Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/07/12 09:28

La hoja de coca: el cultivo maldito

Frente al programa de sustitución de cultivos, Jairo Gómez expone el beneficio económico del cultivo de coca para los campesinos.

La hoja de coca: el cultivo maldito

La hoja de coca: el cultivo maldito, que por décadas ha servido de combustible al conflicto armado, de apoyo financiero a las bandas criminales y que ha robustecido las cuentas de grandes fortunas.

Esa hoja de coca es el origen de buena parte de los innumerables problemas sociales, económicos y políticos que padecemos los colombianos; pero, paradójicamente, es al mismo tiempo una hoja que ha dado sustento a miles de familias campesinas vulnerables que sólo han podido vivir de su cultivo. Porque, aunque algunos lo nieguen, existen colombianos a los que el conflicto les ha quitado todo, incluso la capacidad de escoger. 

La hoja de coca la produce un arbusto no mayor a un metro de altura y que florece cuatro veces al año. Dicen que es resistente, ahora incluso al glifosato. Y esa resistencia no sólo se deriva de sus cualidades naturales y biológicas, o de la aparición de sepas más difíciles de acabar mediante el uso de agentes químicos. También es el producto de la consolidación de un ciclo económico ilegal y vicioso en las zonas de conflicto rurales de Colombia en el que participan localmente diversos actores armados, los campesinos y los narcotraficantes.

Es un ciclo en el que la siembra de coca se convierte en una alternativa de sustento para quienes viven desamparados por el Estado, y en el que  la siembra y el procesamiento inicial de la hoja se transforma en cantidades inusitadas de dinero para quienes patrocinan la actividad campesina ilegal, y para quienes aprovechan la ausencia de Estado en el espacio rural de nuestro país. 

Empero, no hay mejor forma de ilustrar el ciclo ilegal en las zonas de conflicto rurales que trayendo a colación uno de los tantos testimonios que nos permiten ver cómo, a partir de la hoja de coca, los campesinos perciben los ingresos que no le proporcionan los cultivos de pan coger en un año de siembra.  

En en el Departamento del Guaviare, por ejemplo, vive un labriego que posee tres hectáreas o “chagras” de tierra. Dos las destina a cultivar la hoja de coca y, por orden de la guerrilla, la otra hectárea es para proveerse de alimentos. De cada “chagra” no destinada al cultivo de alimentos logra extraer aproximadamente un kilo de base de coca, procesada en sus artesanales laboratorios.

Esto ocurre llano adentro, en donde no existe un kilómetro de vías de comunicación.  Así que los dos kilos los pone en una mochila, se monta en un caballo o en una bici y se va a vender el producido al narcotraficante de turno, esperando recibir como pago entre dos y tres  millones de pesos por kilo de base (el precio varía dependiendo de las condiciones del mercado). De esos millones de ingresos un porcentaje va para el “gramaje” que le cobra la guerrilla. El dinero restante le da soporte a su economía familiar por tres meses, mientras llega la siguiente cosecha. Y así, con la espera, inicia el ciclo vicioso e ilegal de producción una vez más. El negocio es tan seguro que es posible el acceso al crédito.

De ahí la incertidumbre con que se recibe el programa de sustitución de cultivo. El pasado fin de semana en Briceño, Departamento de Antioquia, donde se montó el primer laboratorio piloto, una campesina advertía: “Por ejemplo, un cultivo de cacao para poder producir se demora dos años, entonces nosotros tendríamos que proponer un subsidio o algo para poder trabajar porque si nos erradican, no tenemos de dónde salir adelante, ¿qué hacemos?”. En efecto, nadie más consciente que el campesino de la falta de alternativas y de la necesidad para encontrar verdaderos programas de respuesta.

Es este, entonces, el escenario que busca enfrentar  y descifrar el programa de sustitución de cultivos basado en el punto cuatro de los pactos de La Habana. Es tal vez una de las fases más difíciles que evidencia la implementación de los acuerdos de paz en zonas en donde los campesinos, por mucho tiempo, la única cara del Estado que vieron fue la de la represión y la fumigación.

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