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Opinión

  • | 2017/11/27 07:07

    Odio (5). La indignación como farsa

    Facebook es lo más parecido a una gallera con mil millones de gallitos cacareando sus odios con tal de lograr vitrina.

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La indignación es el nuevo opio del pueblo; los políticos radicales, sus adalides; y las redes sociales, el caldo de cultivo. Los indignados aparecieron casi desde el inicio mismo de las redes. En muchos países han logrado grandes réditos políticos, bien sea luchando a favor de los derechos civiles, ambientales o laborales, o levantando la voz en contra de la corrupción. Odio e indignación no es lo mismo. El primero nace en la rabia y el segundo en el asco (el Homo sapiens comparte con los animales cuatro emociones negativas básicas: el asco, la rabia, la tristeza y el miedo). 

Según el DRAE, asco es una “impresión desagradable causada por algo que repugna”. La indignación se da cuando el entorno social repele, a través de la denuncia o la protesta, una situación moral o éticamente “podrida”. Lo que más indigna en Colombia no es la corrupción sino los temas asociados con la familia porque los políticos han sido hábiles para trasladar al aborto o a la tal ideología de género los reflectores que deberían encandilarlos a ellos.

La línea entre indignación y odio es muy lábil. En Brasil, por ejemplo, los chicos del Movimento Brasil Livre se dieron a conocer en tiempos de Dilma rechazando la corrupción y abogando por el liberalismo económico. Hoy, han trocado en un grupo de ultraderecha con consignas en las redes donde afirman “Los artistas y las feministas fomentan la pedofilia” o “Las universidades públicas están dominados por una patrulla ideológica de inspiración bolivariana”. Incluso dicen que el nazismo nació de la izquierda.

Los políticos han convertido ambos sentimientos en sustento de sus campañas políticas y ahora que se acercan las elecciones la atmósfera en Facebook y Twitter es cada vez más densa. La emoción prima sobre la razón, así que los mensajes incendiarios atraen igual que el fuego a un pirómano. Se grita mucho y se debate poco. No hay espacio para los matices, particularmente cuando se enfrentan el pasado y el progreso. Es muy fácil advertir cómo, a partir de un simple post en un muro, poco a poco se delinean dos bandos separados que por lo general no pelean entre sí cuando se trata de viejos amigos (o conocidos). Si lo hacen, se enfrentan en un tono jocoso o respetuoso. El lío, entonces, lo generan los terceros.

Traigo un ejemplo hipotético: escribo en mi muro “Mañana votaré por De la Calle”. Es una intención personal, no una invitación a votar por el candidato. Un amigo a quien conozco personalmente me reclama respetuoso por el voto. Contesto al mismo tiempo en que un “amigo de Facebook” entra a la conversación insultando a De la Calle y preguntando “¿Para qué perder el voto si el que va a ganar es tal?”, con lo que intenta llevar la discusión a su candidato. Mi amigo vuelve a reclamarme y, en vista de que entre mi mensaje y el suyo está el de ese amigo de Facebook, se toma la molestia de anotar mi nombre, como advirtiendo “esto es entre tú y yo”. Sin quererlo, en ese post se le va una S de más. Dice: “Tienes un carácter áspero e intolerante”. En vista de que su mensaje no es tenido en cuenta, el “amigo de Facebook” lo toma como algo personal y le reclama airado a mi amigo, que contesta: “Perdón, me refería a De la Calle. Lo siento”. El otro hace como que no entiende porque la prevención nos lleva a creer que somos siempre la diana de cualquier disparo. Lo fácil es disculparse, pero la arrogancia no permite esa “debilidad” y una disculpa en Colombia es signo de vulnerabilidad (de mostrarse “inseguro”). El “amigo de Facebook” no busca debate sino pelea, así que asume la posición del narcisista e insulta: “Pensé que eran inteligentes, pero si van a votar por De la Calle ya veo que no”.

Facebook es lo más parecido a una gallera con mil millones de gallitos cacareando sus odios con tal de lograr vitrina. Hay allí gente que desde el amanecer está buscando con quién pelear; gente que trae a la red todas sus frustraciones. Si no encuentra contendor en su muro busca sparring en los muros ajenos, donde de paso desconoce a la persona que finalmente cae en la trampa del odio porque, como dijo Machado, “De diez cabezas nueve embisten y una piensa”.

Hay que diferenciar entre odio, indignación y narcisismo (eso de “eres bruto porque no piensas como yo”). En cualquiera de los tres casos arruinarse el día peleando con un desconocido es muy fácil, así que si va a entrar a Facebook lo mejor es usar paraguas.

@sanchezbaute

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