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Opinión

  • | 2016/07/26 10:27

    El miedo y la paz

    Varios acontecimientos plasmados en consultas y elecciones en el contexto internacional han puesto a prueba la democracia que hoy se defiende en en occidente.

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Varios acontecimientos  plasmados en consultas y elecciones en el contexto internacional han puesto a prueba el sistema político que hoy se defiende en el mundo occidental como alternativa para gobernar: la democracia.

Dos convocatorias a votar ya han concurrido a las urnas, una en España y la otra en el Reino Unido, y dos de ellas, la elección presidencial en los Estados Unidos y el plebiscito por la paz en Colombia, están por venir.

Esos acontecimientos electorales tienen, a pesar de la distancia, un común denominador: el uso del miedo por ciertas campañas como alternativa para direccionar el voto de los ciudadanos. Se quiere, con el discurso del miedo, desplazar la racionalidad, la sensatez y la necesidad del cambio, tan necesarios para el correcto funcionamiento de la democracia.

Vamos por partes: ante el surgimiento inesperado en las encuestas del movimiento de izquierdas Unidos-Podemos, los partidos tradicionales –Partido Popular, el Partido Socialista Obrero Español, incluido el recién creado Ciudadanos, de centro derecha- optaron por la estrategia de inculcar el miedo a los españoles ante el inminente triunfo de la formación de Pablo Iglesias. Los argumentos fueron Venezuela y Grecia: no dudaron en extrapolar sus crisis internas para desvirtuar la arremetida electoral del novel movimiento de izquierdas.

Por el lado del Reino Unido, el Primer Ministro David Cameron, culpable de haber cometido una gran torpeza política, y los defensores de la permanencia en la Unión Europea sucumbieron en las urnas en gran medida por el uso amplio y efectivo que la campaña por el Brexit hizo del miedo. El miedo a los compromisos financieros europeos representados en  las erogaciones mensuales necesarias para permanecer en la Unión, calculadas en 350 millones de libras esterlinas; el miedo a la política europea y a la pérdida de autonomía de los entes judiciales ante las decisiones de Bruselas; etc.  

Y es que el miedo, como estrategia política, se está moviendo por el mundo como un fantasma y es un gran aliado para múltiples campañas.

En la convención del Partido Republicano la presencia fantasmal llegó de la mano de los discursos de los representantes de esa formación, y el hoy candidato oficial a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump, lo capitalizó. De la hora y 17 minutos que duró su discurso, 60 fueron específicamente premeditados para que los estadounidenses sintieran miedo de su propio país.

Su estrategia de seguridad basada en la “ley y el orden” la atizó con los ataques terroristas y la inseguridad en las calles. Avivó su visión apocalíptica con la imagen del muro en la frontera con México como solución indispensable al problema migratorio, y remató con la promesa de defender la segunda enmienda de la constitución para que los ciudadanos nunca se sientan desprotegidos ante los enemigos del Estado norteamericano.

Y ese fantasma también está haciendo presencia en Colombia. Ahora que la Corte Constitucional avaló el Plebiscito para que sea el pueblo quien apruebe los acuerdos de paz, le llegó el turno del miedo a nuestro país.

El expresidente y hoy senador Álvaro Uribe, buceando en los odios y rencores contra Santos y sus archienemigas FARC, se propone adelantar una campaña contra los acuerdos de paz metiéndole miedo a la gente, y para ello recurre a los mejores aliados del miedo: la mentira y la desinformación.

Con un discurso lleno de disparates, el expresidente se sostiene en la impunidad, la entrega del país al “castro-chavismo” y una negociación que conduce a un modelo económico y político cercano a los postulados comunistas. Esos disparates sólo tienen sentido político cuando incorpora el miedo como estrategia.

Hoy la paz nos sonríe. Luego de muchos intentos el país se encamina hacia la reconciliación. Lo importante, ahora, es oponer palabras claras a las confusiones que generan la mentira y la desinformación. ¡Mucha pedagogía, señores del gobierno!  

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