Martes, 2 de septiembre de 2014

HOROSCOPOLAMINA

| 1990/07/02 00:00

HOROSCOPOLAMINA

por JUAN GOSSAIN

"Avenamar,Avenamar,moro de la morería, el día que tú nasciste grandes señores había..."(Anónimo del romancero español).
La escopolamina, conocida popularmente con el nombre engañoso y musical de burundanga es una tenebrosa sustancia tóxica que se ha puesto de moda entre maleantes y truhanes en las grandes ciudades colombianas. Mimetizada en la picadura de un cigarrillo,en un caramelo de apariencia inofensiva y hasta en el aroma de un perfume femenino, la escopolamina adormece a la gente y después- cuando la víctima vuelve en sí no se acuerda de nada. Como ciertos candidatos y dirigentes políticos.
Confieso, con un toque de rubor, que mi escopolamina favorita, mi adormidera, mi nárcotico momentáneo y fugaz son los horóscopos. Los busco en diarios y revistas, Los leo con fruición. Con ellos me pasa lo mismo que con ciertas mujeres: uno no les cree, pero lo encantan y lo divierten.
Fue tan arraigada mi afición a la lectura de los signos zodiacales que, en cierta época,me puse a coleccionarlos. Al principio me sentí frustrado porque, tonto que es uno, cometí la majadería de guardarlos para hacer comparaciones con la realidad. Me dolió mucho que nunca se cumplieran sus vaticinios. Después, con los años de la madurez, uno comprende que la gracia de los horóscopos no está en sus aciertos o desatinos sino en que tienen algo de poético, en que le dan un poco de aliento a la vida y ayudan a guardar la esperanza de tiempos mejores. El aficionado a los horóscopos, como los magos genuinos, vive de ilusiones.
La astrología no es una ciencia. Es un arte. Una especie de prestidigitación. Se trata es de adivinar el futuro de una persona, su destino, sus azares y venturas de acuerdo con la posición que los astros tienen en el espacio el día del nacimiento. Hace pocas semanas, en Roma, se reunió un congreso mundial de astrónomos y sus concurrentes llegaron a una conclusión que ya todos sabíamos: que el zodíaco no es cosa de científicos sino de charlatanes. Como la magia. Pero tiene su encanto.
Parece que la astrología tuvo su cuna en Babilonia, en medio de jardines colgantes y músicos que tocaban laúdes al lado del agua. Después se extendió a las tierras caldeas, donde adquirió su mayor importancia. Eliuth, rey de Ur, se hacía leer el horóscopo antes de salir a cada batalla o a una expidición. Alguien lo estaba engañando porque, de acuerdo con las enseñanzas de la historia, el pobre rey perdía todos sus combates. Era de Géminis.
Los astrólogos verdaderos sabemos que, para poder elaborar un horóscopo adecuado, se necesita dividir el firmamento en varias "mansiones". Cada mansión tiene un astro propio, inmutable y eterno, que se llama "señor de su mansión". La vida de un hombre depende de la forma como se cruzan los astros en el momento de su llegada a este mundo. Una conjunción de Júpiter y Saturno puede ser fatal si la Luna está menguando. En ese caso no se pueden podar los árboles ni arreglar las matas. El mundo se desvirola.
Otra relación que no puede olvidarse, cuando se habla de astrología, es la que existe entre el Sol y los malos humores de la atmósfera. Si la atmósfera está embuchada y brumosa,y el Sol calienta a pesar de ese aire de invierno, el niño recién nacido será emprendedor y brillante, tendrá ingenio para las artes y buen oído para la música. No se extrañen ustedes: son cosas que aprendí con mi comadre Aura Montes, que era pitonisa en San Bernardo del Viento, y se ganaba la vida haciendo horóscopos, hasta que extravió el rumbo, se volvió ambiciosa, le vendió su alma al diablo, se hizo bruja y convertía en patos a los maridos infieles y a las mujeres casquivanas.
La verdad, si nos vamos a poner a hablar en serio, es que mi horoscopolamina me divierte, pero no le doy mucha importancia. El que aparece en el periódico de hoy dice:" No pagues platos que tú nos has roto". Es una frase demasiado vulgar, con un acento,de vajilla japonesa, y no tiene mucho de poética. Además, es muy vago: vaya uno a saber a qué platos se refiere y quién diablos los habrá roto.
Pero aunque no lo tomo en serio, lo primero que hago cada mañana, al abrir el diario, es buscar el horóscopo del día. Por lo general es optimista, alegre, le pone un poco de sabor a la jornada y mantiene la fe en alto. En la noche, si uno cae en la tentación de hacer un balance, descubrirá que las cosas no eran tan felices como decía la astrología. Pero mañana será otro día y lo importante, ¡que caramba!, es mantener viva la esperanza...

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