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Opinión

  • | 2007/08/11 00:00

    Jaime Garzón en la memoria

    Ocho años después del asesinato del humoristas Jaime Garzón, Germán Uribe dice que no solo mata el que dispara, sino también el que no previno el disparo

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Se cumple por estos días el octavo aniversario del vil asesinato de Jaime Garzón, el humorista que entre bromas y burlas y con mucha gracia, no obstante, ejerció un periodismo serio. Quienes lo seguimos puntualmente, veíamos en sus humoradas un trasfondo dramático. Y es que en esta Colombia ‘feliz’, inteligencias agudas y libres, como la da Garzón, bien pueden darse el lujo de redondear una tragedia dándole figura de noticia y a la noticia difundida con humor, darle carácter de denuncia. Y así lo hizo siempre con Dioselina Tibaná, Néstor Elí, Godofredo Cínico Caspa y Heriberto de La Calle, entre otros personajes que hoy nos provocan nostalgia y fruición a un mismo tiempo. Su materia prima fue la devaluada solemnidad de la política, la rígida y bien planchada apariencia del estamento militar, la formalidad vacía de las instituciones y los símbolos patrios y, en fin, todo aquello que, representando al poder, mostrara inclinaciones perversas o injustas.

Fue un humorista esencialmente político a quien la política nunca dejó de darle ‘papaya’. Y de qué manera con sus memorables gracejos supo aprovecharse de ello.

El viernes 13 de agosto de 1999, cuando el reloj marcaba las 6 y 19 de la mañana, se anunciaba por la televisión y la radio el asesinato de Jaime Garzón por parte de dos sicarios en moto. Con sus 38 años no sólo era en ese momento el mejor humorista colombiano y un brillante analista político, sino alguien entregado a un activismo sincero y noble en aras de la paz.

El país, con razón, se consternó. Perdíamos al más lúcido e ingenioso crítico, a alguien que con su talentosa chispa y un nivel intelectual bien forjado, haciéndonos reír, nos ponía a pensar. Y haciéndonos pensar, nos deslizaba veladamente por entre el tobogán de las carcajadas hasta depositarnos en un terreno en donde nuestra condición se revelaba como indolente, cómplice y autora de nuestra propia desgracia.

No dejó en este país de violentos, corruptos, aprovechadores y asesinos, títere con cabeza. A cada cual, así fuese su amigo, le cantó su verdad, evidencia en mano. Y si estos eran presidentes, o ministros, o dirigentes políticos, o intocables ‘cacaos’, o militares y policías, o embajadores, mejor. Sólo que lo hacía de una manera tan simpática y seductora, que fue perdonado, admitido y asimilado por casi todos ellos quienes, honesta o maliciosamente, resolvieron acercarlo más, ser, en últimas, sus mejores ‘amigos’.
 
¡Más valía!

Sin embargo, a estas alturas en que no se conocen resultados concluyentes respecto del crimen, distintos a aquel que vincula vagamente a Carlos Castaño, ¿cómo, se pregunta uno, un desquiciado personaje de esos a quienes tanto satirizó, un notable entre comillas, un corrupto con negrita, criticado y enjuiciado por él, no pudo haber sido el autor intelectual de su vil asesinato?

De todas formas, con este delito atroz y vulgar, perdieron el país, el periodismo, la sociedad y el humor a un hombre que no solamente nos puso a reflexionar en medio de risotadas, sino que el mismo proceso de paz al que había resuelto vincularse armado de un gran equilibrio personal, de una diáfana neutralidad y de una prudencia admirable, perdió un aporte significativo.

Sé de la inacabada tristeza y el dolor infinito e irremediable de sus amigos más próximos, muchos de ellos la flor y nata de la dirigencia colombiana, pero también, muchos de ellos, responsables de no haberle protegido su vida cuando él mismo repetía a los cuatro vientos y a quien se lo quisiera oír, que se encontraba amenazado.

Porque es que no solamente mata quien dispara, también mata quien no previene el disparo.

*Escritor
guribe@cable.net
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