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Opinión

  • | 2013/10/23 00:00

    De los impostores y el elogio de la laxitud

    El impostor criollo tiene buenos “de repentes”, opina y critica de todo con propiedad, mientras tribunas de ignorantes lo convierten en prodigio de la naturaleza.

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La lista de impostores en el mundo es bien grande. Cómo olvidar a Victor Lusting que vendió la Torre Eiffel  a un grupo de comerciantes de la industria metalúrgica para partir con un maletín lleno de plata a Viena donde vivió como conde por varios años.   O qué tal Christopher Rocancourt quien estafó a miles de ricos haciéndose pasar por un miembro de la familia Rockefeller. 

Otros más light, pero iguales de memorables, fueron los miembros del grupo musical Milli Vanilli a los cuales en la mitad de una presentación en vivo en MTV se les rayó el disco y quedó al descubierto que los que cantaban no eran ellos.  Un ejemplo más criollo nos trae a la memoria a la señora “barriga de trapo” quien fingió tener en su vientre nueve bebés bajo el sopor del Caribe colombiano.    

Sin embargo, estos impostores, tienen una historia y se asumieron como lo que son, embaucadores de primera categoría que posteriormente terminaron aislados por la sociedad o en la cárcel redimiendo sus culpas para después salir a contar sus anécdotas a la prensa y a la sociedad de sus tiempos.  

Ellos no se parecen en nada a los impostores amateur que debemos soportar en la vida diaria. Porque no siendo suficiente con tener que lidiar con tanto hampón en las calles colombianas, ahora en las empresas e instituciones tenemos que padecer a cualquier cantidad de farsantes disfrazados de genios incomprendidos,  personajes que opinan de todo con propiedad, pero que no producen ni media página en donde hagan efectivas sus propuestas.  

Un estudio clásico de la Ciencia Política, realizado por los autores Gabriel Aldmon y Sidney Velba, demuestra que los latinoamericanos son los más dispuestos a hablar de lo que no saben. 

No se necesita tener interés en el tema, ni estar informado para emitir un juicio, al parecer hay algo en nuestra cultura que nos predispone a opinar de lo que ignoramos con mayor frecuencia a la que lo haría un europeo o un norteamericano.  En Colombia el ejemplo se hace patente todos los días, con personas de buena oratoria y excelentes “de repentes” capaces de sacar la cita perfecta en el momento público más indicado, para así llegar a convertirse en prodigios de la naturaleza que van escalando y escalando hasta llegar a cargos directivos.  

Sin embargo, cuando uno pregunta, como en el poema de Rafael Pombo “a ver los pasteles, los quiero probar”, empiezan a aparecer las excusas y ante la petición de un desarrollo más profundo y operativo de las ideas planteadas, el lector de solapa se empieza a desvanecer mientras se enreda en diletantes explicaciones.    

Los impostores criollos tienen el don de la ubicuidad y están metidos en todo. Son miembros honorarios hasta de la “ciudad de hierro” y suelen ir a reuniones, a las cuales nunca llevan la tarea, pero van llenos de comentarios, críticas y observaciones.  Lucen elegantes corbatas, atuendos “hipster” o pintas “bolemugrosas” de boina y bufanda que los hacen lucir “alternativos” o elegantes.  

Siempre andan con varios libros bajo el brazo, de los cuales, sólo habrán leído algún resumen o la contraportada, pero hacen complejas interpretaciones que nadie entiende.  Saben de todo, de historia, de música, de series de televisión, de cine, arte, economía y política. Recitan poemas de memoria en varios idiomas y recomiendan artículos especializados de diversa índole.    
  
Arman debates en las redes sociales para desprestigiar la política económica o de salud que apenas conocen y por supuesto recomiendan textos de filosofía o preguntan por títulos vía Twitter a la librería para que todo el mundo los vea.  Estarán atentos a lo que digan los expertos en ciertos espacios, para poder parafrasearlo en el momento indicado y lo más importante de todo, no irán a almorzar al medio día  para lucir muy ocupados y saldrán de últimos de la oficina con el fin de parecer los más comprometidos.

Pero lo curioso no es la existencia de impostores, sino la incapacidad de desenmascararlos.  Así, estos van consiguiendo una tribuna de imbéciles que les hace el juego, mientras les rinde una inmerecida pleitesía que refleja la ignorancia de una cultura en donde lo importante no es saber sino aparentar. 

Y entonces los embaucadores hacen fama, llegan a puestos directivos, nos gobiernan. Mientras los verdaderos inteligentes, aquellos que se esfuerzan y son prudentes con su saber, hacen el trabajo del que los falsos genios alardean.     

* Docente – Investigadora 
Centro de Investigación en Comunicación Política (CICP)
Facultad de Comunicación Social – Periodismo 
Universidad Externado de Colombia
En Twitter: @morozcoa
margaraorozco@yahoo.es
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