Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2004/05/16 00:00

Informe sobre los pobres

Los miserables, cuando aparecen (flacos, tristes, enfermos, sucios, jodidos) lo único que producen son molestos cargos de conciencia

Informe sobre los pobres

Escribir sobre la pobreza suele ser un fracaso, porque la pobreza no tiene sex-appeal. Esto no quiere decir que no haya pobres sexys, sino que en general tienen mucha más acogida en los medios, y sintonía con el público, los ricos que los pobres. A la gente le fascina ver la cara, la casa, las bodas, y hasta la tumba y las tragedias de los ricos. Los ricos producen admiración, envidia, risa, resentimiento, deseo de imitación, lujuria. En cambio los miserables, cuando aparecen (flacos, tristes, enfermos, sucios, jodidos) lo único que producen son molestos cargos de conciencia.

Ya verán cómo esta semana, y la que sigue, nos van a atosigar con las ridículas bodas entre la plebeya, que no pobre, Letizia y Su Alteza Real (o como se llame el príncipe consorte), pero a ningún canal de televisión se le ocurriría llenar horas de transmisión con el matrimonio entre Pachito Eché y Virgelina Urrutia, de las Urrutias negras. Cada año, impajaritable como las lluvias de abril, aparece la lista de los 10 más ricos del mundo, pero sólo a los cómicos Tola y Maruja se les ocurre hacer un espectáculo con la lista inversa: los 10 más pobres del mundo.

¿Cómo hacer, entonces, para que ese fenómeno sin atractivo mediático, la pobreza, no desaparezca de los periódicos y tampoco, como se dice, de "la agenda" de los gobernantes? Hace unos días, por ejemplo, con este loable propósito, publicó El Tiempo una gran foto en la primera página. En ella se veía al secretario general de la ONU para Asuntos Humanitarios, Jan Egeland, mientras miraba la pobreza (pantanos, basura, casuchas, miseria), en un barrio marginal de Cartagena. A su lado estaba una señora negra. Se decía el nombre del barrio, se decía lo miserable que era, el nombre y el cargo de Egeland, su preocupación por los niveles africanos de nuestra miseria. Pero algo faltaba en la información: la señora a su lado, como si fuera invisible (como si simplemente fuera un trozo más de la pobreza), carecía de nombre. Era un tugurio más. Un pedazo de negrura asociado a la basura. No estoy diciendo con esto que los dueños o los editores de El Tiempo sean unos racistas consumados. Probablemente a mí, si fuera editor, me hubiera pasado lo mismo, por el hábito cultural y mental de la exclusión. Pero en un país más consciente (más correcto, si quieren, pero esa corrección no es inútil, ni neutra), el nombre de la señora hubiera aparecido ahí, en el pie de foto. Así fuera como una simple muestra de cortesía.

Por esos mismos días, en la misma ciudad, el Banco Mundial nos entregó a un grupo de periodistas de todo el continente un exhaustivo informe sobre la desigualdad y la pobreza en América Latina, de extraordinaria calidad, sobre todo en los datos, más que en el análisis. El Banco, a pesar de su reputación de ser uno de los pilares de ese demonio internacional llamado globalización, hace allí una especie de mea culpa o corrección de ruta. El liberalismo económico, faltaba más, sigue siendo recomendando por el Banco, pero al menos reconoce que hasta ahora, en nuestra región, no ha servido para disminuir los índices de desigualdad, y que según algunos estudios los ha ahondado.

Un agudo periodista argentino allí presente, Julio Nudler, de Página 12, notó lo siguiente durante la reunión: la inmensa mayoría de los periodistas reunidos eran blancos, y en cambio las personas que servían las empanadas durante el intervalo, eran negras. Y el informe mismo del Banco Mundial corroboraba una verdad que cualquier persona pensante y sincera tiene que reconocer: los más oscuros, en Latinoamérica, tienden a ser también más pobres, tener menos años de educación y desempeñar oficios más humildes, cuando no serviles.

Pero además del problema de la disparidad racial, el Banco hace recuentos muy importantes sobre las raíces históricas de la desigualdad, tenencia de la tierra y, sobre todo, lo más ilustrativo, entrega de tablas en las que se pueden confrontar nuestros índices de desigualdad comparados con los de los países más ricos y pacíficos del mundo. Ahora que en cierta sociología bienpensante se tiende a decir que la violencia no tiene nada que ver con la desigualdad, sería muy útil hacer notar cómo en los países más pacíficos los gobiernos redistribuyen, a través de los impuestos, las disparidades de renta más alarmantes.

Los políticos acostumbran negar que haya un problema de propiedad de la tierra en Colombia, y niegan con furia que los más ricos, aquí, paguen pocos impuestos (a ellos, y eso es muy humano, cualquier cosa les parece mucho), pero si leen el informe del Banco Mundial, al que difícilmente se le puede acusar de ser una ONG sesgada, pagada por la Internacional Socialista, o influida por el lobby de la izquierda internacional, se darán cuenta de que el problema existe, es gravísimo, y que si no se pone como la primera prioridad de este o de cualquier gobierno, es solamente una bomba de tiempo para precipitarnos en el desastre total.

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