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Opinión

  • | 1999/11/22 00:00

    INDULGENCIAS

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Con mayor o menor conocimiento, se sabe que las indulgencias han sido asunto algo discutido
dentro de la misma Iglesia y que están en el origen de la corriente protestante, conformada por los que,
desde la fe católica, se denominan 'los hermanos separados'.Las indulgencias, rebaja de penas eternas
(extrañamente contadas en términos temporales) han entrado un poco en desuso en la evolución de las
prácticas religiosas, pese al nuevo Manual de Indulgencias, con que se ha querido revivirlas. Ya no se cree
tanto que puedan contabilizarse rebajas punitivas, para la otra vida, al conjuro de rezos o ritos o de visitas
papales.Lo que sí está entre nosotros a la orden del día, y se discute ahora mismo en el Congreso, es el
descuento penal por Jubileo, entendiéndose por éste _si es que entiendo bien_ una acción renovadora e
indulgente, en que está empeñada la Iglesia, con ocasión de la llegada del tercer milenio. En el orden
nacional se lo quiere acompañar de un perdón de penas físicas para las personas privadas de libertad,
como el que se alcanza, por el mismo evento, en valores espirituales, o bonos del más allá.Todo eso está
inspirado en el Pentateuco, que establecía un maravilloso perdón de deudas económicas entre hermanos,
cada siete años. Era el antiupac más asombroso, que pretendía igualar y fraternizar. Y cada 50, era el Gran
Jubileo.Rebajar la penalidad es lo más justificado. Es mi opinión más pensada, pues siempre he creído que
las cárceles constituyen una sanción propia de la baja edad media, que, no me cabe la menor duda, aún
vivimos y en la cual seremos encasillados por la historia en 200 ó 300 años más. Años que llegarán
volando sobre nuestras viejas tumbas, si no han sido convertidas en andenes para defensa del espacio
público.La prisión _no se diga la perpetua, que por un gesto civilizado no tenemos en Colombia_ va a
reservarse, muy posiblemente, para las personas de peligrosidad extrema y de imposible convivencia social
sin daño a los semejantes. O sea, cuando el hombre se convierte en un animal salvaje y debe ser
enjaulado. Aunque no dejará de ser un ser humano.Pero eso de guardar como fieras, entre policías del CTI, al
comando del Gómez Méndez de turno, a conspicuos ciudadanos, que han equivocado una partida o rubro
presupuestal; que han recibido un dinero, sin conocer mucho su origen, o lo han hecho, inducidos por una
sociedad y una política, en beneficio de un tercero, que escapa a todo juicio. O, entre tantas posibilidades,
encarcelar a un financiero que ha defraudado con sus hábiles juegos dinerarios, todo ello me ha parecido
siempre una terrible ordalía, apenas comparable con las mazmorras y las torres tenebrosas de tiempos idos,
en cuyo interior colgaban seres humanos, ajenos a toda higiene, a todo rayo de luz, descoyuntados a pleno
dolor. Lugares del mundo que hoy son orgullosas sedes del derecho internacional humanitario.Pero existirán
por mucho tiempo las cárceles. En Colombia tenemos miserables cárceles, sin los más mínimos rasgos de
consideración humana. Sin salud, sin buena alimentación, sin alojamiento digno ni servicios sanitarios. A la
sociedad no le importan demasiado estos seres que viven recluidos, y en un juicio instantáneo, se les
tiene por merecedores de su propia suerte. Enviar a alguien a prisión, así sea preventiva, es ya, de suyo, una
condena de por vida, de la cual será muy difícil sacudirse en lo que siga a su liberación física. Por eso,
encarcelar es arma tan poderosa contra personas relevantes y contra enemigos políticos. Y se usa.La
sociedad se empieza a preocupar ahora, cuando hay alarma por la extraordinaria congestión de
detenidos. Cuarenta y cinco mil presos en Colombia, se afirma en la Cámara de Representantes, mientras se
discute la ley de jubileo y el tema general de las cárceles. No las hay, no hay presupuesto para ellas, sino
para andenes y bolardos, y si lo de estos rubros se destina a aquellos otros, el funcionario va precisamente a
la cárcel.El ideal sería, mientras el hilo de la historia humana encuentre otras formas sancionatorias que
corrijan y protejan a la sociedad, construir centros carcelarios relativamente pequeños y alejados entre sí
y un poco de las ciudades. Buenas arquitecturas, para albergar seres humanos, así se diga que se está mejor
en las cárceles que por fuera, y esto lo expresen los que no reconocen el valor inmenso de la libertad física y
la tragedia de su pérdida.Es todo un programa que debería acometerse de inmediato, o dejar que los sitios de
reclusión sigan como vergonzosos apéndices de nuestras 'cultas' ciudades y sean baluarte de la guerrilla.
Porque la cárcel inhumana es fervoroso hervidero de pasiones sociales.Libérese a la gente no peligrosa, en
este jubileo papal del año 2000. Rebájense las penas, de acuerdo con la tradición religiosa y que la guerrilla
también les rebaje los oscuros días de secuestro a quienes ha retenido, en el más horrendo delito contra la
humanidad. Cúmplase.
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