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Opinión

  • | 2017/11/08 13:08

    "España camisa blanca de mi esperanza"

    "...a veces madre, y siempre madrastra", estribillo de la inmortal canción de Victor Manuel que como nunca recoge el sentir de muchas mentes confundidas hoy en Cataluña.

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Los intentos separatistas en cualquier parte del mundo se vuelven heridas difíciles de cerrar. Ni el que quiere abrirse las tiene todas de su lado ni el Estado que lo controla acierta en una resolución diferente a imponer su fuerza legal –la Constitución, por ejemplo—acompañada del peso policial o judicial. Los consensos se hacen difíciles ante la radicalización de las partes. Y España en este caso no parece ser la excepción: el Estado y la sociedad de ese país ya no son los mismos después del referendo del 1 de octubre y de la declaración de independencia por parte del Gobierno autónomo de Cataluña el pasado 27 de octubre.

Las noticias de la crisis hacen confusa la situación. Mientras Madrid ha tomado el control administrativo, financiero y de seguridad de esa comunidad autonómica –no le quedaba más opción- y la Audiencia Nacional ha enviado a la cárcel a sus dirigentes y busca hacer lo mismo con el expresidente Carles Puigdemont, los españoles no ven clara una salida a este difícil momento mientras Europa ve con nerviosismo lo que allí está ocurriendo y lo que pueda pasar de acá al 21 de diciembre cuando están convocadas las elecciones ordenadas por el Gobierno de Mariano Rajoy.

En esa situación han derivado los intentos de un movimiento independentista que tiene la mayoría de escaños en el parlamento regional, pero no amplio respaldo ciudadano, y que en su momento quiso hacer creer que tenía fuerte apoyo de parte de quienes votaron el plebiscito para la separación. “El proceso independentista carece de apoyo internacional, no cuenta con mayoría social y no tiene capacidad para un control efectivo del territorio”, dice un análisis del Real Instituto Elcano, que recoge en buena medida el concepto que se ha ido abriendo paso por dentro y fuera de España sobre la manera como actuaron Puigdemont y sus aliados.

Ni las expresiones de solidaridad que llegan allende las fronteras parecieran calmar la sed independista que estalló como un trueno en suelo catalán. Ni las frases más almibaradas y ni los recursos deliberadamente poéticos han podido bajar la temperatura de una convulsión social del que aún no se conoce su destino a largo plazo. Aún resuenan en Madrid las frases del premio nobel de literatura, el peruano Mario Vargas Llosa, quien decidió rechazar las pretensiones catalanas mediante un discurso callejero y multitudinario que fue calificado de memorable. Y atrás, muy atrás, quedó el eco de aquel discurso del escritor colombiano José María Vargas Vila, quien, a principios del siglo XX, en el paraninfo de la Universidad Central de Madrid, y con motivo de las fiestas del III Centenario del Quijote, habló de la eterna unidad de España iluminada por los pasos gigantes del loco de La Mancha y de su inolvidable escudero. ¿Profecía de quien se consideró también hijo de aquel terruño tan lejos de nuestra geografía y tan cerca de nuestros corazones?

Lo que todo el mundo mira con preocupación son los efectos de esta crisis. Los cálculos dejan ver que si la separación se diera, España perdería el 6,3 por ciento de ese territorio estratégico que representa Cataluña. Económicamente, perdería el 20 por ciento de su PIB, ya que Cataluña es la segunda comunidad autónoma, después de Madrid, que más aporta al país, que es algo que reclaman los independistas que se quejan del maltrato impositivo tributario que les han impuesto desde la época de Franco.

Adicionalmente, España perdería el 25 por ciento del turismo, cifra que representa casi 19 millones de turistas por año. Mientras, el daño económico para Cataluña ya está hecho con la estampida de más de un millar de empresas y bancos que tenían sus cuarteles generales en esa parte del país asustados por una eventual pérdida de los beneficios que les ofrece la zona euro. Y los efectos sobre el empleo ya empiezan a sentirse.

“¿No deberíamos aprovechar esa interrupción para detenernos todos a pensar cómo superar la polarización en vez de volver a alimentarla? Para ello habrá que aparcar la pasión y volver a lo más grande de la política democrática, propiciar el pluralismo y disolver el antagonismo”? se pregunta el escrtior Fernando Vallespín, en El País. La anterior frase podría ser aplicada a la situación que padece Colombia, pero es pura coincidencia.

Por ahora España parece iniciar un camino institucional tan largo y lento como la peregrinación que hacen los turistas a Santiago de Compostela.

Y entre tanto, Puigdemont en el lugar donde se encuentre en Bélgica, bien podría estar tarareando con desazón otra de las estrofas de la canción que titula esta columna: "quién puso el desasosiego en nuestras entrañas, nos hizo libres pero sin alas..."

*Ramsés Vargas Lamadrid, MPA, MSc*, rector Universidad Autónoma del Caribe

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