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Opinión

  • | 2001/04/23 00:00

    Ingrid de Arco

    Para quienes la conocen Ingrid Betancourt tiene tanto de Juana de Arco como de Juana la Loca

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Aunque es muy remota la posibilidad de un papel protagónico, no minimizaría la aparición de Ingrid Betancourt en el escenario de las precandidaturas presidenciales. Quienes creen que por el hecho de haber aparecido disfrazada de Juana de Arco en la carátula de SEMANA se le están inflando artificialmente sus posibilidades políticas, se equivocan: Ingrid es, hoy por hoy, la mejor comunicadora que tiene la política colombiana, cualidad que, acompañada por una extraordinaria capacidad de expresión, la llevan a decirles instintivamente a los colombianos las cosas que éstos quieren oír, de boca de alguien a quien creen realmente una Juana de Arco, que llegaría hasta hacerse inmolar por sus convicciones purificadoras.

Eso cree la mayoría de la gente que no la conoce. Pero para los que la conocen, y entre ellos, incluso los que la quieren, Ingrid Betancourt tiene tanto de Juana de Arco como de Juana la Loca. Su gran atractivo político radica en que a esta joven figura política parece que le faltara un tornillo en ocasiones, lo que le permite llegar hasta donde muy pocos antes se habían atrevido a hacerlo.

Algunas anécdotas sobre su pasado político, más algunas afirmaciones contenidas en su libro, son ejemplo de esta sensación.

Ingrid ha capoteado con gran habilidad referirse con detalles a las oportunidades en las cuales se reunió con los hermanos Rodríguez Orejuela cuando éstos se encontraban prófugos y en la clandestinidad. A los lugares de dichas citas se trasladaba escondida en el baúl del carro del también entonces congresista Carlos Alonso Lucio. En su compañía, y con el apoyo de otros congresistas, varios de los cuales están presos por delitos relacionados con el narcotráfico, Ingrid se había puesto a la cabeza de una campaña para parar la ‘justicia sin rostro’, que durante 10 años permitió en Colombia combatir las más tenebrosas bandas del crimen organizado sobre la base de que tanto al juez como a los testigos se les protegía su identidad. Ingrid siempre ha sostenido que su lucha contra la ‘justicia sin rostro’ estaba motivada por sus convicciones, y yo tajantemente se lo creo.

Pero en su libro hay varios pasajes que revelan más acerca de su compleja personalidad. Habla de “mi pueblo”, expresión que ni siquiera se atrevió a utilizar en sus épocas Jorge Eliécer Gaitán. Asegura que Ernesto Samper y Horacio Serpa cometieron varios asesinatos —algo que ni el más antisamperista de los antisamperistas considera posible—. Voces interiores la convencieron de que ella era la llamada a salvar a Colombia como sucesora de Galán, y aunque la afirmación no es suya sino de alguna de las revistas francesas que la entrevistaron, esta “Pasionaria de los Andes” es la “digna sucesora de Simón Bolívar”, frase inspirada por la personalidad de la entrevistada.

Pero nada de esto es obstáculo para adivinar la dimensión de su futuro político, basado en la valentía con la que defiende las cosas que cree.

Como mujer aspirante a la Presidencia, con su bandera anticorrupción y su carreta antibipartidista, a quien podría morderle votos Ingrid Betancourt en su aspiración presidencial es a Noemí Sanín. Sobre todo porque la seriedad de esta última contrasta con el botafuego verbal de Ingrid, que no tiene talanqueras y que resulta muy efectista a la hora de los discursos. Mientras Noemí se dedicará muy seguramente a explicar sus programas de gobierno sin agraviar mayormente a sus contendores, es claro que Ingrid se dedicará a acusarlos de todos los vicios políticos posibles —de hecho, ya comenzó— amenazando con arrebatarle a Noemí su papel como crítica del viejo partidismo que en la pasada campaña encarnaban Pastrana y Serpa. Y eso está comprobado que vende.

De entrada su valentía irrefrenada, su capacidad para expresarse y su talento para inventar locuras que comunican —como regalar condones o hacerse chiflar de la convención liberal— (Ingrid es una provocadora por naturaleza) garantizan que su lanzada al ruedo presidencial no pasará para nada inadvertida.

A lo que debe aspirar es a que su mesianismo, presente en cada una de las páginas de su vendida autobiografía, no la lleve a correr el mismo final de Juana de Arco, que terminó en la hoguera acusada de bruja y de fanática. n

ENTRETANTO… ¿No les está faltando a las relaciones colombo-venezolanas una zona de distensión?
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