Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2000/05/08 00:00

Instrucciones para leer el libro de Samper

En ninguna parte del libro se desvirtúa que las directivas de su campaña se unieron con el cartel de Cali para recibir 6.000 millones de pesos

Instrucciones para leer el libro de Samper

Si usted es, como yo, de los que no resisten la curiosidad masoquista de leer lo que Ernesto Samper ha estado escribiendo durante los últimos dos años y medio, por lo menos propóngase una cosa: pactar con su familia y amigos que no se compre sino un libro y se circule a medida que cada cual lo vaya terminando. Créanme que así se reduce considerablemente el sentimiento de culpabilidad de estar pagando por conocer la versión del directamente responsabl e de que Colombia hubiera estado gobernada cuatro años por un presidente elegido con el dinero del narcotráfico.

Cuando finalmente le llegue el turno, proceda de inmediato a leerlo. Mientras más rápido salga de eso menos desagrado y malos recuerdos le traerá.

Gracias al amanuense de Samper, su hermano Daniel, el libro se deja leer durante las primeras 288 páginas. Pero no se tome el trabajo de leer lo que sigue. Samper se dedica en ellas a tratar de rescatar los que considera los principales logros de su gobierno, entre los que él destaca el Ministerio de Cultura, los amagos de diálogo con el ELN y los derechos humanos. Carente del ‘kardex de antipatías’ que constituye el eje de la primera parte del libro, esta segunda parte resulta realmente lacónica y aburrida. Ah, y por cierto. No se ilusione si espera encontrar en el último párrafo del libro una solicitud, aun cuando fuera fría, de perdón al pueblo colombiano por las dificultades en las que metió al país.

Tenga siempre presente que en el libro, salvo dos o tres excepciones, no va a encontrar nada que no supiera con anterioridad. Lo que demuestra que el escándalo del 8.000 es tal vez uno de los pocos en Colombia sobre los cuales la opinión lo supo prácticamente todo.

La esencia de esa primera parte del libro es una carretada de chismes y ‘sacaditas de clavo’ que contradicen la dignidad de un ex presidente de la República. Uno a los ex presidentes los ve escribiendo libros que construyen la historia, pero no que la empequeñecen, con actitudes como la de pasarles la cuenta de cobro a algunos de sus subalternos que se espantaron cuando se vieron formando parte del gobierno del escándalo.

Esté preparado para encontrar, en la página 116 del libro, una frase que, mínimo, lo va a llenar de asombro: “...No apareció ni en el país, ni en el exterior, un solo documento, una sola carta, cheque o grabación que comprometieran mi honorabilidad en alguna actividad irregular o criminal”. Esta profunda convicción suya, que difiere gravemente de lo que sucedió en la realidad —en la cual no sólo hubo una abundancia de documentos, cheques, grabaciones y hasta comprometedoras fotografías con monitas retrecheras— es la que le permite a Samper mantener un inverosímil aire de inocencia a todo lo largo del libro que sorprende a quienes, como yo, piensan que en ninguna parte de éste se desvirtúa el hecho de que las directivas de su campaña se unieron con el cartel de Cali para recibir 6.000 millones de pesos. Yo diría que, por el contrario, a todo lo largo del libro no existe una sola prueba a favor de su inocencia.

Capítulo especial merecen los llamados ‘conspiradores’. Samper nunca entendió que lo que él llegó a bautizar con ese nombre no era más que la expresión espontánea de la indignación ciudadana que se produjo cuando se comprobó que la Presidencia de la República la había comprado la mafia. No es que los conspiradores “creyeran” que ello había sido así, sino que existían grabaciones que lo comprobaban y directivos de su campaña que lo confesaron.

Finalmente, al lector le recomiendo dos aspectos —quizás los únicos— inéditos en el libro. El primero, la forma como Samper acepta que utilizaba el DAS para, entre otras cosas, espiar al general Bedoya. Segundo, la revelación de que acudió a las Naciones Unidas en Nueva York con una píldora de cianuro entre el bolsillo, mandada a hacer a su médico a la medida de sus kilos, para suicidarse en caso de que las autoridades de Estados Unidos decidieran cogerlo preso.

Quizás un presidente de Colombia que andaba con una cápsula de cianuro en el bolsillo sea la radiografía exacta de la hecatombe en la que ha caído nuestro país.

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