Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/07/16 00:00

Ingrid y la opinión pública

El argumento de Bourdieu de que la opinión pública “no existe” sigue vigente porque dio en el blanco en el sentido de que es una ficción.

José Fernando Flórez

Ingrid quiso demandar al Estado colombiano y después, debido a la presión de la opinión pública, reculó en sus pretensiones. Lo que desde una perspectiva jurídica en un comienzo se ofrecía como un litigio fácil de decidir en materia de responsabilidad administrativa por falla del servicio, a favor del Estado en razón del rompimiento del nexo causal de imputación por el hecho exclusivo de la víctima (la negligencia de Ingrid en ir al Caguán a pesar de las numerosas advertencias) o el hecho de un tercero (las FARC), pronto se convirtió en caldo de cultivo para el desprecio del país y la prensa no sólo amarillista sino de todos los demás colores.

A quienes advertimos que Ingrid estaba en su derecho constitucional (derecho de acción) de demandar para obtener una indemnización por los seis años de vida que le robó la guerrilla, se nos dijo que estábamos atribuyendo su secuestro al Estado. Sin embargo, el punto relevante es que si este último tiene la obligación de garantizar la seguridad y libertad de todas las personas que circulan por el territorio, es justamente porque hay quienes las amenazan, como los grupos armados ilegales, situación por la cual esta obligación adquiere significado. Se habló también, con razón, de un eventual “abuso del derecho” por parte de Ingrid o de temeridad en su demanda, pero nada de esto lo podremos ya establecer, pues se requería el fallo de un juez para el efecto.

Pero más que los argumentos legales del caso, lo que suscitó gran debate fue el bien fondé de la reclamación, que lució oportunista ante un país que por lo general se muestra insensible e intolerante frente al affaire Betancourt. Es en este punto donde quiero centrar mi análisis, en la reacción de la mal llamada “opinión pública” colombiana. El catálogo de vulgaridades que leí en los muros de varios de mis amigos de Facebook fue repugnante: estúpida, arribista, ladrona, promiscua o "Ingrid, ¿quieres dinero fácil y rápido? Envía la palabra ‘RICO’ con un mensaje de texto al código 2299 y ganarás en directo", fueron apenas las más amigables.

Por su parte, los muy bien denominados “formadores de opinión”, en lugar de observar con la suficiente perspectiva el asunto, se encargaron de atizar el fuego del vilipendio. Sólo una columnista, Claudia López, se pronunció en favor del legítimo derecho de acción de la ex secuestrada pero precisando a continuación que le producía “instintiva repulsión”, lo que equivale a meter los pies en el agua con la que se quiere lavar. Vimos incluso al ex esposo y padre de los hijos de Ingrid, Monsieur Delloye, pidiendo perdón por televisión en nombre de ella. Y es cierto que el asunto se vio mal, muy mal. Primero por la forma grotesca como se presentó la demanda, los términos en que se reclamó la indemnización; y luego por la explicación poco creíble que la señora Betancourt le dio a Darío Arizmendi de que buscaba en realidad una reparación “simbólica” (después de haber pretendido en conciliación 15 mil millones de pesos).

En suma, la “opinión pública” se pronunció nuevamente, como ya es costumbre en Colombia, en contra de Ingrid. No obstante, el espectáculo de un país que hierve fácilmente en odio y no ahorra adjetivos cuando se le "canaliza" para opinar, eleva varios interrogantes.

Está demostrado por múltiples estudios, con muestras humanas importantes, que la opinión que se comienza a difundir sobre algo influye en la posición que asumen frente al mismo hecho nuevas personas después de conocer la opinión inicial: “¿Para dónde va Vicente? Para donde va la gente”, dice el adagio que lo ilustra. Y en el caso de Ingrid no extraña que el país se le vaya encima por lo que sea, después de seis años durante los cuales todas sus actuaciones, y las gestiones de su familia para conseguir su liberación, fueron estigmatizadas por el establecimiento como actos antipatriotas.

De ahí que el gran interrogante que aún plantea el tema de la “opinión pública” sea, nada menos, que el de su existencia. El argumento de Pierre Bourdieu de que la opinión pública “no existe” sigue vigente porque dio en el blanco en el sentido de que es una ficción. Es decir, un objeto que se construye por las firmas encuestadoras y los medios de comunicación pero, una vez construido, se vuelve una realidad muy poderosa, casi irreversible. Lo vimos en las pasadas elecciones presidenciales que abundaron en rumores y mentiras “bien canalizadas”, y seguirá ocurriendo mientras la forma como el hombre construye esa dimensión del imaginario colectivo que llama “opinión pública”, sea la misma.

Albert Camus escribió que el demócrata “después de todo, es aquel que admite que un adversario puede tener razón, que lo deja por lo tanto expresarse y acepta reflexionar sobre sus argumentos”. ¡Cuánto nos falta, Colombia!
 



*Candidato a Doctor (PhD) en Ciencia Política por la Universidad París II Panthéon-Assas
http://iuspoliticum.blogspot.com/  
Twitter: florezjose

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