades, claro, a mayores precios? Admitiendo que el alcohol es otra droga, ¿qué nos dice nuestra experiencia controlando la venta de alcohol a menores sobre lo que podríamos lograr controlando la venta de marihuana o cocaína? ¿Podría ser que el síndrome de la “manzana prohibida” permanezca, pero con la manzana más cerca?

2. Características de las poblaciones: Ya que el alcohol es otra droga, tomémoslo como referencia: ¿Son iguales los índices de alcoholismo en todos los países del mundo, o hay algunos con mayores problemas? Sin encontrar cifras de la OMS sobre el tema, el conocimiento intuitivo nos dice que hay más problemas en unos lugares que en otros. Si tomamos nuestro caso, tal vez la mayor oposición a la legalización está en sectores tradicionales, poco educados, que también son grandes consumidores de alcohol. Pero una vez desaparezca el “tabú”, ¿qué pasará? Por cierto, las series de datos sobre niveles de consumo de alcohol en Estados Unidos antes durante y después de la prohibición, hasta hoy, pueden darnos pistas.

Ahora, el presidente Santos ha hablado de la necesidad de un consenso mundial, y eso va mucho más allá de América (con todo y Estados Unidos) e incluso de Europa. Todos los decimos: en unos años la mayor potencia del mundo será China. Y aunque puede cambiar de régimen, el gobierno actual de China no ha mostrado ningún interés en legalizar. Eso para no hablar de los países árabes o africanos. Un voto sobre este tema en la ONU, hoy y en el futuro previsible, sería ganado por el NO.

Pero claro: no legalizar no significa seguir haciendo lo mismo: la “guerra contra las drogas” de los últimos 40 años, por lo menos en esta sección del mundo, sí ha sido más una “guerra contra los narcos” que contra las drogas. Los presupuestos de los programas de prevención son una fracción de lo que se gasta en armas, hombres y operaciones de inteligencia para desmantelar bandas, con el resultado de que la demanda sigue ahí.

Hace unos meses, escribiendo sobre Corea del Norte, el excanciller español Javier Solana recordaba que, a diferencia de los norteamericanos, que tratan de descomponer los problemas en sus partes y hallar algo que puedan “resolver”, los chinos son más proclives a considerar que algunos problemas simplemente no tienen solución.

En el caso de la “guerra contra las drogas” es cierto que el problema no se ha resuelto, y se han creado otros a su lado. Pero también es probable que cualquier solución sea más o menos mala. Hay que evaluar la evidencia, hay que buscar opciones, pero es posible que así sea, y haya que escoger simplemente la solución menos mala.

Tal vez la salida al problema de las drogas no esté en el ámbito de la política antidrogas, sino en tratar de resolver la preguntas: ¿por qué nos drogamos?, y ¿por qué nos drogamos cada vez más, como parece ser el caso?

*Consultor-investigador sobre políticas públicas


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