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Opinión

  • | 2000/09/11 00:00

    Jaime, el bueno

    Jugó su vida, cambió su vida, como si de todos modos la llevara perdida.

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Mataron a Jaime!, con esta voz, tan cruda y colombiana, despertaron a Lorenzo el viernes 13 de agosto de 1999. No cabía la menor duda, se trataba de Jaime. Y aunque no era la suya una amistad cotidiana, Jaime era para él, como para muchos hombres y mujeres de este país, Jaime Garzón. La ciudad de Bogotá se estremeció y se volcó a la noche sobre su capilla ardiente, montada bajo las columnas jónicas del Capitolio (así ya no simbolicen la patria) y al día siguiente acudió a su entierro, con aquel dolor hueco y sin remedio con que vemos morir en Colombia.

Voy a ser infidente al narrar una anécdota familiar que se desarrolló en el entorno de Jaime y del incalificable crimen. Dos niños muy cercanos suyos, un niño y una niña, vivaces como él y hermosos en su inocencia, ya alertada por nuestro acontecer, se hallaban fuera del país cuando escucharon rumores y susurros de algo que no entendían. Finalmente fue imperioso darles una explicación, que no pudo ser sino la más cruel e irremediable. “Pero, ¿quiénes lo mataron, preguntó la niña, los buenos o los malos?”.

En este esquema infantil, como de policías y ladrones, encuadra no sólo este acontecimiento estremecedor, sino muchos otros que vivimos a diario, en medio de tan implacable violencia. Guerra de buenos contra malos. Como del Romancero: “Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”.

Y quiénes son los unos y quiénes son los otros, es bueno verlo. Sin poder evitar lo maniqueo del cuento y casi aludiendo a los que están a la diestra y a la izquierda o sinistra de Dios Padre, que inspiró a Carrasquilla, aquí los buenos, en los juegos de los niños —y en la realidad—, son los que están por la ley y los malos, por el desorden y el crimen.

Claro que no es un asunto tan trivial, porque con frecuencia los buenos son peores que los malos, que siguen siendo malos por definición. Para colmo, Jaime optó por hacer la paz entre unos y otros, quizás porque percibía que su humor llegaba a todos por igual y que con su personalidad inerme le bastaría para defenderse.

Fue así como se dejó llevar por esa terquedad de paz, en las circunstancias más audaces y acometió misiones altruistas como fue la de rescatar secuestrados del tenebroso páramo del Sumapaz.

Jaime se transformó en un don de sí mismo. Vivió intensamente y entregó su vida, jugó su vida, como si de todos modos la llevara perdida, como en el verso de Barba. El país se sorprendió cuando lo vio reír sin dentadura y no palidecer, sino, por el contrario, sacar nuevas fuerzas de su cantera inagotable, que le sirvió para burlarse de su propia faz.

Padeció en vida y muerte la maledicencia de unos pocos que han creído ver intereses personales tras ese derroche de alocado atrevimiento. No podía estar tan alto sin que provocara envidias y falsas interpretaciones. Pero no, su interés era la salvación de la patria, así, con todo y su sentido cursi y con el tricolor flameante y enhiesto, como a él le gustaba portarlo. Pero no era la suya una actividad solamente oficiosa, sino autorizada y controlada por la gobernación del departamento, que lo contaba entre sus asesores de paz.

No lo vieron con buenos ojos. Aunque su sátira cobijaba a casi todos los estamentos sociales y políticos, es posible que gente armada, carente de sentido alguno del humor, hubiese resentido los remedos. Pero sobre todo se sabe que fue conminado a ‘definirse’, cuando se le vio trasegar el páramo y otras localidades, en gestiones de liberación.

Fue francamente imprudente, dirán muchos, diremos todos. Era verdadera locura tratar de redimir a este país desde el ‘patio’ del humor y por medio de instancias y gestiones confidenciales, cual ciudadano errante, como aquel solitario de Tiananmen, enfrentada su triste humanidad a los tanques de la dictadura china.

Desatendió Jaime, quizás, que humor y guerra no van unidos, porque cuando el ceño se frunce, el hombre tiende a la violencia. Y hay quienes sólo ríen a carcajadas ante victorias armadas, cargas de fusilería o ante la exhibición de los cadáveres de sus enemigos.

El país quedó, una vez más, notificado, la prensa libre, el humor libre, el espíritu sin cadenas, la risa buena, la cordial, la respetuosa, la que no pretende imponer sino la gracia, no sin mostrar alguna dirección del pensamiento. Es la guerra. Fue Jaime, nuestro Jaime, un mártir de esa guerra y al mismo tiempo un mártir por la paz, en la que creyó y en la que ya no cabe creer.

Jaime murió, una estatua se merece, que no sea derrumbada por una vulgar bombona de cocina. Y lo más terrible y paradójico: a Jaime, a nuestro Jaime, lo mataron los buenos.
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