Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/07/22 00:00

Israel 2006

Lo que más preocupa a alguien que, como yo, defiende la necesidad de un Estado judío, es que su arrogancia y sus métodos violentos lo conduzcan a una catástrofe

Israel 2006

Borges lo intuyó en un poema de 1969 dedicado a Israel: "Serás un israelí, serás un soldado. / Una sola cosa te prometemos: / tu puesto en la batalla". Es como si "la más antigua de las naciones, que es también la más joven" (Borges de nuevo), no pudiera expresarse más que con la fuerza de su Ejército. Tanto sus fundadores como quienes los han sucedido en el gobierno, resolvieron que después del Holocausto los judíos nunca más volverían a ser débiles, que nunca más aceptarían el papel de víctimas, y por eso ante la menor agresión reaccionan como fieras, o más aun, como verdugos.

Israel, un país nacido a la fuerza en una tierra enemiga (aunque fuera la de ellos hace más de 2.000 años), un país rodeado de naciones hostiles, cuando lo tocan, tiende a desquitarse haciendo un uso desmedido de su poderío militar. La memoria histórica de la tragedia del pueblo judío lo ha convertido en un país furioso, paranoico, muy dado a la hiperreacción: no cobra ojo por ojo, sino que por cada ojo que le sacan, extirpa 100. Y la desproporción de su venganza (que se convierte en guerra preventiva, al peor estilo de Bush, con cientos, si no miles de víctimas civiles) no le acarrea sino odios cada vez más profundos en el mundo árabe, y no sólo en el mundo árabe.

Israel, cercado por países que detestan a los judíos, cae una y otra vez en la tentación de matar, con asesinatos planeados milimétricamente, a los líderes de sus enemigos más radicales. En 1992 le disparó y mató desde un helicóptero a Abbas Musawi, el líder de Hezbolá, creyendo liberarse así de su peor enemigo: no fue así, pues vino un líder más carismático y más apreciado por todos los chiítas, el jefe actual del 'Partido de Dios', Hassan Nasrallah, quien no sólo no reconoce el derecho a la existencia de Israel, sino que ni siquiera se refiere al país por su nombre, y habla de Israel como "la entidad sionista". Ahora la aviación israelí hace lo posible por matar a Nasrallah (bombardeó su casa en Beirut), pero si consigue matarlo lo único que hará será crear un héroe más, el cual será reemplazado por otro líder con más rabia y con una valentía que lo convertirá en un mártir viviente, capaz de reclutar nuevos adeptos jóvenes para el ala más fanática del Islam, la de los terroristas suicidas.

Israel cometió el mismo error con los dirigentes de Hamas. Supuestamente para amedrentarlos y desanimarlos, en 2004 asesinaron a su líder (un anciano con delirios religiosos, paralítico desde la infancia) Ahmed Yasín. El sucesor de Yasín, Abdel Aziz Rantisi, resultó más radical aun, y entonces también lo mataron en un atentado. Pero entonces vino Ismail Haniya, que con la rabia, la atención y la solidaridad ganada por el asesinato de sus predecesores, pudo triunfar en las elecciones palestinas: hoy los terroristas de Hamas son mayoría electoral. Y ahora Israel trata de matar a Haniya, como si tras él no viniera seguramente otro líder más radical, en una espiral que no parece tener fin.

Israel pelea una guerra moderna como si se tratara de una guerra homérica, o bíblica, en la que los ejércitos se amedrentan y desmoralizan con la caída de su conductor. Ya no es así. Ahora las batallas -como no pueden ser de exterminio total del adversario, cosa inadmisible para la moral contemporánea- se repiten y los enemigos son como el ave fénix, que resurge de sus cenizas.

La superioridad organizativa, económica y militar de Israel (que cuenta además con el apoyo de Estados Unidos) es abismal en la región. Más que abismal, es humillante para sus vecinos libaneses y palestinos. Y eso es precisamente lo que más preocupa a alguien que, como yo, defiende la necesidad y la justicia de un Estado judío, que proteja a este pueblo del antisemitismo de buena parte del mundo. Lo malo es que la arrogancia de este Estado y sus métodos excesivamente violentos, podrían conducirlo a una catástrofe.

Ojalá nunca nos toque que Siria o Irán no aguanten más la humillación militar de Israel, y en un acto descabellado manden, por ejemplo, misiles con cabezas químicas que hagan una masacre en cualquiera de las ciudades de Israel. Veríamos, por un lado, una vez más, el exterminio de millones de judíos, pero al mismo tiempo nos tocaría ver la venganza que en tal caso desencadenaría Israel. Si con el pretexto de unos pocos soldados secuestrados han hecho esto (y ahora pretenden desalojar a todo Hezbolá del Líbano), qué no pasaría en Oriente Medio en el escenario apocalíptico de una agresión más grave.
La humillación, el desplazamiento de miles y miles de personas, la destrucción de la infraestructura civil, la prepotencia de las bombas, los misiles, los tanques, los aviones, no producen sólo miedo -como quisieran quienes hacen ese despliegue de fuerza- sino un odio sin límites. Los mismos triunfos fáciles de Israel podrían ser la causa de una masacre en su territorio e incluso de su propia destrucción. Una destrucción que, me temo, arrastraría consigo a buena parte del mundo, por no decir al mundo entero.

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