Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/03/28 00:00

Indignidades

Los norteamericanos (“un pequeño grupo”, aclara el vicepresidente Santos) protestan contra los excesos que ellos mismos sembraron y ampararon, 101461

Indignidades

Dice el vicepresidente Francisco Santos que es "indigno"que Colombia (quiere decir: su gobierno) tenga que rendir cuentas ante los Estados Unidos por sus abusos en materia de derechos humanos, so pena de perder los fondos del Plan Colombia, que ellos llaman "ayuda". Y salta el ex presidente Andrés Pastrana a defender la tal "ayuda"diciendo que lo que es "indigno" es que haya tales abusos. Los dos tienen razón. Sólo que, como en la parábola evangélica, no ven la viga en el ojo propio.

Santos, en efecto, se queja de la única intrusión norteamericana en la vida de los colombianos que no ha sido completamente malvada en sus efectos: la única que ha salvado vidas humanas. Yo no recuerdo ninguna otra. Ni el robo de Panamá, ni la defensa de la United Fruit hasta provocar la masacre de las bananeras, ni los contratos petroleros, ni la imposición de la guerra contra el comunismo, ni la de la guerra contra la droga, ni la exigencia de la apertura económica, ni de las reformas a la justicia, ni, por supuesto, el mismo Plan Colombia, cuyas consecuencias más notorias han sido el aumento y dispersión de la producción y el tráfico de droga, en su aspecto antidroga, y, en su aspecto antiguerrilla, la profundización y expansión de la guerra interna. Todas esas intervenciones norteamericanas (y si no las hubo directas antes de la de Panamá, fue solo porque a los Estados Unidos sólo les alcanzaba entonces el brazo hasta México y el Caribe), no han provocado en Colombia más que sangre y miseria. Y corrupción, naturalmente: pues se han hecho comprando la colaboración necesaria de los cipayos locales. Desde los legendarios lingotes de oro que según la mala fama recibió hace un siglo largo el entonces presidente Marroquín a cambio del zarpazo panameño hasta la muy fotografiada medalla al arrodillamiento que hace unos meses le colgó George W. Bush al presidente Uribe.

Que esta última intrusión del dedo gringo en nuestros asuntos internos por la cual protesta Santos haya sido benigna, y salvado las vidas de un puñado de campesinos y de sindicalistas, o al menos postergado sus muertes, no quiere decir, por supuesto, que no haya sido hipócrita también como todas. Los norteamericanos ("un pequeño sector", aclara el vicepresidente Santos) protestan contra los excesos que ellos mismos sembraron y ampararon. Las ''ejecuciones extrajudiciales'' (o sea, asesinatos fuera de combate), las torturas, las detenciones-desapariciones, los "falsos positivos" cometidos en Colombia por el Ejército y la Policía y los servicios secretos se hicieron sobre instrucciones y manuales del Comando Sur norteamericano y de la CIA, y por oficiales (como los de todas las Fuerzas Armadas del continente, con la única excepción de las de Cuba) educadas y adiestradas allá. Y por cumplir la política decidida y aprobada por los dirigentes locales siguiendo las pautas dictadas por los gobiernos de los Estados Unidos, tanto demócratas como republicanos.

Esas pautas han sido dictadas allá, pero aceptadas aquí, y también impulsadas y solicitadas desde aquí. De esos crímenes de Estado, pues eso son, son responsables quienes aquí han manejado el Estado, como parece olvidarlo en su indignación el ex presidente Pastrana, a quien últimamente le ha dado por comportarse como hacía al final de su vida Álvaro Gómez: denunciando al régimen, como si el régimen, casi desde su infancia, no hubiera sido siempre él. Señala pertinentemente la embajadora de Colombia en Washington, Carolina Barco:

— La relación con los Estados Unidos es muy fuerte, es de Estado, y viene de años.

Y en cuanto a los excesos que ahora se denuncian: también vienen de años. Las detenciones-desapariciones oficiales en Colombia datan por lo menos de los primeros años setenta del siglo pasado. De cuando el modelo ensayado (con asesoría norteamericana) en Guatemala se expandió ( con los mismos consejeros) a la Argentina de la "Triple A" de Isabelita Perón y al Chile del general Pinochet, al Brasil de Garrastazu Médici y al Uruguay de Bordaberry. Y aquí.

Tan hipócrita es que vengan ahora a denunciar ese modelo los legisladores norteamericanos como que vengan a descubrirlo los vicepresidentes o ex presidentes colombianos, para no hablar siquiera del actual y futuro presidente perpetuo. Es una indignidad, sí, pero no de Colombia, sino de ellos.

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