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Opinión

  • | 2014/01/24 00:00

    El lucrativo negocio de la fe

    No debería extrañar que una congregación que ha creado un movimiento político-religioso tan rentable como una transnacional de bebidas gaseosas, discrimine.

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En una respuesta al Vaticano por la satanización de su novela ‘El evangelio según Jesucristo’, José Saramago aseguró que su problema no era con Dios sino con los administradores de la fe. Seguramente el portugués hacía referencia a esa historia oscura, teñida de sangre y sufrimiento mediante la cual la Iglesia Católica impuso sus dogmas, ejecutó sin piedad a los practicantes de otras manifestaciones religiosas consideradas heréticas y fundó el Santo Oficio de la Inquisición, una institución que tenía como objetivo la conversión de judíos y árabes al cristianismo y la persecución sin cuartel de las ovejas descarriadas.

En ese propósito maquiavélico, salido de las profundidades de la mentalidad cuadriculada medieval, no sólo llevó a la hoguera a cientos de hombres y mujeres, sino que también despojó a muchos otros de sus riquezas, condenándolos de por vida a la miseria y obligándolos a abandonar sus tierras. Este ejercicio dinámico de despojo y apropiación convirtió a la Iglesia Católica, a lo largo de 400 años, en la institución más rentable y poderosa del planeta, superando incluso a imperios expansionistas como Inglaterra y Francia, máximos referentes del desarrollo europeo durante los siglos XVII y XVIII. Lo anterior, hizo de esta institución uno de los Estados más poderosos de la historia humana, pero también el más criminal de todos [léase a Mijail Zaborov].

Por eso no debería extrañar a nadie que una congregación que se ha extendido el culto más allá de las fronteras colombianas, que ha creado un movimiento político-religioso tan rentable como una transnacional de bebidas gaseosas, que tiene el poder económico para comprar una cuadra entera en uno de los sectores más comerciales de Bogotá, que ha levantado una docena de edificios en distintos barrios ‘light’ de la capital de la República para alabar al Señor, cumpla a pie juntilla las recomendaciones de un libro prediluviano que pregona la justicia del ojo por ojo y recomienda aplastar al enemigo en nombre del Todopoderoso.

Quizá los detalles de esta vergonzosa actuación de un puñado de creyentes dogmáticos que se considera descendiente de los grandes profetas bíblicos, podamos rastrearlos desde 1096 cuando la situación económica de la Iglesia Católica en Europa se hizo insostenible y el ‘iluminado’ Urbano II armó a un grupo de influyentes caballeros con el propósito de invadir y saquear Constantinopla y otras ciudades desarrolladas de Oriente, en un ejercicio que la historia recordaría como las cruzadas.

Pero este ejercicio de invasión, apropiación y desalojo, se replicaría siglos más tarde en ese primer holocausto solapado, creado también por la Iglesia, y que atravesaría el Atlántico y daría frutos verdaderamente rentables en las nuevas tierras. La Santa Inquisición, que de santa sólo tenía el nombre, hizo de España una potencia europea, con una economía desorbitante y una expansión de su territorio tan gigantesca que uno de sus reyes, Felipe II, llegó a afirmar que en su reino no se ponía el sol.

Para algunos estudiosos de este periodo oscuro, que mantuvo a la humanidad enajenada bajo los preceptos religiosos, que no le permitió a la ciencia respirar con libertad y que todo aquel que se le opuso terminó en la hoguera o desterrado, fue el modelo perfecto que daría vida al otro holocausto, aquel que iniciaría Hitler en 1941 y llevaría a la caldera a un poco más de seis millones de personas, comerciante en su gran mayoría, cuyas bienes les fueron decomisados y sus hijos enviados a un nuevo modelo de infierno que el mundo conocería con el nombre de campos de concentración.

El ejercicio de la fe, como la interpretación de Biblia, ha sido acomodado a lo largo de los siglos a los caprichos de aquellos que ostentan el poder religioso y político. Quizá eso explique las palabras de José Saramago y les dé la razón a aquellos que piensan que las religiones, sin excepción, deberían desaparecer de la faz de la tierra para beneficio de la humana. Pues no hay que dudar de que el conocimiento es poder, y no hay nada más peligroso para el desarrollo de una sociedad que un pueblo ignorante.

Quizá esto explique también el origen de las nuevas guerras étnicas y religiosas. Cuenta Mijail Zaborov que el 28 de noviembre de 1095, ante la honda crisis económica que vivía la Iglesia, el papa Urbano II se craneó una forma de conseguir dinero y motivar la fe de los creyentes. Salió al balcón de su palacio y gritó a la multitud expectante que esperaba su sermón: “¡Dios lo quiere!”.

Este grito, que algunos historiadores han interpretado como una orden de batalla, dio inicio a la movilización general de Europa. El entusiasmo se transformó en delirio y fue acatado tanto por los nobles, el clero y las clases populares. Unos 300 años después, la sangre derramada durante las cruzadas no sólo había bañado a Roma y Constantinopla, sino que había llegado a las mismas calles de Jerusalén, el lugar donde, cuenta la leyenda, fue crucificado el hijo de Dios.  

En Twitter: @joarza
*Docente universitario.
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