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Opinión

  • | 2016/12/28 16:04

    Y el narcotráfico ahí

    Hasta cuándo escucharemos en el hiperbólico discurso del Centro Democrático que “las FARC son el cartel de cocaína más grande del mundo”.

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Entiendo que obedece a una estrategia, muy efectiva de los asesores del expresidente Uribe, por cierto, de repetir esta frase hasta la saciedad para que logre tallar en el imaginario de las personas. Y así ocurre con otras, como el famoso “castrochavismo” (A propósito: ¿todavía creerá el exmandatario que con esta Reforma Tributaria el presidente Santos nos llevará camino al castrochavismo?). Pero bueno dejemos a un lado este manido discurso, para adentrarnos en el tema del narcotráfico.

Bien lo dijo el presidente Santos, al recibir el premio nobel de paz: “hay que modificar sustancialmente el modelo de la lucha contra las drogas ilegales en el mundo”. En eso Colombia ha dado un paso importante y fue el acuerdo de paz con las FARC, guerrilla que ya comenzó a abandonar cualquier relación con este flagelo y, a partir de allí, en la implementación se aplicarán los programas de sustitución de cultivos y otros compromisos que mitiguen la pobreza campesina.

Es evidente que los resultados no serán inmediatos y que el uribismo encontrará en ellos un caldo de cultivo para acrecentar sus críticas basadas en el incremento de cultivos de hoja de coca que aún sigue atribuyendo a las FARC. Pero no hay tal, pretender enlodar una sola de las partes es ocultar que hay organizaciones de narcotraficantes –muchos cartelitos que auspician el neoparamilitarismo y pretenden controlar los territorios antes bajo la presencia guerrillera- que están ocupando el espacio de los antiguos insurgentes y suplantando al Estado que nunca llegó a las apartadas regiones en donde el campesino no encuentra otra forma de sustento.

La producción de cocaína y los cultivo ilícitos no van a desaparecer porque las FARC se acojan a la paz, pensarlo así sería un exabrupto. Este negocio es un monstro de mil cabezas que moviliza miles de millones de dólares y que comienza en Bolivia, pasa por Perú y Colombia, sigue su ruta por Centroamérica y México hasta llegar a las costas de Estados Unidos en donde un kilo de Cocaína puesto en su calles se multiplica en valor; el sector financiero, un ambicioso e invisible actor de esta cadena de ilegalidad, usufructúa sin ningún tipo de control los beneficios del multimillonario negocio; igual ocurre en Europa y Asia.

Y es ahí donde cala la propuesta del presidente Santos: en esas condiciones la guerra la estamos perdiendo los países que ponemos las drogas ilícitas y los muertos. En Colombia, México, Centroamérica, etc, sabemos que existen los carteles y quiénes son sus cabecillas; en Estados Unidos, Europa y Asia no hay carteles ni nombres detrás de ellos: allá la mafia simplemente administra esa ilegalidad de la cual “somos culpables los países pobres”.

Quien sabe qué pensará el impredecible Trump, el nuevo presidente del coloso del norte. ¿Qué tipo de lucha propondrá? Sabrá Dios, o el propio Donald que se cree un dios. No hay que olvidar que un sector del cual el próximo mandatario estadounidense se ha enriquecido y ha hecho parte de su fortuna es el inmobiliario, y este ha sido, según cientos de investigaciones, uno de los grandes beneficiados de dineros provenientes del narcotráfico.

La complejidad del asunto en nuestro discurso doméstico va más allá de estar señalando a un grupo como las FARC de la responsabilidad del narcotráfico en el país, ocultando, de paso, otros intereses; esa doble moral ya no tiene cabida cuando muchos analistas aseguran que si no fuera por la economía subterránea (léase dineros del narcotráfico) nuestra empobrecida Colombia, sumida además en la corrupción, no tendría sustento. Realidad no sólo coyuntural, sino también propia de los anteriores gobiernos.

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