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Opinión

  • | 1996/10/21 00:00

    INFORMAR Y DESORIENTAR

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Según el proverbio español, la ropa sucia se lava en casa. Vamos a lavarla hoy, a riesgo de desempeñar un papel sumamente antipático con nuestros colegas, los periodistas. Lo hizo hace un par de semanas Francisco Santos, en su columna de El Tiempo, y vale la pena no dejarlo solo. Pues tiene mucha razón cuando dice que la prensa es parte, y parte importante, de la crisis colombiana. Para mí, por una razón que parece una provocadora herejía: porque en vez de orientar desorienta a un país ya de por sí peligrosamente desorientado. Para ser justos, habría que citar como excepciones la de esta revista y la de media docena de columnistas de la prensa que han sacado valerosamente trapos sucios al sol y han tratado de desenredar con mucha lucidez la madeja de escándalos del proceso 8.000. De modo que la desinformación no corre por cuenta suya, como lo creen el propio Daniel Samper y algunos furibundos senadores. Todo lo contrario. El mal está en otra parte. Está en un anacronismo. Consiste en renunciar a los elementos de interpretación y análisis de la información, propios de la prensa en Europa y Estados Unidos, en aras de una puritana objetividad, que exige informar sin comentar. De esta manera, el periodista queda convertido en un simple transcriptor de fuentes, en un recolector de declaraciones y en un cazador de noticias que las registra a la manera de un secretario de juzgado. Nada se sopesa, nada se analiza, nada se somete al juicio de los hechos, de las cifras, de la investigación. Al periodista se le prohíbe evaluar conceptos e informaciones que recibe; su función es sólo la de transcribir. Y esto es absurdo. Siempre he recordado que hoy en día la prensa moderna, especialmente la prensa escrita, se aplica a dilucidar el cómo y el por qué de las noticias y en especial de los hechos políticos. Por eso, en otras partes, al periodista, en vez del ritual "fulano dijo, afirmó o sostuvo", tan corriente entre nosotros, se le exige agudeza, sentido crítico, evaluación y ponderación de los hechos. Y es precisamente la confrontación de diversas interpretaciones, a menudo divergentes, lo que permite en esos países el desarrollo de una opinión pública alerta, a la que no se le puede pasar gato por liebre. Nada de esto se ve en la diaria información que recibimos. El cubrimiento noticioso de los medios puede ser excelente, pero su aporte a una mejor percepción de los hechos es tan pobre que más bien contribuye a la confusión general. Por ejemplo, nada en claro sacó la gente de las marchas campesinas, salvo que hubo un camarógrafo golpeado y unos vagos acuerdos cuya validez quedó en penumbras. Se registran la parálisis de medio país, los asaltos de la guerrilla, se filman féretros y viudas llorosas, se le da una página a las declaraciones del cura Pérez y otra a las de los generales, y de todo eso no queda sino una visión caótica que no le permite a nadie entender qué está sucediendo. La prensa forma parte del caos. La carta de renuncia de Humberto de la Calle, en la cual el vicepresidente hacía un diagnóstico bastante exacto y alarmante de la situación del país, merecía algo más que el registro de declaraciones contradictorias, en las que unas veces se alababa su gesto y otras se le criticaba. Así, por culpa de una banalidad a la vez informativa y editorial, quien revela o denuncia problemas es visto por una opinión desorientada como responsable de los mismos, y su sinceridad o su valor acaba restándole puntos en las encuestas. La información a propósito de la vacuna antimalárica de Patarroyo, puesta sobre la mesa como un trozo de carne sin cocinar, dejó en el público la idea, absolutamente injusta, de un fracaso del científico colombiano. Allí, una vez más, no hubo sino transcripción y no evaluación de un informe cuestionable, lo que habría significado un trabajo más profesional. El alcalde Mockus conoce bien esta frivolidad periodística del subdesarrollo. De ahí que en vez de aludir a la crisis del país o de explicar lo que está haciendo para resolver los problemas de una ciudad atosigada, insegura y repleta de huecos, prefiere embobar a la prensa con extravagancias publicitarias tales como la de casarse en una jaula de tigres, subirse a un carrusel o a un elefante, vestirse de Supermán, organizar la campaña 'Ciudad coqueta' o el día del ringlete. Los periodistas reciben encantados el hueso que Mockus les lanza, sin analizar su gestión. Políticos y funcionarios utilizan a los periodistas como simple correa de transmisión, seguros de que detrás de las cámaras, de los micrófonos, de las grabadoras o las libretas no hay una verdadera evaluación crítica, sino una simple avidez informativa. Y lo grave es que detrás de la hojarasca retórica de las declaraciones que nos sirven cada día, los problemas siguen aumentando como la fiebre en un organismo enfermo, sin que nada pueda bajarla. La opinión se mueve a tientas en un universo de incógnitas e incertidumbres. Sí, con muy raras excepciones, la prensa no está cumpliendo su función. No es una luz dentro del túnel. Está condenada sólo a registrar notarialmente nuestros desastres cotidianos.
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