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Opinión

  • | 2015/12/21 13:35

    Monstruos y acuerdos

    El plebiscito aprobado por las mayorías de la Unidad Nacional, convierte la decisión del pueblo en un vehículo vinculante que genera efectos jurídicos.

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Según la mitología griega, la Hidra de Lerna era un monstruo despiadado que con sus múltiples cabezas podía aterrorizar a todo aquel que se le arrimara y desafiara su territorio. Su pavorosa figura y poder regenerativo hacían que por cada cabeza que le intentaran cortar, aparecían dos nuevas.

La figura de la Hidra podría ser aplicable al monstruo de múltiples cabezas que el país ha visto en las últimas semanas, frente a la agenda de refrendación e implementación de los acuerdos de La Habana.

En el caso de la refrendación, hemos visto como se configura un método hechizo que desarma toda la arquitectura institucional de los plebiscitos. Estos instrumentos fueron diseñados para que el presidente pudiera convocar al pueblo con el fin de respaldar alguna de sus decisiones que no requieren pasar por el Congreso, es decir, buscar un pronunciamiento político mas no jurídico. El plebiscito aprobado por las mayorías de la Unidad Nacional, convierte la decisión del pueblo en un vehículo vinculante que genera efectos jurídicos. Esta grave modificación a las reglas de juego, que fue advertida por el Consejo Gremial y frente a la cual pidió ser reconsiderada, fue respaldada sobre la base de un fenómeno extraordinario y todo lo que se apruebe en una única pregunta generará efectos de implementación en la integralidad de contenidos de los acuerdos.

Pero lo pavoroso de la monstruosa figura no termina ahí. Fuera de modificar también los umbrales del plebiscito, que en la ley exigían un 50 % del censo electoral en su participación para ahora tener un simple 13 % de votación favorable, de nuevo cimentada en ser una circunstancia extraordinaria, se eliminaron las garantías para el No que habían sido aprobadas en el Senado. Garantías como el financiamiento totalmente público de las campañas por el Sí y por el No, basadas en las mismas circunstancias extraordinarias, fueron desechadas en la Cámara con la presión del ministro del Interior.

Para colmo de males, en la conciliación del proyecto de ley tumbaron la restricción temporal a la publicidad estatal durante la campaña del plebiscito para que no se distorsione la voluntad popular con mensajes comunicacionales sincronizados con la campaña promovida por el Gobierno. En pocas palabras, la equidad de una campaña por el Sí donde se piden dineros a nombre del gobierno, frente al No, bautizada por el Gobierno como la campaña de la guerra, es totalmente inexistente.

La otra peligrosa cabeza de la Hidra gubernamental, es el acto legislativo para la implementación de los acuerdos. Con este acto, un Congresito conformado por un grupo reducido de parlamentarios será el encargado de analizar en primera instancia todos los proyectos que desarrollen los efectos jurídicos de los acuerdos refrendados en el plebiscito. A su vez, el Congresito no tendrá iniciativa de proyectos y no podrá agregar nada, ni mejorar contenidos, salvo aquellos que sean explícitamente autorizados por el gobierno. Es decir, estamos ante una sustitución de la Constitución que extraordinariamente crea un Reyesito con un sumiso Congresito, donde la separación y autonomía de poderes se desvanece.

Fuera de esa sustitución, que ya es vergonzosa, el Congresito podrá modificar la Constitución con las plenarias en un trámite expedito y en desarrollo de los efectos vinculantes emanados del plebiscito. Además, el presidente quedará revestido de facultades extraordinarias por un año para dictar decretos con fuerza de ley, sobre todos los temas que se consideren necesarios para desarrollar los acuerdos refrendados en una pregunta donde se resumen decenas de confusas páginas llenas de ambigüedades.

¿Puede haber un héroe con posibilidades reales de enfrentar la honorífica Hidra? Ante la aplanadora que impuso el gobierno en el Congreso, la única esperanza está en la Corte Constitucional. Será ella quien deberá declarar inconstitucional el adefesio plebiscitario que también ignoró la abstención activa como derecho protegido por la misma Corte y conduce peligrosamente al país a un contrato por adhesión. También será ella quien exija garantías reales a las posiciones antagónicas y quien evite que el acto legislativo, sustituya vulgarmente la Constitución.

Estamos ante un monstruo de múltiples cabezas que amenaza el orden democrático. Ojalá la Corte Constitucional esté a la altura de la historia y no se convierta en otra sumisa pieza del Estado dominada por el Palacio de Nariño.
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