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Opinión

  • | 2016/06/07 19:53

    Magallanes

    Decía un ciudadano que abandonaba la sala de cine, una vez terminada la película: “esta es la realidad que nos espera en Colombia”.

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Es un filme en homenaje a las víctimas. También a cientos de miles de mujeres que padecieron la violencia sexual en las dictaduras militares o en conflictos internos y sociales, como el que queremos superar hoy en Colombia vía negociación política.

Magallanes es un relato de la vida real que ovilla la historia de manera apropiada, y logra un careo inesperado entre la víctima y el victimario que no da lugar a dudas: más allá de cualquier reparación, económica o material, lo importante es la verdad y aceptar la responsabilidad, así, en este caso, la impunidad termine por triunfar. Esta es la lección que nos deja la cinta del peruano Salvador del Solar.

Decía un ciudadano que abandonaba la sala de cine, una vez terminada la película: “esta es la realidad que nos espera en Colombia”. Con toda razón. Pero a diferencia de Celina, la protagonista de la historia, en el proceso de paz colombiano las víctimas están en el centro de las negociaciones en La Habana; y es, a partir de allí, que los colombianos debemos afrontar con madurez lo que se nos viene cuando la Justicia Especial Para la Paz comience a obrar.

De esas historias, como la de Magallanes, está colmado el conflicto interno en Colombia. Esas realidades coaguladas en relatos individuales y colectivos, develarán la magnitud de nuestra guerra cuando los responsables –guerrilleros, militares y civiles financiadores- acepten su culpabilidad ante el Tribunal de Paz. Desde la masacre de las bananeras hasta la violencia bipartidista de los años cincuenta, pasando por el conflicto de hoy, la verdad ha sido invariablemente soslayada y sus responsables nunca respondieron por sus acciones. 

Según cifras de centros de investigación y la academia, en Colombia son más de 250 mil los muertos por causa del conflicto en los últimos cinco decenios, y desde el gobierno se reconocen más de siete millones de víctimas, por desplazamiento forzado, secuestro, ataques a poblaciones, desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales etc. El hecho de que los anteriores sucesos ocurrieran lejos de los grandes espacios urbanos y no tocaron a nuestras puertas, no exime al resto de la sociedad colombiana de una cuota de responsabilidad por su deliberada indiferencia, ante incuestionable tragedia.

A ese mundo de historias inéditas de la insensata contienda tendrá que enfrentarse el país. No podrá escurrirle el bulto. La sociedad tiene que abrigar a las víctimas, y prestar oídos para escuchar a los victimarios confesando y pidiendo perdón. Es la única manera de garantizar la NO repetición.

Resarcir a las víctimas está en el centro del acuerdo. Pero ese resarcimiento, si se pretende material, como en la película Magallanes, es inocuo, si a las víctimas NO les dicen la verdad.

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