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Opinión

  • | 2016/04/27 09:50

    Elites divididas

    Las FARC no se pueden quejar, en estos tres años y medio de negociación consiguieron lo que no lograron en más de 50 años de guerra: dividir al establecimiento colombiano.

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La clase política, empresarios, el sector financiero, los gremios de toda índole, y las élites nacionales y regionales están  más divididas que nunca. Intentaron por la vía de la guerra acabar con la guerrilla y no se pudo y, tras el fracaso, se buscó la  solución negociada que hoy está a la vuelta de la esquina; sin embargo, los retos que les plantea el posconflicto los aterrizó en una realidad insospechada. Hoy los tiene patinando sobre el qué hacer con el país en un seguro posconflicto.

El presidente Santos, el colombiano más comprometido con la firma de la paz, como debe ser, se encontró con un rechazo inesperado, el de su misma casta que no duda en calificarlo como “traidor de su clase”, no obstante insistir, invariablemente, en que en Cuba no “se está poniendo en riesgo el modelo económico”; y, en términos políticos, sus aliados están más divididos que nunca. Más allá de las agallas burocráticas, algunos partidos miembros de la Unidad Nacional no logran empatar con el proceso de La Habana.

Y ese empate no se da porque es evidente que desde Cuba saldrán unos acuerdos que buscan depurar la política, sacar a Colombia de un sistema formalmente democrático y sustancialmente corrupto. Esto no le gusta a los políticos tradicionales, no quieren ceder. Pretenden perpetuar una maqueta de sociedad desgastada e insufrible.   

El Centro Democrático en lo suyo: oponiéndose a la negociación con mensajes efectistas, pero ausente de contrapropuestas que consoliden una contra-paz argumentada y colmada de alternativas, distinta a la salida militar del  conflicto armado que aún pregona su mentor.

Ellos (los políticos), los anteriormente mencionados, son cómplices de las élites económicas, es decir la aristocracia rentista, financiera, gremial y energética, amén de los grupos económicos, que direcciona el poder sin necesidad de pasar por las urnas.    

Comparten los mismos principios, lo que los analistas políticos denominan “la puerta giratoria”, es decir la relación atávica entre política y negocios. Protegen los intereses de los grandes capitales: a  ambos les preocupa la confianza inversionista y la seguridad jurídica, para que las multinacionales lleguen, a sus anchas, a “masificar la prosperidad en el país”. Y auspician, con sus decisiones, el inmovilismo social, una lacra que le cierra la ventana a la esperanza de progreso y oportunidad de las clases medias y trabajadoras en que se sustenta la democracia y la sociedad.  

Esos postulados, incoherentes con la paz que queremos los colombianos, son regresivos y ponen en entre dicho el futuro de los acuerdos. La reacción virulenta de FEDEGAN  y del Procurador contra la política de restitución de tierras es una prueba irrefutable. No estoy diciendo nada nuevo, pero que nunca se nos olvide lo útil que puede ser lo obvio.

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