Opinión

  • | 2008/09/22 00:00

    Indecisión presidencial

    La terca decisión de Uribe de postergar al máximo su decisión puede costarle caro.

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El país está a la expectativa de la decisión que tome el presidente Uribe sobre si irá o no por una nueva reelección. Absolutamente todos, inclúyase uribismo, Polo, liberales, Farc, paramilitares, políticos investigados, altas cortes, ex presidentes, medios de comunicación, empresariado nacional, inversionistas extranjeros, presidentes de la región, la otra comunidad internacional, el ciudadano de a pie, todos en fin esperan ansiosamente una decisión de su parte. Por obvias razones, tal y cómo sucedió para su primera reelección, comienzan a formularse hipótesis y posibles estrategias, dramáticamente distintas, bajo los escenarios alternativos de unas elecciones con Uribe como candidato o como Presidente en salida.

Para el uribismo, y para Uribe mismo, son varios los riesgos que aparecen a primera vista cuando se considera el escenario hipotético de unas próximas elecciones sin candidato-Presidente en el tarjetón. Entre las preocupaciones, no se tenga duda, están la probada indisciplina, y la agrietada cohesión que ha caracterizado en estos años a la coalición de gobierno.

La espinosa convivencia de sus múltiples liderazgos, cada uno sintiéndose naturalmente en derecho de ser el próximo sucesor de Uribe, y el salpicón de corrientes que conforma sus filas, presagian una inminente y aparatosa puja interna, capaz de poner en grave peligro la unidad del uribismo llegada la hora de la elección. ¿Cómo conciliar tanta aspiración y tanto ego, cuando al final, el Presidente será sólo uno? ¿Ha oído alguien hablar de propuesta alguna sobre la necesidad de un proceso o mecanismo para escoger el candidato de esta colectividad? A este paso, pareciera que el reciente tic de Uribe de guiñar el ojo aquí y allá, será la institución que defina el asunto.

En este sentido, la terca decisión del presidente Uribe de postergar al máximo su decisión, y de mantener al país en suspenso por tanto tiempo, dilapidando de paso su enorme capital político y las oportunidades que la coyuntura ofrecía para construir un proceso certero y ordenado de transición para sucederlo, podrá costarle caro.

Innumerables son las preguntas que despierta este escenario. ¿Quiénes serán los más beneficiados de la ausencia de Uribe en el tarjetón? ¿Será suficiente el guiño del Presidente para que quienes hoy lo acompañan secunden a su elegido o al elegido? Por ejemplo, ¿acompañará Germán Vargas Lleras una eventual candidatura de Juan Manuel Santos, y viceversa? ¿Lo hará Noemí, lo hará Uribito? ¿O será Vargas Lleras quien haga el guiño a los liberales si no obtiene la candidatura uribista? ¿La división de la derecha favorecerá al liberalismo, partido que ha buscado el centro, o al Polo, cuyas directivas prometen llevarlo más y más lejos de este? ¿Es la división del uribismo la “hecatombe” de la que habla Uribe? ¿Y no es más bien tanta reforma con nombre propio el descalabro de nuestra democracia?

Mientras tanto, la falta de un horizonte claro, la ausencia de un terreno firme y estable para actuar en política, precisamente por la incertidumbre generalizada que ha suscitado la falta de claridad del Presidente en esta materia, viene alentando la crispación de la actual coyuntura del país. El aire de la política colombiana está contagiado de afán, desconfianza, mucha intolerancia, y en general, demasiada especulación. ¿Y será que en todo esto, nada tendrá que ver la recurrente pretensión de modificar el “articulito”?
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