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Opinión

  • | 2017/07/19 10:10

    La inutilidad del odio

    Las pasiones humanas son tan viejas como la humanidad y el odio aparece como un desorden de la personalidad en aquellos que drenan negativamente los efectos dolorosos de sus reacciones emotivas.

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Mucho antes del redescubrimiento reciente de la importancia de las emociones en la vida humana, un psiquiatra argentino, Emilio Mira y López, por los años cuarenta del siglo pasado, publicó el libro “Cuatro gigantes del alma (el miedo, la ira, el amor y el deber)”. Para el sabio argentino, el odio constituye la residencia de la ira. Es la resultante de su estancamiento, de un represamiento de la canalización positiva de la energía de las emociones hacia adaptaciones e interrelaciones de crecimiento individual y grupal. Luego, quien odia, es la primera víctima de dicho sentimiento.

El odio es un gigante mostrenco que ha sido protagonista de la historia colombiana. Basta para confirmarlo las narraciones escritas y orales de los campos arrasados y sus poblaciones masacradas a causa del odio original entre liberales y conservadores, responsable del estancamiento cenagoso en que, durante dos siglos, se ahogaban los ideales de convivencia pacífica de la república.

Nuestras guerras o violencias también pasaron por la etapa de los odios religiosos, no entre credos distintos, sino entre la corriente autoritaria y sectaria de la iglesia que veía en el liberalismo de mediados del siglo XIX un bastión de masones y ateos más peligrosos cuanto más accedieran a posiciones de poder en las instancias política, económica, social y cultural. Es decir, que este tipo de odio se mezcla con intereses no menos pasionales que los que se gestan en la política del poder, la economía del patrimonio y la psicología de las relaciones interpersonales.

¿Podría decirse que el actual clima político y de polarización que vive el país, configura un escenario de odios? La respuesta es obvia: sí.

La ira en el ser humano se genera cuando el objeto del odio se hace inalcanzable, es decir, el odiado está demasiado empoderado; por temor a las reacciones del objeto del odio; por temor a la victimización del odiado y a cargar con el peso de la sanción social; y por autoconciencia de la irracionalidad de la cólera sentida. No se necesita entrar a desarrollar cada uno de estos aspectos descritos por Mira y López para reconocer el cuadro que se presenta en gran parte de los enfrentamientos que se viven hoy en el debate público nacional por temas como el acuerdo de La Habana, los derechos de las minorías, el modelo económico y muchos otros asuntos de mayor o menor monta que, en últimas, marginan el debate de las ideas y los argumentos para dar paso a las pasiones, odios y posverdades en cabeza de muchos de los personajes de mayor reconocimiento en la opinión pública nacional.

La historia universal nos ofrece ejemplos de lo perverso y destructor que el odio entre personajes políticos puede llegar a ser para un país o una nación. Allí están los registros que datan la decadencia del Imperio Romano a partir de asesinato de Julio César a manos de su hijo adoptivo Bruto. Aquí, muy cerca de Colombia, la historia encontrará que entre los agitadores que llevaron a Venezuela al "castrochavismo" (muy temido ahora por los colombianos), se cuenta el enfrentamiento entre el dos veces presidente de Venezuela, Rafael Caldera, y su delfín, Eduardo Fernández. Caldera nunca le perdonó a su discípulo que hiciera alianzas con grupos que él no reconocía. ¿Suena familiar?

Pero en otra perspectiva y retando a Hobbes, la filósofa Martha Nussbaum publicó hace dos años el resultado de sus reflexiones sobre lo que puede lograr la sociedad si aprende a construir sistemas sociales movidos por el amor. El libro “Las emociones políticas” es un ejercicio intelectual para explicar y convencer de las posibilidades de transformación humana que se abren desde un sistema político, económico y social que insta a la cooperación en lugar de la competencia encarnizada; convergencia, en lugar de polarización extremista de las ideologías; y conciencia de identidad cultural, en lugar de exclusión violenta por razones de raza, religión, sexo o cualquiera otra razón.

La tormenta de los odios en Colombia se arrecia por la acción de otro atavismo del cual nos ocupamos en una columna anterior, la envidia. Los discursos que nos azuzan hierven ahora por el calor de estas dos pasiones destructivas, el odio y la envidia. Si no se desarman los corazones, como recientemente pedía el presidente saliente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Luis Augusto Castro, llegaremos a las citas electorales del próximo año rotos e incapacitados para el perdón y la reconciliación. Entonces, empezará a subyugarnos el perenne monstruo de nuestra historia: la violencia. Estamos advertidos.

*Rector Universidad Autónoma del Caribe

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